Ciencia / 8 de Octubre de 2015

Por qué a los seres humanos nos atrae tener animales domésticos

Psicología y comportamiento en la era del mascotismo. El rol de la biología y la cultura.

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La tendencia ya es mundial, aunque no sea pareja en todas las regiones del planeta, y dependa del grado de desarrollo económico de los países: las mascotas presentes en los hogares aumentan en número, mientras que los niños disminuyen. En el Japón, por ejemplo, hay 16 millones de niños y 22 millones de mascotas; en los Estados Unidos, más de la mitad de los hogares tienen un animal en el hogar (48 millones poseen perros) y solo 38 millones están habitados por chicos; más cerca, en Brasil, la tendencia se parece, y la Investigación Nacional de Salud muestra que de cada cien familias, 44 albergan perros mientras que 36 incluyen a niños dentro de la familia. La Argentina es la nación de América Latina con más mascotas por habitante: 78 de cada 100 argentinos tienen un animal doméstico, con predominancia de perros (63%) y de gatos (26%), aunque no se poseen estadísticas acerca de la relación con la población infantil.

¿Por qué sucede esto? Las explicaciones son muy diversas y no tocan una única variable. De hecho, en los últimos 20 años aumentaron exponencialmente las investigaciones que buscan explicar por qué los seres humanos están tan apegados a sus mascotas y qué es lo que ellas provocan en las personas. Algo muy nuevo, si se tiene en cuenta que hace relativamente poco, en 1961, el psicólogo infantil Boris Levinson le propuso a la Asociación Americana de Psicólogos de los Estados Unidos que los terapistas pudieran complementar su trabajo con perros que los ayudaran a acercarse mejor a sus pacientes más problematizados. Su hipótesis es que los animales podrían ayudar a las personas a calmar su ansiedad y a abrirse.

La mayoría de los colegas de Levinson se rieron de la idea. Otros, sin embargo, tomaron el guante y profundizaron en la investigación sobre los efectos que la relación mascota/ser humano tiene tanto sobre los bichos de cuatro patas como sobre los de dos piernas. Y comenzaron a hacer estudios buscando saber qué producen los animales sobre el estado afectivo y el humor de los humanos.

En el proceso surgieron los antrozoólogos, aquellos científicos que estudian la relación seres humanos animales. “Creo que lo que está en juego es la psicología de las personas. Las mascotas nos ayudan a llenar nuestra necesidad de conexión social”, opina el antrozoólogo australiano Pauleen Bennett, de la Universidad La Trobe.

BIOLOGÍA. Los expertos creen que parte de nuestro amor por los animales es puramente innato. Uno de los estudios al respecto fue hecho por la psicóloga Vanessa LoBue (de la Universidad de Rutgers), que demostraron cómo los niñitos de hasta tres años pasan más tiempo interactuando con animales vivos que el que pasan en contacto con juguetes inanimados. Ya sea que se trate de perros, gatos, hamsters, arañas o víboras, los chiquitos van a preferirlos antes que a los chiches.

Desde el Instituto de Ciencias del cerebro de Seattle (en los Estados Unidos), los especialistas consideran que los seres humanos tienen células especializadas en reconocer la vida animal: han hallado neuronas localizadas en la amígdala, una región cerebral relacionada con el procesamiento de las emociones, que responden fuertemente cuando se encuentran con la imagen de animales. El ensayo, del año 2011, es uno de los que sentaron las bases de la idea de que hay una base neural en las fuertes reacciones emocionales que los animales despiertan.

Una teoría propone que las personas se sienten atraídas por las mascotas bonitas debido a su apariencia, que incluye ojos grandes, frentes amplias y contornos suaves, algo que a los adultos les recuerdan las características de los bebés humanos. Uno de los científicos que se puso a estudiar esta particularidad es el psicólogo japonés Hiroshi Nittono, de la Universidad de Hiroshima. Sus experimentos verificaron que, biológicamente, los seres humanos están preparados para atender a los niños humanos muy pequeños, que requieren cuidados más delicados y profundos que otros seres vivos. La novedad no es esta, sino que incluso en trabajos que miran directamente el funcionamiento neuronal dentro del cerebro, es factible comprobar que esa misma característica es la que se pone en marcha cuando una persona percibe a un animal bebé, la respuesta instintiva es cuidarlo, como si se tratara de un bebé humano.

Todo esto refuerza la hipótesis creada por el biólogo E. O. Wilson, que emplea el término “biofilia”, que es la tendencia natural a focalizarnos en la vida y en los procesos que nos recuerdan a la vida. La fascinación humana por la fauna, no importa cuál, podría explicar el motivo por el cual una persona puede llegar a adoptar mascotas del más diverso rango, desde un tierno cachorro de labrador dorado hasta una tarántula, una salamandra o una boa constrictora.

