Opinión / 19 de Julio de 2013

La rebelión de los jueces

Jaime. El símbolo de la corrupción kirchnerista pasó a ser el primer prófugo de la Justicia.

Ilustración: Pablo Temes.

De ser otras las circunstancias, a Cristina le encantaría ver a Ricardo Jaime procesado y condenado a pasar muchos años en una cárcel común maloliente, pero sucede que el ex zar del transporte es emblemático de algo más que el mal gusto cuando de elegir corbatas de trata. Como tantos otros kirchneristas de la primera hora, entre ellos el mismísimo Néstor Kirchner, parecería que Jaime siempre tomó la política por una fuente casi inagotable de riqueza personal que le correspondería aprovechar a pleno, dejando que otros se preocuparan por nimiedades como el interés nacional, la calidad de servicios públicos como los proporcionados por trenes destartalados como los de la línea Sarmiento, el destino de millones de pobres que dependen del clientelismo para sobrevivir y, huelga decirlo, aquellos aburridos temas ideológicos que sirven para despistar a gente de pretensiones intelectuales.

Con todo, mientras que el fundador de la dinastía K se vería transformado póstumamente, aunque solo fuera por un rato, en una especie de héroe mítico, a Jaime le ha tocado desempeñar el papel ingrato de símbolo máximo de los vicios más antipáticos del kirchnerismo. Puede que pronto se vea acompañado por otros, muchos otros, pero en la actualidad escasean los dispuestos a darle la ayuda que precisa y que con toda seguridad cree merecer. Jaime no es un chivo expiatorio, ya que a diferencia del cuadrúpedo desafortunado nadie lo supone inocente, pero sería comprensible que sospechara que muchos kirchneristas rezaran para que el país se conformara con el sacrificio del miembro más vistoso del entorno omnívoro de Néstor.

Para Jaime, pues, ha llegado por fin la hora de enfrentarse con la Justicia, eventualidad que, según parece, esperaba postergar hasta las calendas griegas, ya que compartía con su jefe la opinión de un experto en la materia, Alfredo Yabrán, de que el poder significa impunidad y que por lo tanto sus felices dueños no tenían por qué tratar de pasar desapercibidos. Por el contrario, durante mucho tiempo los dos pingüinos actuaban con un grado realmente extraordinario de desfachatez, Jaime al hacer gala de su fervor consumista y Néstor de su astucia como empresario; ambos apostaban a que los demás se sentirían sumamente impresionados por el poder de quienes se sabían por encima de leyes acaso apropiadas para los mortales comunes pero no para líderes de verdad. No se equivocaban; siempre y cuando la mayoría sienta que la economía anda sobre rieles, corren con ventaja los “transgresores” que se mofan de las reglas.

Tal actitud ha determinado la forma que, andando el tiempo, asumiría el “modelo” o el “proyecto” de los santacruceños. No es producto de un esquema confeccionado por ideólogos sino de la necesidad de sus dirigentes de defender lo ya conseguido adquiriendo cada vez más poder. La razón por la que los kirchneristas van por todo no es que desde el vamos hayan fantaseado con llevar a cabo una especie de “revolución popular” retro del tipo esbozado en las arengas de Cristina, es que precisaban construir cuanto antes defensas inexpugnables contra los deseosos de obligarlos a rendir cuentas ante jueces no democráticos. Casi todo lo hecho por el gobierno de Néstor Kirchner primero y, después, por el de su viuda, se ha visto subordinado a dicho fin.

 

2 comentarios de “La rebelión de los jueces”

  1. En el capitalismo done reina la “libertad de mercado”, en el que un punado de rufianes estafan a ciudadanos del primer mundo, en el capitalismo salvaje, emergente del “fin de la historia”, en este cruel y vil sistema de acumulación de riquezas mediante dibujos de ingenierías financieras, evasión impositiva, paraísos fiscales que resguardan riquezas socialmente producidas y fugan de los países (TODOS), alli, aquí, y donde fuera, es el sistema donde “el poder significa impunidad”. Detrás del discurso dominante se esconde esa realidad, la grosa corrupción que todos callan y otros sutilmente defienden invisibilizándo.Frente a esto, Jaime es un pobre bebe de pecho. La justicia dictaminará sentencia. Ahora, utilizar a Jaime y a otros tantos para sostener que todo está corrompido es historia conocida y trágica en esta Argentina atravezada por diversas etapas genocidas. Luego diran hay que poner orden en este descomunal caos de la corrupción, y los honestos salvadores vendrán con el garrote y sus políticas salvadoras…

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