Editorial / 10 de Enero de 2015

Muerte y resurrección

El fusilamiento de “Charlie Hebdo” quiso rematar a uno de los bastiones de la razón moderna, pero lo resucitó.

Es paradójico que, en un siglo que arranca con cotidianas predicciones apocalípticas sobre el futuro de la prensa y el periodismo clásico, el objetivo propagandístico que sigue movilizando al terrorismo sea un medio tradicional e independiente. La masacre de la redacción del semanario francés Charlie Hebdo impacta a casi todo el planeta no solo por su obscena crueldad sino por el flagrante anacronismo que aparentemente aqueja a los victimarios. ¿O será que, en la furia ciega de los ejecutores, titila débilmente un brillo de lucidez histórica? Si Marshall McLuhan tenía razón en avisar que el verdadero mensaje había que buscarlo en el medio que lo transmitía y no en su contenido manifiesto, quizá se puede interpretar el gesto asesino de los “killers” parisinos como una valoración morbosa del periodismo, en tanto institución cultural clave de la democracia liberal acuñada por Occidente, ese enemigo que obsesionaba a Bin Laden y ahora a sus “herederos”.
Tal vez tomó demasiada relevancia en estas horas la discusión técnica acerca de si el objetivo eran los caricaturistas o los periodistas. En todo caso, Sigmund Freud ya despejó la dicotomía: lo importante no es el chiste sino lo que no puede dejar de revelar. Se trata de la verdad. No como un absoluto, sino como una actitud ante la presión del mundo por acallar lo disonante. En el paroxismo de la revolución digital y la información “líquida” -de la que el terrorismo participa entusiasta- el fusilamiento de “Charlie Hebdo” quiso rematar a uno de los bastiones de la razón moderna, el periodismo. Pero lo resucitó.

 

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