Martes 27 de septiembre, 2022

EN LA MIRA DE NOTICIAS | 14-05-2022 00:47

Argentina, en busca de un lugar en el mundo

Si no fuera por la pésima imagen del Gobierno, la gira europea que ha emprendido Alberto Fernández estaría ocupando las primeras páginas de los medios más prestigiosos del mundo.

Si no fuera por la pésima imagen del gobierno del que es el jefe formal y los virulentos prejuicios de ciertos kirchneristas que, por sus propias razones, prefieren a autocracias como Rusia a las democracias occidentales, la gira europea que ha emprendido Alberto Fernández estaría ocupando las primeras páginas de los medios más prestigiosos del mundo. Sucede que la Argentina está en mejores condiciones que cualquier otro país del planeta para mitigar el daño que causará en la economía internacional el hueco enorme que han dejado Rusia y Ucrania. Aunque es de suponer que, una vez terminada la guerra que ha desatado Vladimir Putin, Ucrania pronto recupere el lugar que tenía en el sistema comercial que dominan los países occidentales más desarrollados, lo más probable es que el boicot a Rusia dure varios años.

No se trata de un tema menor para un país que en buena lógica debería verse beneficiado por lo que, para muchos otros, ha sido un desastre descomunal. Se prevé que pronto haya hambrunas en los países africanos y medio-orientales que están acostumbrados a importar el trigo que necesitan del “granero de Europa”. Por lo demás, Alemania, Italia y otros países de la Unión Europea están en apuros luego de decidir, por motivos estratégicos y por la presión de la opinión pública, que no podrán continuar dependiendo por mucho tiempo más de los hidrocarburos rusos que todos los días les están costando la friolera de casi mil millones de dólares.

A Europa le es urgente encontrar alternativas. Puesto que la Argentina sigue siendo una potencia agrícola y, para colmo, en Vaca Muerta cuenta con una de las reservas de gas más valiosas del mundo, de no haber sido por los problemas de raíz política e ideológica que la mantienen paralizada estaría preparándose para ayudar a los europeos a prescindir de las exportaciones energéticas de Rusia, lo que posibilitaría la llegada, por fin, del tantas veces vaticinado “torrente de inversiones”.

Los líderes de Juntos por el Cambio son plenamente conscientes de que el país tendrá que modificar su política exterior para adecuarla que criticar las extravagantes nociones geopolíticas de funcionarios kirchneristas y tratar de persuadir a sus propios interlocutores occidentales de que, siempre y cuando regresen al poder, se comportarán de manera muy distinta al hacer de la reintegración al mundo democrático una prioridad absoluta.

La confusa ideología kirchnerista está emparentada con una corriente de pensamiento que, resumida en el eslogan “vivir con lo nuestro”, aspira a minimizar el riesgo de que el país sea “colonizado” por las malsanas nociones foráneas que tanto molestan a los ultras de la derecha nacionalista y la izquierda ídem. Huelga decir que las consecuencias para la Argentina de las fantasías autárquicas así cultivadas han sido terribles. En vez de privilegiar las exportaciones, muchos gobiernos, entre ellos los de Cristina Kirchner y últimamente de Alberto, han procurado desalentarlas, lo que ha perjudicado enormemente a la mayor parte de la población. Si bien el comercio exterior contribuye a generar bienestar, también suele ocasionar dificultades a aquellas empresas que no pueden o no quieren competir con rivales de otras partes del mundo y por lo tanto militan a favor del proteccionismo. Un buen ejemplo de la mentalidad así fomentada ha sido brindado por el gobierno al prohibirle a la empresa privada Flybondi reducir los precios de los pasajes para vuelos de cabotaje y de tal modo perjudicar a Aerolíneas Argentinas y por lo tanto molestar mucho a La Cámpora.

El economista norteamericano Herbert Stein es aún recordado por lo que dijo hace casi cuatro décadas: “Si algo no puede durar para siempre, se detendrá”. Stein sabía que “la ley” que lleva su nombre era una obviedad, pero era una que, con escasas excepciones, los políticos preferirían pasar por alto. Para ahorrarse dificultades en el corto plazo, dejan que los problemas se acumulen hasta que adquieran una masa crítica inmanejable.

