OPINIóN | 10-10-2019 19:35

Alerta cinéfilos: la censura progre va por todo

Por qué la corrección política está mutilando el arte. Del Guasón a Tarantino, el derecho a reflejar el mal.

Hubo una vez en que el progresismo condenaba los intentos de censurar el arte. Amparaba a los artistas acusados de blasfemos como Buñuel, los Monty Phyton o Jean Luc Godard; defendía el derecho a la oscuridad de Pasolini y que Bergman, Fellini y Stanley Kubrick, por caso, llevaran al cine temas tabú sin tener que responder por los valores de la civilización occidental y cristiana.

Pero cuando creímos que la necesidad de defender la libertad creativa se había extinguido en el oscurantismo tardío de los regímenes autoritarios, irrumpió una nueva censura, bajo el amparo de la corrección política.

Tantos siglos después de que se vistieran a pincelada gruesa los desnudos renacentistas, una nueva ola de mojigatería con aval progre, le exige al arte contenidos moralizantes. Y la hipersensibilidad contra el “cine violento” es su última cruzada.

Tras la polémica por la taquillera “Guasón” de Todd Phillips subyace la idea de que no se puede empatizar con “un malo” en tiempos violentos. Según esta hipótesis, humanizar al personaje por fuera de la simplificada caricatura implica glorificar la violencia. Pero la lenta transformación  de Joaquin Phoenix en la carne de un inestable mental aislado de la sociedad es un viaje al origen de la furia que, en realidad, incomoda, provoca e interpela. El marginal pintarrajeado desenmascara la construcción de la violencia y hasta es una buena excusa para debatir con adolescentes las implicancias más profundas del bullying.

Pero la oda al buenismo cinematográfico no hila muy fino. Anda a la caza de tótems por derribar y ahí lo encontraron también a Quentin Tarantino para el ensañamiento.

Hace unos meses, el diario británico The Guardian propuso “anular” al cineasta por considerar que sus personajes femeninos están expuestos a violencia extrema. Y si le faltaba mérito para el escrache su última película, “Érase una vez en Hollywood”, sobre el clan Manson y el crimen de Sharon Tate, lo catapultó oficialmente como “misógino”. En la rueda de prensa posterior a la presentación del film en Cannes, una periodista del The New York Times lo increpó por lo poco que habla en la película el personaje de la víctima. Bastante cansado de defenderse, el ex cineasta de culto suele apelar a la obviedad: “La ficción –dice- es ficción”.

Prestigiosos museos europeos descuelgan cuadros bajo el argumento de que ciertas pinturas cosifican a la mujer; la literatura se somete a filtros de sexismo;  Facebook censura desnudos en obras de artistas clásicos; y lo bello del mestizaje musical o estético ahora asimila a sus creadores con apropiadores culturales.

Arropada de buenas intenciones, una policía tácita del pensamiento arremete, en los países democráticos, contra lo que una nueva ortodoxia considera ideas peligrosas. La libertad de expresión siempre puede esperar.

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Alejandra Daiha

Alejandra Daiha

Editora Ejecutiva y columnista de Radio Perfil.

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