Mundo / 4 de junio de 2016

Reality electoral: Bienvenidos a Trumplandia

Cómo llegó Donald Trump a conquistar la candidatura presidencial republicana a pesar de los malos augurios. En qué piensan sus votantes.

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Trump. El magnate ya tiene el número de delegados para ser candidato.
Trump. El magnate ya tiene el número de delegados para ser candidato.

Contra todos los pronósticos, la candidatura presidencial de Donald Trump avanza, al punto que ya consiguió el número de apoyos necesario para convertirse en el candidato del Partido Republicano para las elecciones de fin de año. Este objetivo parecía imposible, según los analistas de todos los bandos, especialmente por el estilo bizarro y violento del magnate devenido político. Pero parece que precisamente los atributos que lo hacen un aspirante a la Casa Blanca indecoroso y hasta impresentable, son sus cartas ganadoras en la carrera por el sillón más deseado del planeta. ¿Cuál es el país escondido que parece representar Trump? La respuesta es menos simple de lo que aparenta.

El comentario típico de sus admiradores es que Donald (como el Pato de Disney, casualmente) se anima a decir lo que ellos querrían decir pero no tienen voz, o lo que quizá piensan otros políticos (especialmente republicanos) pero que no se atreven a expresar públicamente por miedo a sonar “políticamente incorrectos”. O sea que el gran activo de Trump es que se anima a decir la verdad, o al menos algunas verdades innombrables a la luz de la opinión pública. Ahora, esta supuesta “verdad” tiene dos caras. Una es la comprobación de hechos concretos, cifras, que todo el mundo reconoce como ciertas, pero que hay consenso en el establishment de que “de eso no se habla”, porque queda feo, es un tema delicado, etc. La pérdida relativa de fuerza competitiva de la economía norteamericana frente a otras potencias globales, la crisis de identidad nacional y la pérdida de consenso en un conjunto de valores, entre otros síntomas de una decadencia que decepciona y espanta a demasiados estadounidenses, son variables que Trump ha sabido introducir con destreza -a su modo brutal aunque efectista- en la agenda de campaña. Los temas incómodos no son excepciones en las se permite caer de vez en cuando, o con las que tropieza a lo largo de su gira mediática para conquistar voluntades. No: Trump es un provocador, y eso que parecía darle un fugaz rating de arranque, pero que los expertos pronosticaban de patas cortas, terminó siendo su diferencial clave frente a sus adversarios más tradicionales. Por ejemplo, el regodeo de Trump cuando habla de la financiación de la política. Él disfruta los aplausos cuando señala a sus competidores, tanto republicanos como demócratas, por ser títeres de sus patrocinadores de campaña. Él se presenta como librepensador porque supuestamente paga con su fortuna la campaña que lo impulsa.

Hay otra “verdad” que Trump pronuncia cada vez que puede, y que le suma adeptos. El vocero de los que no se sienten representados por los políticos de carrera enuncia falacias fácticas o conclusiones incomprobables o directamente erróneas sobre la incidencia de la inmigración o ciertas minorías sobre la economía o la moral estadounidense, pero sin embargo no deja de decir una “verdad”, que es la verdad del inconsciente colectivo de una parte importantísima del electorado estadounidense. Trump le pone palabras a prejuicios, miedos, fantasmas, es decir, a las creencias (tal vez erradas, pero creencias firmes) sobre cuestiones sociales, culturales y económicas que definen la psicología del votante Trump.

Todas esas barbaridades que ama escupir sobre las mujeres, los extranjeros, las minorías y las leyes que las protegen, lejos de aislar al candidato y ponerle un techo a su capacidad de crecimiento, le han permitido superar las trincheras que, según los analistas, particionan el voto norteamericano de esta potencia que se siente en crisis con su destino de grandeza. De hecho, ese presunto votante varón, blanco, conservador, empobrecido y de baja educación no es el único apoyo firme de la aventura Trump. Según el diario The New York Times, que sigue de cerca el fenómeno de la campaña de Trump para entender el “milagro” de su éxito, los propios sondeos al interior de las primarias republicanas prueban la eficacia inesperada e incómoda de los exabruptos del millonario con hambre de estadista. Aunque las haya denigrado hasta el absurdo, Trump lidera las preferencias entre las mujeres no demócratas. También logró convencer a los cristianos evangélicos, a pesar de que había precandidatos con credenciales religiosas más prolijas que las de Trump, que incluso se permitió relativizar cualquier obediencia a ningún dios, lo cual para el marketing político estadounidense era prácticamente una movida suicida. Mide bien entre votantes etiquetados como “moderados” y con formación universitaria, dato que contradice la creencia de que el caso Trump se circunscribe a unos pocos millones de norteamericanos ignorantes. Y si bien Trump arrastra a muchos ciudadanos que habitualmente no concurren a las urnas (en Estados Unidos, el voto no es obligatorio y la asistencia es baja en relación a otros países), lo que puede resultar decisivo en el momento de la acelerada final, igualmente muestra buena performance entre los votantes más experimentados. O sea que no parecen ser sus consignas incendiarias y discriminatorias el punto de contacto ganador con públicos tan disímiles. Como dicen los del Times: más que una ideología, el Trumpismo es una actitud. Un estilo, una forma de ser.

Cada vez que se consulta a un admirador del polémico candidato por los motivos de su preferencia, nunca aparece la reivindicación de los puntos calientes de su agenda. Más bien se resalta su vocación confrontativa, la experiencia para gestionar que acumuló como hombre de negocios, y sus habilidades de negociador y conductor duro, que hizo famosas cuando protagonizó aquel reality televisivo donde la muletilla que enloquecía a la audiencia era: “¡Estás despedido!”

En este punto, la pregunta del millón es: ¿Trump es o se hace? ¿Cree en las brutalidades que lanza o lo hace con la frialdad de un showman, de un Maquiavelo del rating, como cuando conducía su reality? Para una mirada argentina, este interrogante remite al caso del estilo de conducción del kirchnerismo. El histrionismo de Cristina Fernández de Kirchner, ¿es síntoma de una profunda convicción personal o de la técnica de manipulación calculada de las masas? Quizá se trate, también en el caso Trump, de un mix propio del manual del populista eficaz, que obliga al líder a someterse a un proceso de autopersuasión, como único camino a la conquista ideológica de las mayorías. De eso se tratan los mejores -y más atroces- realities: ponerle el cuerpo al personaje. Y que explote el show.

 

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