Es lo que ha sucedido en la Argentina. La crisis crónica que, para regocijo de personajes como el hijo del presidente brasileño Jair Bolsonaro, la está transformando en “la Venezuela del Sur”, es la consecuencia previsible de más de medio siglo de miopía principista. Así las cosas, es razonable preguntarse: ¿Hasta cuándo puede durar la presencia en el gobierno nacional de individuos que están más interesados en sembrar el caos y hacer tropezar a sus colegas que en buscar soluciones genuinas para el sinfín de problemas que afectan a los habitantes del país? Aunque desde hace más de un año muchos están convencidos de que sería imposible prolongar por más tiempo el extraño statu quo político y económico imperante, las semanas siguen transcurriendo sin que se hayan producido los cambios espectaculares que creían inminentes.

¿Es que a la gente no le preocupan las reyertas entre las distintas facciones oficialistas porque se ha acostumbrado a vivir a centímetros del abismo? Alberto reza para que sí sea cuestión de una capacidad extraordinaria para tolerar lo que en otras sociedades sería intolerable y que no ocurra nada terrible en el año y medio que, según el calendario constitucional, le quedan en la Casa Rosada. En cuanto a Cristina, su pareja en el frenético baile político con el que nos está entreteniendo el Frente de Todos, no oculta su voluntad de remplazar al gobierno que engendró por otro que esté a la altura de sus expectativas, pero parecería que sus esperanzas en tal sentido son tan difusas que ni ella sabe muy bien cómo articularlas.

Lo mismo que muchos otros políticos, cuando habla alude a un país que sea radicalmente diferente de aquel en que viven los demás, uno en que no haya límites al dinero que el gobierno pueda repartir para asegurar la felicidad del pueblo. A Cristina también le encanta perorar en torno a temas como el planteado por la legitimidad de un gobierno como el actual, que en su opinión y aquella de sus voceros como Andrés “Cuervo” Larroque, surgió porque el electorado no sabía distinguir como era debido entre el candidato que figuró en las boletas y la dueña auténtica de los votos que consiguió, pero se abstiene de entrar en detalles sobre lo que a su juicio un gobierno que a su entender sería realmente legítimo debería hacer, acaso porque lo único que se le ocurre es que tendría que duplicar o triplicar el gasto público. ¿Lo cree de verdad? Puede que sí, ya que para personas como ella, señalar que los recursos no son infinitos es propio de reaccionarios mezquinos que odian a los pobres.

Durante meses, Cristina y sus fieles de La Cámpora han estado esforzándose por obligar a Alberto Fernández a entregarles la cabeza de Martín Guzmán, culpable él de pactar con el Fondo Monetario Internacional y por lo tanto, insinúan, de vaciar el bolsillo popular. Puede que lo logren, pero sucede que para el kirchnerismo el enemigo principal no es Guzmán sino el tamaño modesto de la economía que efectivamente existe y que, a partir de su llegada al poder hace más de diez años, ellos contribuyeron a construir, de suerte que la eventual caída del alumno de Joseph Stiglitz sólo serviría para persuadir a los mercados de que la Argentina es un caso perdido, lo que dejaría virtualmente despejado el camino que conduce a “la Venezuela del Sur”.

Por desgracia, los incondicionales de Cristina no tienen la menor idea de lo que sería forzoso hacer para que la maltrecha economía nacional siguiera proveyéndoles la cantidad enorme de plata que requerirían para financiar los planes generosos que a su entender serían necesarios para permitirles conservar el poder, y las cajas correspondientes, que han sabido conquistar. Parasitarios por naturaleza, se resisten a entender que los restos del país productivo ya no están en condiciones de suministrarles los recursos que precisan.

Cuando los kirchneristas se encargaron nuevamente del Poder Ejecutivo, apostaron a que, sin Mauricio Macri y su equipo de CEOs obstaculizándola, la economía crecería espontáneamente merced a un boom de consumo protagonizado por su clientela electoral del conurbano bonaerense. Pronto se dieron cuenta de que no les sería tan fácil, pero puesto que cualquier plan racional hubiera incluido algunos ajustes, optaron por limitarse a quejarse, con la amargura apropiada, por lo mala que había sido la herencia recibida.

Desde entonces se han negado, al parecer por principio, a pensar en lo que más convendría hacer para mejorarla, con el resultado de que el país ha perdido más de dos años que un gobierno menos irresponsable pudiera haber usado para poner en marcha un programa realista de reformas. Aunque la pandemia y las medidas que se tomaron para combatirla contribuyeron mucho a agravar una situación ya sumamente complicada, no hay motivos para suponer que el impacto de aquella tragedia colectiva fuera decisivo. Después de todo, no es que interrumpiera un proyecto que ya estaba en marcha.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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