Opinión / 9 de noviembre de 2012

Estados Unidos se aferra al statu quo

Ganador. Obama, retratado a lo Al Jolson, logró la reeleción en EE.UU.

Ilustración: Pablo Temes.

El triunfo electoral que acaba de anotarse Barack Obama, estrecho en cuanto al voto popular pero muy amplio en el colegio electoral, motivó mucho alivio en el resto del mundo, donde una mayoría abrumadora tomaba al candidato republicano, el mormón multimillonario Mitt Romney, por un ejemplo cabal del “norteamericano feo”, un ultraderechista rapaz y belicoso del tipo que supone responsable de buena parte de las plagas que sufre el género humano. Con todo, en esta ocasión la reacción internacional ha sido mucho menos entusiasta de lo que fue cuatro años antes, cuando la elección del primer presidente negro –en verdad, mulato, pero la tradición yanqui de calificar de “negro” a cualquiera con una gota de sangre africana no admite muchas sutilezas–, fue celebrada mundialmente como si se tratara de la llegada de un auténtico mesías.

Es que en muchos ámbitos, sobre todo en el de la política exterior y “la guerra contra el terror”, los cambios introducidos por Obama en el transcurso de su primer cuatrienio en la Casa Blanca han resultado ser meramente cosméticos. Asimismo, si bien en la actualidad la economía norteamericana parece menos letárgica que la europea o japonesa, nadie ignora que, a pesar de los esfuerzos de los demócratas por repartir de forma más igualitaria el dinero disponible, está experimentando una mutación ominosa al separarse del “99 por ciento” una pequeña elite riquísima, parte de la cual, como la conformada por los plutócratas progres de Hollywood y ciertas estrellas mediáticas, apoyó con fervor a Obama. El grueso de los norteamericanos relativamente jóvenes y, huelga decirlo, de sus coetáneos europeos y nipones, ya intuye que le corresponderá pagar los costos de la prolongada orgía consumista que fue disfrutada por sus mayores. (Ver especial Elecciones en pág. 122).

Decía Auguste Comte que la demografía es destino, que la evolución de las distintas sociedades depende en buena medida de detalles como la tasa de natalidad y las corrientes migratorias. Aunque el reelegido presidente Obama supo aprovechar las ventajas que le brindó el hecho de que Estados Unidos ya no es el país, de mayoría anglosajona, de apenas 30 años atrás, un país en que, según republicanos nostálgicos, Mitt Romney hubiera triunfado por un margen muy amplio, pronto descubrirá que no todos los cambios demográficos le resultarán tan favorables.

Dentro de poco, se jubilarán los productos del “baby boom”, la explosión de natalidad que siguió al fin de la Segunda Guerra Mundial. Los reemplazarán otros que están acostumbrados a un nivel de vida material muy alto pero que, con escasas excepciones, no están preparados para enfrentar con éxito el tsunami de cambio que se les viene encima. Seguirá creciendo con rapidez la clase “pasiva”, mientras que se achicará cada vez más la “activa”. Aunque la variante norteamericana del gran drama demográfico que está representándose en todos los países desarrollados resulte tener consecuencias menos espectaculares que la europea, tanto Obama como Romney optaron por minimizar su importancia, como si solo fuera cuestión de abstracciones estadísticas sin incidencia en la vida real.

 

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