Política / 9 de agosto de 2016

Cómo piensa el psicólogo presidencial

Es Jorge Luis Ahumada, un freudiano ortodoxo que atiende a Mauricio Macri dos veces por semana desde hace 25 años. Por qué se negó a mudar el diván a Olivos.

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Jorge Luis Ahumada en su barrio, Recoleta.
Jorge Luis Ahumada en su barrio, Recoleta.

La rutina es tan repetida que a los vecinos, de manera increíble, ya ni les sorprende y hasta varios de los habitantes de la cuadra se animan a esperar en la vereda la llegada de Macri, a veces para sacarse una foto y otra para darle una carta. Dos veces por semana, antes de dirigirse a la Casa Rosada, el Presidente llega con dos o más autos y dos motos de custodia a un consultorio sobre la avenida Las Heras para ver a su psicoanalista, Jorge Luis Ahumada. Una hora antes lo precede una camioneta de la Policía que investiga el lugar y se cerciora de que todo esté en orden, y que llega poco después de que entre a su consultorio el doctor. Como un reloj, así funcionaron las sesiones que durante un cuarto de siglo unieron a un desconocido académico con el que hoy es máximo responsable de manejar los hilos del país.

Desde la cuna. Ahumada está marcado desde su origen en 1940 por la ciencia de la salud: su abuelo, su padre y su tío eran médicos. Desde joven ya se destacaba en el campo, y a los tempranos 22 años se graduó con Diploma de Honor en la Facultad de Medicina de la UBA. Sin embargo, un austríaco fallecido hace más de un siglo cambió su vida para siempre. “Soy freudiano de los clásicos”, dice el doctor a NOTICIAS entre risas. Mucho tuvo que ver para eso Ricardo Etchegoyen, el psicoanalista más importante de la historia local, que también fue el primer latinoamericano en la historia en presidir la Asociación Psicoanalítica Internacional que fundó el propio Freud. Si bien en un momento el académico lo apadrinó y lo tomó como un discípulo más, con el tiempo se convertiría en su “gran amigo” y en su alumno más destacado. En una reseña de uno de los más de cuarenta trabajos que publicó Ahumada, Etchegoyen lo califica como un autor “rico y multiforme que hay que leer y releer hasta que su mensaje nos penetre y enriquezca”, que invita a una “profunda reflexión” y que le da una “contribución fundamental” al psicoanálisis contemporáneo. Para ser claros: es como que un futbolista reciba la bendición de Maradona.

Ahumada vio crecer su carrera bajo el ala de su maestro. En medio siglo, el terapeuta de Macri fue publicado en nueve idiomas, fue miembro de honor de la Sociedad Británica de Psicoanálisis, editor del International Journal of Psychoanalysis, recibió el premio Mary S. Sigourney en Nueva York -allí vivió dos años- en 1996, el Konex en el 2006 y el reconocimiento de la Universidad de Frankfurt durante los festejos de los 150 años del nacimiento de Freud, entre otras distinciones internacionales. “Es un muy riguroso psicoanalista. Un investigador, intelectual y sobre todo creativo. Es evidente que está preparado para tratar al Presidente con rigor científico y sin que su cargo contamine el proceso”, asegura el doctor Andrés Rascovsky, ex presidente de APA que trabajó con Ahumada.

Etchegoyen y su discípulo fueron piel y hueso durante décadas hasta este julio, cuando el académico falleció a los 97 años. La herencia, sin embargo, se mantiene intacta: sus conocidos todavía recuerdan las tremebundas discusiones entre los dos sobre Lacan, uno de los “enemigos ideológicos” declarados de Ahumada. “De él no comparto nada, estoy en contra de todo”, dice Ahumada de forma tajante, mientras que su difunto mentor fue famoso también por ser uno de los primeros freudianos en acercar las posiciones con los discípulos del psicoanalista francés.