MEDIOAMBIENTE. Ninguno de estos experimentos pretende dejar de lado algo que también influye, y mucho: la cultura. En algunos lugares un perro es una mascota adorable y adorada (en los países de Occidente, por caso), mientras que en otras regiones del planeta los canes son vistos como seres sucios y poco agraciados, como en comunidades del Islam.

De algún modo, y más allá de la tendencia natural a enternecerse con un cachorro, las personas tendrían mascotas en su propio hogar porque otras personas las crían también. Como un fenómeno de “lo tiene mi vecino, lo quiero yo”, el mascotismo respondería, en gran parte, a una condicionante cultural de imitación. Eso explicaría, de acuerdo con el psicólogo Harold Hertzog (Universidad de Carolina Occidental) las modas: si hace 30 años eran populares los perros ovejeros alemanes y los gatos callejeros, ahora están en boga los caniche toys, los bulldog y los gatos siameses.

Epidemias de razas y de tipos de bichos domésticos, en nombre de lo que es cool y aceptado socialmente en un momento cultural definido.

LOS EFECTOS. Un estudio publicado por el Hospital General de Veterinaria de Massachussets, luego de haberle hecho resonancias magnética funcionales a un grupo de madres mientras miraban fotos de sus hijos o de sus perros, o de niños o canes desconocidos indica que los dos primeros provocan reacciones en regiones cerebrales similares. Esto ratifica la idea de que las mascotas despiertan instintos maternales: los animales domésticos ayudan a los seres humanos a colmar su necesidad de cuidar de otros seres vivos. Obviamente, cuando una madre ve la foto de su hijo, también se activan otras zonas del cerebro que no tienen nada que ver con las que enciende la imagen de los animales.

Los animales también son una fuente de confort. Ya en los años `60 se había comprobado que grupos de ni- ños con problemas de socialización se volvían más habladores y entusiastas con terapias que incluyeran a perros. Y dos décadas más tarde investigaciones hechas por biólogos informaron que los dueños de perros eran más propensos a vivir una año después de haber sufrido un ataque cardíaco, que aquellas personas que no tenían compañía animal alguna. Una de las explicaciones posibles es que las mascotas cumplen una función de aliviadoras del estrés.

En el 2012, psicólogos israelíes hicieron un experimento con dueños de perros y gatos. Les pidieron primero que llenaran un cuestionario referente a la relación emocional que los unía con sus mascotas. Después, a la mitad de los intervinientes los sometieron a una muy difícil prueba de lenguaje y les colocaron medidores de la presión sanguínea (para controlar el nivel de estrés). Los psicólogos hallaron que los individuos que habían tenido a sus mascotas presentes y que habían pensado en ellas antes de responder al test tenían menos estrés que quienes no habían estado en contacto con su mascota. Y que quienes más apego tenían por sus animales domésticos, mejores niveles de relajación poseían.

VIDA MÁS LARGA. Tal nivel de conexión y preferencias se hace notar, aunque no parezca guardar relación, en la cantidad de años que sobreviven las mascotas hoy día. Un perro que estuviera naciendo en estos mismos momentos tiene la chance de vivir, en promedio y dependiendo de la raza, 18 años. Hace tres décadas, tenía la oportunidad de sobrevivir sólo la mitad de ese tiempo y mucho, probablemente, son sobresaltos de salud. El aumento en la longevidad de las mascotas es paralelo al alargamiento en la expectativa de vida de los seres humanos.

La sobrevida es posible debido a los recientes avances en la medicina veterinaria, sobre todo, en el campo de la prevención de las enfermedades. En los años `70 había una sola vacuna que prevenía un solo trastorno (la rabia, causado por un virus que se instala en el sistema nervioso central del animal). Las cinco vacunas que están disponibles actualmente cubren las 15 enfermedades más letales.

Además, los dispositivos de diagnóstico con los que están equipados los hospitales de animales y las veterinarias más modernas se parecen mucho a los empleados en las clínicas de atención para seres humanos. La eficiencia es similar y lo que cambia es la adaptación de los equipos.

Los tomógrafos, sofisticados equipamientos de examen que mapean el organismo por medio de una sucesión de pasadas de rayos X, fueron programados para adaptarse a la forma del cuerpo, como en el caso de los perros. En ellos, la estructura es afilada, mientras que en los humanos es alargada. Otra adaptación: las agujas de los análisis de sangre de los perros son más finas, teniendo en cuenta que los vasos sanguíneos caninos tienen la mitad del calibre que los de las personas. También hay ecocardiógrafos para animales y marcapasos, dispositivos que regulan el ritmo cardíaco y que se usa en los casos de arritmia. En los animales, la enfermedad suele ser congénita, y está asociada con el envejecimiento de la mascota.

Otro cambio que ayuda en la sobrevida mascotera es que los veterinarios ahora también tienen especialidades, como los médicos. En un hospital para animales hay clínicos, cardiólogos, oncólogos, endocrinólogos y expertos en terapia intensiva. Todo sea por las mascotas, otro miembro más de la familia, para un elevado porcentaje de los argentinos.

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