Monday 22 de July, 2024

OPINIóN | 28-06-2024 09:39

La Argentina en el consultorio

El riesgo de que los inversores no terminen de confiar en Milei y su equipo. Improvisaciones, chapucería y amenaza peronista. Cómo convencer a los mercados.

Quienes creen que Javier Milei habrá sido sólo una estrella fugaz que, luego de iluminar el cielo nocturno, se disipe dejando atrás nada más que algunas partículas sueltas y recuerdos de lo que para casi todos fue un espectáculo imponente, están comenzando a resignarse a que el hombre de la motosierra siga en la Casa Rosada por un rato más. A pesar de los muchos errores no forzados perpetrados por el Presidente mismo y miembros del gobierno que encabeza, pocos quisieran ver regresar a los comprometidos con lo que hasta ayer no más era el statu quo.

Así y todo, siguen siendo muchos los que, si bien entienden que las “reformas estructurales” recomendadas por todos los economistas ortodoxos son necesarias porque sin ellas la Argentina continuará depauperándose, preferirían que el país estuviera en manos de personajes mejor preparados que Milei y sus adláteres, ya que las deficiencias administrativas de los equipos que han improvisado aseguran que pocos días transcurren sin que estallen nuevas crisis internas.

Para más señas, a los liberales y conservadores que hasta cierto punto aprueban lo que está haciendo el Gobierno no los impresionan gratamente los esfuerzos de Milei por convencerlos de que es el único mandatario del planeta que se ha animado a aplicar un programa netamente “libertario”. No le piden que reinvente la rueda; quisieran que se limitara a tomar medidas similares a las que han funcionado muy bien en otros países. Se trata de una costumbre nacional: Milei no es el primer presidente de la Argentina que se ha creído convocado para renovar el pensamiento económico y por lo tanto político universal. Hipólito Yrigoyen, Juan Domingo Perón y hasta Cristina, ayudada por el “relato” que confeccionaron sus adictos, tenían pretensiones equiparables.  

De más está decir que está en juego algo más que el destino personal de un líder determinado al que le encanta fabricarse nuevos enemigos para entonces abrazarlos, o del eventual éxito o fracaso del programa a su entender radicalmente novedoso que ha puesto en marcha. También existen dudas en cuanto a la capacidad del país en su conjunto para adaptarse plenamente a las circunstancias exigentes que a buen seguro imperarán en las décadas venideras. Es que todo hace pensar que, tanto aquí como en otras latitudes, serán cada vez menos los capaces de valerse por sí mismos y más los que dependerán del resto de la comunidad, es decir, del Estado, porque los avances arrolladores de la tecnología digital continuarán eliminando puestos de trabajo sin generar otros que sean aptos para quienes los habían ocupado. Muchos optimistas recuerdan que los empleos posibilitados por la industrialización pronto reemplazaron a los que fueron dejados obsoletos, pero no hay ninguna garantía de que esta historia se repita.

Sea como fuere, no cabe duda de que el mero hecho de que un hombre tan extravagante como Milei haya alcanzado la presidencia de la República y que, después de más de seis meses en el poder, haya conservado el apoyo de la mitad de la población que se afirma dispuesta a tolerar un ajuste severísimo, ha motivado el interés de buena parte del resto del mundo. Después de haber sido lo que, hace muchos años, alguien calificó del “misterio más grande del siglo XX” por su negativa a desarrollarse a pesar de contar con todas las ventajas concebibles, muchos están preguntándose si la Argentina realmente está en condiciones de recuperarse de la extraña enfermedad psicosomática que la ha mantenido postrada durante tanto tiempo.

Con todo, es razonable suponer que si la mayoría de los inversores en potencia llega a la conclusión de que, aún cuando el movimiento encabezado por Milei perdiera fuerza, la Argentina continuaría alejándose del facilismo voluntarista a la que se había aferrado durante tanto tiempo para convertirse en un país respetuoso de las reglas internacionales, sería más que probable que, por fin, se produjera el tantas veces previsto “torrente de inversiones”. Tal y como ocurrió veinte años atrás, la coyuntura internacional favorece a los países dotados de amplios recursos naturales.

¿Sería suficiente el ingreso de inversiones cuantiosas como para beneficiar a virtualmente todos, o sólo serviría para enriquecer a una minoría bien ubicada, dejando a los demás en una situación no muy distinta de la actual? Aunque el ingreso de inversiones cuantiosas suministraría a las autoridades lo que necesitarían para ayudar a los muchos que de otro modo apenas lograrían sobrevivir, de por sí no atenuaría los problemas sociales resultantes. A juzgar por lo que está ocurriendo en los países que ostentan un producto per cápita relativamente alto, hoy en día el progreso económico propende a ampliar las diferencias entre la mayoría y quienes poseen los recursos, sean éstos económicos o intelectuales, necesarios para aprovechar las oportunidades que brinda el crecimiento del producto bruto.

