Opinión / 1 de noviembre de 2014

Espejos que distorsionan

El escenario de fin de ciclo kirchnerista frente a los resultados electorales de los países vecinos

Los kirchneristas quieren creerse militantes de un gran movimiento latinoamericano que lucha por liberar la región del imperialismo yanqui, el capitalismo y otros flagelos de origen foráneo que, a su juicio, son ajenos al ser regional. Para los soldados de Cristina, los triunfos electorales anotados últimamente por los compañeros Dilma, Evo y Michelle, además de la probabilidad de que el 30 de noviembre los emule Tabaré, confirman que los vientos siguen soplando a favor de los buenos y en contra de los malos, o sea, de aquellos “poderes concentrados” que harían cualquier cosa para mantener esclavizada a la gente, razón por la cual se sienten con derecho a festejar los logros de sus presuntos correligionarios como si fueran propios.

Dicen los kirchneristas más entusiastas que, de no ser por aquella constitución liberal que lo impide, Cristina ganaría las próximas elecciones presidenciales, y las siguientes, ya que nada podrá frenar la marcha de los latinoamericanos hacia un futuro más inclusivo y más popular. Hablan así porque saben que no habrá posibilidad alguna de una re-reelección, de suerte que las palabras en tal sentido sólo sirven para molestar a los muchos que aguardan, con una mezcla de impaciencia e inquietud, el final de una aventura populista que amenaza con dejar al país vaciado, terriblemente empobrecido y agobiado por deudas impagables.

La prolongación ad infinitum de la hegemonía kirchnerista es una ilusión, claro está. También lo es suponer que el oficialismo local se ve reflejado en los espejos vecinos. A quienes gobiernan Brasil, Chile y Uruguay, les horrorizaría que sus compatriotas los supusieran afines a los kirchneristas. Puede que el chavista Nicolás Maduro, el hombre del pajarito mágico y las declaraciones descabelladas que se cree rodeado de conspiradores siniestros, se ufane de contar con la aprobación de Cristina, pero extrañaría que a Evo le gustara ser comparado con la señora: si bien el boliviano habla como un rebelde contra todo lo extranjero y, para subrayar sus sentimientos indigenistas, quiere que en su feudo los relojes giren al revés, ha manejado la pequeña economía de su país con un grado de parsimonia que sería digno de un calvinista suizo; no sorprendería que, dentro de un año, las reservas de Bolivia superaran a las de la Argentina, lo que sería una hazaña histórica.

Fuera de los cenáculos kirchneristas, es rutinario distinguir entre el progresismo sensato, el de Chile, Brasil y Uruguay, por un lado y, bien por el otro, la variante loca protagonizada por Venezuela y la Argentina, dos países que están corriendo jubilosamente hacia el abismo. Lo mismo que los social demócratas de Europa, los centroizquierdistas chilenos, brasileños y uruguayos entienden que les convendría procurar colaborar con “los mercados”, ya que la alternativa sería más pobreza para todos salvo los integrantes de una elite reducida que, si bien incluiría a muchos profesionales de la política, les parecería injusta. En cambio, sus putativos correligionarios venezolanos y argentinos no quieren saber nada de los malditos mercados que, aseguran, están infestados de golpistas, oligarcas y otras bestias inmundas. En ambos países, los militantes progre están librando una guerra sin cuartel contra los números; una guerra que, desgraciadamente para los pobres y lo que todavía queda de la clase media, están ganando.

Aunque la izquierda light ha logrado renovar sus credenciales en Brasil, donde Dilma Rousseff se impuso por un margen muy estrecho al retador Aécio Neves, y se prevé que en Uruguay Tabaré Vázquez derrote en el ballottage a Luis Lacalle Pou que, de todos modos, jura que no pensaría en privar a los pobres de nada, en adelante los gobiernos de nuestros vecinos tendrán que pactar con la mitad del electorado que, a juzgar por los resultados de la primera vuelta, preferiría algo un tanto distinto. Cuando los “mercados” brasileños reaccionaron con despecho frente a su triunfo, Dilma contestó asegurando que privilegiaría el diálogo “con todos los sectores” y comprometiéndose a tomar muy en serio los reclamos de que haga lo necesario para que la economía recupere el dinamismo perdido. Asimismo, el casi presidente electo Tabaré comprende que sería peor que inútil tratar a sus adversarios como enemigos. Un demócrata cabal, sabe que su país es una empresa colectiva y que por lo tanto le corresponde respetar a todos los opositores, con la eventual excepción de los extremistas irremediables.

Sea como fuere, para Dilma y Tabaré los años próximos no serán tan fáciles como los que fueron dominados por el boom de las commodities, aquel “viento de cola” que, al proporcionar ingresos abultados a países dotados de recursos naturales abundantes, permitió que los gobiernos emprendieran programas sociales generosos sin tener que preocuparse demasiado por los costos. En términos humanitarios, dichos programas han sido exitosos. Se estima que, gracias a ellos, en Brasil 40 millones de personas se vieron incorporadas a la clase media. Sin embargo, para mantenerlos con el viento en contra, sería necesario que los así beneficiados consiguieran hacer un aporte económico positivo. Algunos sí estarán en condiciones de contribuir a la parte más moderna de la economía, pero otros continuarán dependiendo de los subsidios a los que se han acostumbrado y que, como siempre sucede, toman por un derecho adquirido.