Nada es igual. Después del secuestro en 1991 que lo tuvo cautivo durante doce días, era imperiosa para Macri la necesidad de hacer algo que cambiara su vida y le permitiera volver a encarrilarse.  Aunque el doctor se mantiene inamovible en la estricta confidencialidad que supone el trato médico-paciente, es evidente que luego del incidente el Macri que conoció el psicoanalista hace veinticinco años era una persona sumamente turbada. “Pensé que me iba a volver loco, fue todo una pesadilla”, le dijo Macri a NOTICIAS dos meses después del hecho, en lo que fue su primera entrevista para hablar del tema (allí también se definía como “un menemista a muerte”). Esta es la segunda vez que la vida de Ahumada se cruza con esta revista: según lo que publicó la periodista y política kirchnerista Gabriela Cerruti en su libro “El Pibe”, fue por orden directa del psicoanalista -luego del revuelo que causó su primera entrevista- que Macri dejó de hablar del secuestro en público y hasta en privado. “El secuestro cambió para siempre a Mauricio: desde entonces se psicoanaliza sin falta”, dice uno de sus amigos en el Gobierno.

Fueron esos los peores años de la terapia. Los vecinos de Avenida Las Heras, entre Ayacucho y Junín, todavía rememoran cuando Macri llegaba con siete autos de custodia y una ambulancia. Según el periodista Horacio Verbitsky, quien ahora considera que la salud de los presidentes vuelve a ser un tema digno de los medios, el jefe de Estado mandó a correr dos tachos de basura que se encontraban frente al edificio de su terapeuta por “miedo a que me pongan una bomba”. Si bien eso suena exagerado -las personas que viven en la zona aseguran que desde hace mucho tiempo los contenedores no están más frente al consultorio-, hay cierto miedo evidente frente a la posibilidad del peligro. Así lo vivió NOTICIAS cuando esperaba al Presidente: en el mismo momento en que el líder del PRO se bajó del auto de su custodia para reunirse con el psicoanalista, un obrero que trabajaba en una construcción dentro del edificio de Ahumada salió con dos pesadas bolsas que dejó exactamente al lado de Macri. El miedo de los guardias fue inmediato, e increparon y corrieron los restos en pocos pero agitados segundos. Tan tenso quedó el ambiente que ni siquiera dejaron acercarse a una señora que esperaba a Macri para entregarle unas hojas escritas a puño y letra.
Hubo algunas recaídas en las últimas décadas. Aseguran desde su círculo que volvió a necesitar con urgencia los cuidados de Ahumada en el 2005, cuando se separó de su segunda esposa Isabel Menditeguy, con quien había pasado once años de pareja. En ese entorno niegan que Macri haya aumentado las sesiones desde el 10 de diciembre y sugieren que incluso, por viajes y problemas de agenda, se atiende todavía menos. Hay también otra explicación: la figura de su esposa Juliana Awada, quien cumple un rol clave en la psiquis del mandatario y la presencia de su asesora espiritual del budismo, que logran mantener a raya sus problemas.

Un tema central en la terapia freudiana es Franco: quizás Mauricio sea uno de los máximos exponentes que Ahumada haya escuchado sobre un retorcido complejo de Edipo. De hecho Franco, y también sus hijos pero sin su padre, asistieron a terapias familiares, aunque de ambos lados se niegan a confirmar si Ahumada fue el terapeuta de ocasión.
Noticias: Es imposible pensar que se puede atender a un Presidente igual que a otra persona.
Ahumada: Desde ya no es lo mismo. Pero yo trato de que sea absolutamente igual: yo lo espero en mi lugar y él viene, intento que la terapia no cambie y que mi vida tampoco lo haga. Por eso no voy a Olivos, sería cambiar la terapia de un lugar que siempre funcionó. Aunque la objetividad no existe, intento acercarme a ella de la mejor manera posible.
Noticias: Va a ser muy difícil que su vida no cambie desde ahora.
Ahumada: Me imagino. Estaba preparado para esto, de hecho me sorprende que no haya salido antes a la luz. Yo voy a intentar que mi vida cambie lo menos posible, y a seguir trabajando en mis escritos. Ahora en Londres va a salir un nuevo trabajo mío sobre el autismo. Quiero apurarme, cuando uno llega a cierta etapa en la vida se empieza a preocupar por lo que deja como legado y en lo que logró cambiar.

 

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