Los operadores financistas y empresarios del exterior que cada día mueven miles de millones de dólares siguen reacios a invertir porque sospechan que Milei es meramente una manifestación más de la célebre excentricidad argentina. Por razones que pueden comprenderse, lo toman por un fenómeno desvinculado de lo que está realmente ocurriendo en el seno del país. Les gusta su retórica, pero no están convencidos de que la Argentina realmente haya optado por saltar de un extremo al otro del espectro ideológico para que en adelante sea el país más pro-capitalista, para no decir libertario, del mundo entero.

En términos prácticos, la vehemencia extraordinaria que ha patentado Milei lo perjudica. Aunque le ha garantizado un lugar de privilegio en el escenario internacional y le ha permitido ganar vaya a saber cuántos premios otorgados por fundaciones pequeñas que rinden homenaje a la memoria de luminarias de la Escuela Austríaca, también asusta a quienes quieren que los cambios que están impulsando sean permanentes.

He aquí la paradoja de Milei. Debe su protagonismo a su carácter llamativamente atípico y la imagen de “rockstar” que ha sabido crear en torno a su persona, pero la sensación de que sólo se representa a sí mismo puede impedirle llevar a cabo lo que se ha propuesto. Si bien es natural que se le opongan miembros de “la casta” que a diario vitupera, no lo es que se nieguen a brindarle su respaldo activo empresarios ricos que, en el pasado no tan remoto, colaboraban con gobiernos de signo radicalmente distinto que, en algunos casos, les eran abiertamente hostiles.  

Como muchos han señalado, el triunfo módico, pero muy importante, que le supuso la aprobación por el Senado de la Ley Bases, privó a Milei de la excusa -legítima, por cierto- de que no le era dado profundizar las reformas que tenía en mente porque “la casta” insistía en privarlo de las herramientas que precisaría para hacerlo. La demora le permitió postergar el debate entre los economistas, que con escasas excepciones son más liberales que populistas, sobre la viabilidad de la dolarización, la demolición del Banco Central y la destrucción “desde adentro” del Estado y otras medidas igualmente contundentes que, insistía, harían de la Argentina el primer país auténticamente libre del mundo.

Hasta ahora, Milei se ha visto beneficiado por la sensación difundida de que, si logra solucionar los problemas financieros que tanto han contribuido a hundir la economía, los empresarios no vacilarán en sacar provecho de una situación que les sería favorable y que aún no lo estarían haciendo por miedo a lo que podrían hacer los políticos, sindicalistas y piqueteros de “la casta”.

Sin embargo, a juicio de muchos economistas liberales argentinos, y de los del Fondo Monetario Internacional, el asunto dista de ser tan sencillo como dice Milei. Subrayan que, para prosperar, una sociedad tendría que contar con instituciones sólidas y una fuerza laboral adecuadamente preparada. Huelga decir que en la Argentina casi todas las instituciones son raquíticas, mientras que los costos económicos del retroceso educativo seguirán siendo enormes. ¿Son conscientes Milei y quienes lo rodean de lo tremendamente difícil que les sería cambiar la realidad así supuesta?  Parecería que no.

Para desazón de los libertarios, últimamente se ha instalado la idea de que la recesión  -o, cuando menos, la tasa de desempleo o subempleo muy alta que la acompaña-, que es una consecuencia lógica del ajuste, se prolongará por mucho tiempo más aún cuando el Gobierno mate bien muerta a la inflación y haya sectores vinculados con el petróleo, gas y la minería que experimenten un boom espectacular.

En otras palabras, los hay que prevén que hasta nuevo aviso persista una versión levemente modificada del “modelo” tradicional en que la mayoría que no está en condiciones de incorporarse a una economía moderna, de tecnología avanzada, dependa de subsidios procedentes de los sectores que son internacionalmente competitivos. De ser así, en el fondo el eventual éxito del proyecto libertario significaría la reedición de la Argentina de la edad de oro mileísta que terminó hace más de un siglo, pero sucede que desde entonces muchísimo ha cambiado: a un campeón olímpico de 1924 le sería casi imposible competir en los juegos que están por celebrarse en la misma ciudad, París; lo mismo puede decirse de los modelos socioeconómicos.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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