En Brasil, las zonas socioeconómicas más avanzadas, como el estado de San Pablo, que tiene una población que es equivalente a aquella de la Argentina y un producto bruto que es mayor, votaron por Aécio, pero en el norte atrasado Dilma triunfó con comodidad abrumadora. El temor a perder lo conseguido resultó ser un poco más poderoso que la conciencia de que, para seguir desarrollándose a un ritmo satisfactorio, Brasil tendría que adaptarse a circunstancias cada vez más más exigentes, más “neoliberales”, que las imperantes hasta hace algunos años. Se trataba, pues, de una victoria conservadora en que los contrarios al cambio lograron mantener a raya las reformas propuestas por Aécio y sus simpatizantes.

Si todo dependiera de la voluntad mayoritaria, los asustados por la idea de que Brasil necesite cambiar para hacerse más “competitivo” podrían dormir tranquilos, pero, como Dilma misma sabe muy bien, el asunto no es tan sencillo. A menos que la economía despierte de su letargo, los brasileños tendrían que resignarse a un futuro decididamente mediocre muy distinto del vaticinado por los profetas del destino manifiesto nacional.

Por lo demás, por izquierdista que sea el Gobierno, para no verse constreñido a desmantelar algunos programas sociales y modificar otros, le será preciso contar con más recursos financieros que los derivados de la venta a China de materias primas y productos agrícolas. Si resultan estar en lo cierto los agoreros que pronostican que en adelante los chinos compren menos, Brasil estará entre los países más perjudicados. Huelga decir que los resultados electorales no pusieron fin al debate en torno a la mejor forma de afrontar el desafío planteado por la evolución de la economía internacional. Si bien las huestes del Partido de los Trabajadores encabezadas por Dilma ganaron en las urnas, la oposición logró instalar la convicción de que algunos cambios sustanciales sí serán imprescindibles.

La situación es parecida en Uruguay y Chile. Las diferencias entre los movimientos de centro-izquierda y centro-derecha que disputan la primacía no son tan grandes como procuran hacer pensar los dirigentes políticos, para no hablar de los militantes esforzados que viven en un mundo blanco y negro sin demasiados matices. Si andando el tiempo regresa “la derecha” al poder, a lo sumo eliminaría algunos programas claramente clientelistas y trataría de mejorar el clima de negocios con el propósito de seducir a más inversores. El consenso en tales países se caracteriza por el pragmatismo; escasean los tentados por la idea de un fracaso principista que tanto fascina a los kirchneristas y sus conmilitones tropicales. A juzgar por los resultados de su gestión, hasta Evo tiene más en común con su homólogo uruguayo José “Pepe” Mujica, un mandatario que se ha hecho mundialmente célebre por su locuacidad pero que ha gobernado con realismo, que con Cristina y su amigo chavista, Maduro.

En la Argentina y Venezuela, países cuyos gobernantes actuales han jugado a todo o nada, no puede haber consenso. Aun cuando los eventuales sucesores de Cristina y Maduro apostaran a cierta continuidad para no alarmar a los pasajeramente beneficiados por la largueza populista, no les sería dado seguir por el mismo rumbo. Felizmente para Brasil, Uruguay, Chile y Bolivia, es de prever que los problemas que enfrentarán sus gobernantes en los años próximos sean mucho menos angustiantes que los que aguardan a los mandatarios futuros de la Argentina y Venezuela. Puesto que ya se han agotado los recursos, podrían tratar de hacer menos dolorosa la miseria multitudinaria organizando protestas callejeras y gritando insultos contra los hipotéticos responsables del desastre descomunal que los venezolanos ya están viviendo y que podría estar por experimentar la Argentina. No serviría para nada, pero para gobiernos que, por un rato acaso muy largo, sólo podrán repartir sacrificios, no habrá muchas alternativas.

* PERIODISTA y analista político,

ex director de “The Buenos Aires Herald”.

 

 

Comentarios de “Espejos que distorsionan”

  1. iNEFABLE, QUÉ GUSTO DA LEERLO!!! PORQUÉ EL AUTOR NO EDITA UN LIBRO CON TODOS LOS ARTÍCULOS ESCRITOS EN ESTA REVISTA DESDE QUE COMENZÓ A HACERLO? ADEMÁS DE CERTERO Y PERSPICAZ EN EXTREMO, TIENE UN DELICIOSO SENTIDO DEL HUMOR . POR FAVOR, UD. DEBE TENER TODOS SUS ARTÍCULOS, PUBLIQUE CON ELLOS UN LIBRO !

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *