Cultura / 21 de Marzo de 2013

Michel Foucault

Filosofía sobre sí mismo

La reciente edición de los textos que el intelectual francés no corrigió permite entender la relación entre su historia
personal y su trabajo. Aquí, un adelanto del libro inédito “La inquietud por la verdad”.

Este texto se titula “Verdad, poder y sí mismo” y corresponde a una entrevista realizada por Rux Martin en la Universidad de Vermont en 1982.

— Con mucha frecuencia se le endilga la etiqueta de “filósofo”, pero también de “historiador”, “estructuralista” y “marxista”. Su cátedra en el Collège de France se llama “Historia de los sistemas de pensamiento”. ¿Qué significa eso?

Michel Foucault: No creo que sea necesario saber con exactitud qué soy. El interés principal de la vida y el trabajo consiste en que nos permiten llegar a ser alguien diferente del que éramos al comienzo. Si uno supiera, cuando empieza a escribir un libro, lo que va a decir al final, ¿cree que tendría el valor de escribirlo? Lo que vale para la escritura y para una relación amorosa vale también para la vida. La cosa solo vale la pena en la medida en que ignoramos cómo terminará. Mi dominio es la historia del pensamiento. El hombre es un ser pensante. Su manera de pensar está ligada a la sociedad, la política, la economía y la historia; también a categorías muy generales y hasta universales, y a estructuras formales. Pero el pensamiento y las relaciones de sociedad son dos cosas muy diferentes. Las categorías universales de la lógica no son aptas para rendir adecuada cuenta de la manera como la gente piensa realmente. Entre la historia social y los análisis formales del pensamiento hay un camino, un sendero –muy angosto, tal vez–, que es el del historiador del pensamiento.

—En “Historia de la sexualidad” usted hace referencia al que “hace tambalearse la ley; anticipa, aunque sea un poco, la libertad futura”. ¿Así ve su trabajo?

Foucault: No. Durante bastante tiempo me pidieron que explicara lo que iba a suceder y que expusiera un programa para el futuro. Sabemos muy bien que, aunque los inspiren las mejores intenciones, esos programas siempre se convierten en una herramienta, un instrumento de la opresión. La Revolución Francesa se valió de Rousseau, que amaba tanto la libertad, para elaborar un modelo de opresión social. El estalinismo y el leninismo habrían horrorizado a Marx. Mi papel –pero el término es demasiado pomposo– es mostrar a la gente que es mucho más libre de lo que piensa; que tiene por verdaderos y evidentes ciertos temas que se fabricaron en un momento particular de la historia, y que esa presunta evidencia puede ser criticada y destruida. Cambiar algo en la mente de la gente: ese es el papel de un intelectual.

—En sus escritos parece fascinado por las figuras que existen en los márgenes de la sociedad: los locos, los leprosos, los criminales, los desviados, los hermafroditas, los asesinos, los pensadores oscuros. ¿Por qué?(…).

Foucault: Analizo las figuras y los procesos oscuros por dos razones: los procesos políticos y sociales que permitieron la organización de las sociedades de Europa Occidental no son muy evidentes, han sido olvidados o se tornaron habituales. Esos procesos forman parte de nuestro paisaje más familiar y ya no los vemos. Ahora bien, la mayoría, en su día, escandalizó a la gente. Una de mis metas es mostrar a la gente que una buena cantidad de las cosas que forman parte de su paisaje familiar –y que considera universales– son el producto de ciertos cambios históricos muy precisos. Todos mis análisis se oponen a la idea de necesidades universales en la existencia humana. Destacan el carácter arbitrario de las instituciones humanas y nos muestran el espacio de libertad de que aún disponemos y cuáles son los cambios que aún pueden llevarse a cabo.

—Sus escritos expresan corrientes emocionales profundas con las que rara vez nos topamos en los análisis eruditos: la angustia, en “Vigilar y castigar”; el desprecio y la esperanza, en “Las palabras y las cosas”; la indignación y la tristeza, en “Historia de la locura”.

Foucault: Cada uno de mis libros representa una parte de mi historia. Por una u otra razón, me fue dado experimentar o vivir esas cosas. Para tomar un ejemplo simple, en la década de los cincuenta trabajé en un hospital psiquiátrico. Después de haber estudiado filosofía, quise ver qué era la locura: había sido lo bastante loco para estudiar la razón, era lo bastante razonable para estudiar la locura. En ese hospital tenía la libertad de circular entre los pacientes y el personal asistencial, porque no me habían asignado ninguna función precisa. Era la época del florecimiento de la neurocirugía, los inicios de la psicofarmacología, el reino de la institución tradicional. En un primer momento acepté esas cosas como necesarias, pero al cabo de tres meses (¡soy un poco lerdo de mente!) empecé a preguntarme: “Pero, ¿dónde está la necesidad de estas cosas?”.

Transcurridos tres años dejé ese empleo y me fui a Suecia, con una sensación de gran malestar personal; allí comencé a escribir una historia de esas prácticas. “Historia de la locura” iba a ser el primero de varios tomos. Me encanta escribir primeros tomos, pero detesto escribir los segundos. En mi libro se vio un gesto antipsiquiátrico, cuando en realidad era una descripción de tipo histórico. ¿Conoce la diferencia entre una verdadera ciencia y una seudociencia? Una verdadera ciencia reconoce y acepta su propia historia sin sentirse atacada. Cuando a un psiquiatra se le dice que su institución se originó en los leprosarios, se enoja.

Más información en la edición impresa de la revista.

 

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