Mundo / 22 de Agosto de 2015

La apertura de Obama hacia Cuba podría hundirlo

El partido opositor buscará revertir en el Congreso el acuerdo con La Habana.

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estados unidos cuba
HISTÓRICO. La reapertura de la embajada de Estados Unidos en Cuba, el 14 de agosto, y el encuentro de Barack Obama con Raúl Castro, en abril, podrían jugarle una mala pasada al presidente de Estados Unidos en el Congreso.

Cuando Nguyen Van Linh impulsó la “Doi Moi”, reforma económica cuyo nombre significa “renovación”, convirtió al año 1986 en un punto de inflexión. Siguió gobernando el Partido Comunista de Ho Chi Ming y del general Nguyen Van Giap, pero la apertura de la economía y la lluvia de inversiones, incluidas las norteamericanas, fueron lentamente moldeando una realidad con menos persecuciones políticas y menos prohibiciones.
Igual que China a partir de las reformas impulsadas por Deng Xiaoping y Zhao Ziyang, Vietnam siguió teniendo un Estado autoritario, pero dejó el totalitarismo. Quedó atrás el tiempo de los “boat people”, decenas de miles de vietnamitas que se lanzaban al mar en rudimentarias embarcaciones, huyendo de las ejecuciones y persecuciones a ciegas de supuestos colaboracionistas.
No hay pluralismo político ni total libertad de prensa, pero las libertades públicas e individuales aumentaron.
En China aún gobierna el mismo partido de Mao Tse-tung y Chou En-lai, pero ya no hay “campos de reeducación” ni criminales cacerías de brujas, como la que se ejecutó con el nombre de “revolución cultural”.
En Rusia sigue habiendo un poder despótico, pero ya no existe el Gulag ni el destierro en Siberia. No es lo mismo autoritarismo que totalitarismo. Si bien es una diferencia de grado, es una diferencia al fin.
En el totalitarismo, el control del Estado sobre el individuo y sobre la sociedad, es total; por tanto anula al individuo y la sociedad civil.
En el autoritarismo con economía mixta, el individuo y la sociedad civil tienen una vida tenue, pero vida al fin.
Barak Obama no hizo otra cosa que admitir esa realidad y animarse a dar el mismo paso que había dado Bill Clinton cuando viajó a Hanoi en el 2000, iniciando el camino hacia el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Vietnam.
Con aquel viaje del demócrata de Arkansas, se pasó de una guerra feroz y su larga resaca de odio y desconfianza, a una sociedad comercial que dio excelentes frutos a los dos países y mejoró las condiciones económica y política de la vida de los vietnamitas. No es que se volvieron ricos y plenos de libertades, pero fueron menos pobres y más libres que en la etapa anterior a la Doi Moi.
Más de tres millones de muertos dejó la guerra en Vietnam y al menos 58.000 marines no regresaron vivos a los Estados Unidos. Sin embargo, la realidad dio la razón a Clinton y nadie le reprocharía hoy el restablecimiento de relaciones y la ola de inversiones que generó en el país asiático.

En la historia de Cuba, este año puede ser como el 2000 en la historia de Vietnam: un punto de inflexión. En las próximas décadas puede seguir gobernando el Partido Comunista y seguir rigiendo un modelo político autoritario, pero difícilmente se mantenga el Estado totalitario que ha imperado desde los años 60, favorecido precisamente por la Guerra Fría y por el embargo yanqui.
China y Vietnam han refutado, en la realidad, la teoría planteada por Francis Fukuyama y Frederich von Hayek, según la cual la libertad económica trae consigo inexorablemente la democracia. Pero han demostrado además que la apertura económica termina generando cierta apertura política. El autoritarismo puede mantenerse, como ocurre también en regímenes derechistas; pero difícilmente puedan sobrevivir los sistemas totalitarios.
La política norteamericana favoreció durante medio siglo al totalitarismo en Cuba. En los primeros años de la revolución, le dio la espalda a un Fidel Castro que buscó apoyo en Estados Unidos. Cuando el líder cubano viajó a Washington, Eisenhower no quiso recibirlo y sólo pudo reunirse con su vicepresidente, Nixon. La CIA sumó el desembarco de cubanos anticastristas en Bahía de Cochinos y, tras la crisis de los misiles, vendría la ruptura definitiva y la aplicación del embargo.
No está claro cuáles habrían sido los planes de Castro si Washington hubiera ensayado otra política. Pero está claro que la hostilidad norteamericana fue el enemigo perfecto para que un formidable aparato de propaganda diseñado por expertos soviéticos instalara la idea de que quien no estuviese con el régimen era, voluntariamente o no, un agente del imperialismo yanqui.
A su vez, el embargo fue la justificación que encubrió la improductividad del sistema colectivista de planificación centralizada.
A un gobierno democrático lo debilita el fracaso económico. Pero no ocurre lo mismo con los regímenes liderados por héroes vivientes de antiguos campos de batalla, cuando son carismáticos, inteligentes y astutos como Fidel Castro.
El líder cubano supo convertir la debilidad en un escudo inexpugnable. Podía fracasar su modelo económico, pero su poder no fracasó. Y la política norteamericana aportó a ese éxito.

Los republicanos saben que no tiene sentido mantener el statu quo. Sin embargo, preparan una emboscada para hundir en el Congreso el acuerdo de Obama y Raúl Castro.
Los republicanos que intentarán el hundimiento, también saben que el statu quo no tiene que ver con los intereses norteamericanos, sino con la presión de poderosos lobbies como la Fundación Cubano-Americana, que desde los tiempos de Jorge Mas Canosa impuso a la colectividad de Florida la actitud a sostener ante a Washington y La Habana.
Aquel dirigente anticastrista murió en 1997, pero su influencia sobre la comunidad cubana se mantuvo varios años, enfrentando incluso a la creciente presión del empresariado estadounidense que, con David Rockefeller a la cabeza, lleva tiempo reclamando el final de un embargo inútil que allanó el camino a canadienses, mexicanos y europeos para hacer negocios en Cuba sin la competencia norteamericana.
También desde hace años la diáspora cubana en Europa cuestiona por contraproducente el obstinado embargo. Y en la actualidad, hasta en la comunidad radicada en los Estados Unidos es mayoritaria la posición que respalda el giro impulsado por el gobierno demócrata.
La emboscada que preparan los republicanos en el Congreso parece más una muestra de impotencia y rencor, que de lucidez y comprensión de la circunstancia histórica. Impotencia y rencor frente a la sorpresiva reconstrucción del liderazgo de Obama, quien al remover este vetusto remanente de la Guerra Fría, le devuelve a Estados Unidos la competitividad que había perdido en América Latina frente a la proyección de Rusia y, sobre todo, de China.
Los gobiernos latinoamericanos actúan como cómplices de ese régimen de partido único que aún tiene presos políticos y censura. Pero el embargo y la ruptura diplomática evocan en la región una larga y oscura política de intervencionismo imperial.
Latinoamérica ve en la ruptura diplomática y el embargo la continuidad de ese intervencionismo que debe quedar atrás.
En definitiva, además de la expectativa de cambios que medio siglo de embargo y ruptura no pudieron generar, el giro que se atrevió a dar Obama crea un puente para sacar a Washington de su aislamiento regional.

 

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