Mundo / 5 de Noviembre de 2016

Rajoy se salió con la suya

Tras obtener el voto de confianza con mayoría simple en el Parlamento, puso fin a diez meses de bloqueo político en España. Ya tienen nuevo gabinete.

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Rajoy jura mandato en España tras diez meses de bloqueo político
Rajoy jura mandato en España tras diez meses de bloqueo político.

Con una mano sobre la Constitución y la otra sobre la Biblia, Mariano Rajoy juró “cumplir fielmente” sus obligaciones como jefe del nuevo gobierno español. En ese acto realizado en la Zarzuela, bajo la mirada del rey Felipe VI, terminó un año de incertidumbre. Una inédita deriva política provocada por el efecto en España del sismo que recorre el mundo en esta etapa de la globalización. La solemnidad del acto de investidura no pudo ocultar la debilidad del gobierno que nacía y la de la oposición.
Aunque logró, finalmente, ser investido presidente del Gobierno, el líder conservador sabe que no ganó. El laberinto político del que España acaba de salir “por arriba”, como sugería Leopoldo Marechal, es la evidencia de que Rajoy no triunfó. La particularidad del caso es que el Partido Popular y su líder fueron derrotados en las urnas. Lo que les permite encabezar el nuevo gobierno es que los demás fueron más derrotados aún.
Lose-lose. En este proceso electoral no hubo vencedores y vencidos. Sólo hubo vencidos, pero algunos fueron más vencidos que otros. Esa es la diferencia entre el PP y las demás fuerzas políticas. A simple vista, la impresión es que a la peor derrota la sufrió el Partido Socialista Obrero (PSOE). En definitiva, fue la fuerza política que más a contramano quedó de lo que había afirmado desde la primer campaña electoral, en este proceso que dejó al país sin gobierno durante casi un año. Su entonces líder y candidato, Pedro Sánchez, levantó como bandera principal el objetivo de impedir que Rajoy y el PP sigan gobernando.
Lo dijo, lo repitió y juró no desdecirse. Pero la matemática le resultó adversa. A Rajoy no le alcanzaron los votos de la primera elección para formar gobierno, pero al PSOE le alcanzaron mucho menos. Como se comprometió a no permitir un nuevo periodo del líder conservador, intentó acuerdos con la izquierda anti-sistema, pero la suma de PSOE y Podemos tampoco alcanzaba. Y como Sánchez no cedió un ápice, hubo que repetir la elección.
En la nueva votación los socialistas encontraron un mensaje aún más amargo que el anterior: sacaron menos votos que en la primera. Para colmo, todos los partidos habían caído en sus porcentajes de votos, menos el PP. Si bien seguía sin alcanzar la mayoría necesaria para formar gobierno sin el voto favorable o, al menos, la abstención del PSOE, el partido de Rajoy fue el único que, en la segunda elección, obtuvo más votos que en la primera. Por eso la repetición del comicio empeoró la posición del PSOE y, en particular, de su titular y candidato. Pedro Sánchez había metido a los socialistas en un laberinto donde el prestigio y la unidad partidaria se agrietaron velozmente.
En ese laberinto, el PSOE se encontraba en la disyuntiva de seguir bloqueando la investidura de Rajoy, al precio de forzar una tercera votación en la que seguramente el resultado sería peor; o sacarse a Pedro Sánchez de encima y abstenerse de votar contra la investidura, permitiendo de ese modo un nuevo gobierno del líder conservador.
En todo caso, ese fue el único triunfo de Rajoy: empujar a Sánchez al abismo al no dar él un paso al costado. A esa altura estaba claro que si el jefe del PP renunciaba a la candidatura y permitía a su partido  proponer otro postulante a la jefatura de gobierno, al PSOE le habría resultado menos catastrófico que lo que se vio obligado a hacer: facilitar de manera tardía y ruinosa la asunción del insufrible Mariano Rajoy.
Esa fue la única victoria del jefe del PP: haber resistido el aborrecimiento que genera su persona más allá de su propio partido,  y haber obligado a su fuerza política a sostener su postulación a pesar de tanto rechazo externo.
La izquierda. El partido de “los indignados” e Izquierda Unida también salieron maltrechos de este largo y tortuoso proceso electoral. Podemos y la coalición que encabezan los herederos del Partido Comunista de Santiago Carrillo y La Pasionaria, se aliaron para enfrentar juntos la repetición del comicio y el resultado fue vergonzoso, porque la suma restó. O sea, aliado a Izquierda Unida, Podemos sacó menos votos. Un retroceso bochornoso de quienes entraron al sistema político convencidos de que se iban a comer la cancha, pero la cancha se los comía a ellos.
A Pablo Iglesias y su partido anti-sistema no le alcanzó la indignación causada por la crisis económica y el ajuste de Rajoy. Podemos y el PSOE salieron más derrotados que el gobierno de la corrupción y del presidente que tiene una personalidad insoportable.
También le fue mal a Ciudadanos, la fuerza liberal emergente que se proponía desplazar a la corrompida derecha tradicional y, por quedarse corto de apoyo popular, terminó dándole a Rajoy los votos que le permitieron encabezar el nuevo gobierno.
Los refugiados, la crisis y la concentración de riquezas están engendrando monstruos de ultraderecha, liderazgos separatistas y  otras formas de anti-sistema. En España, plagaron las plazas de “indignados” y resquebrajaron el mapa a la altura de Cataluña. Las grietas supuraron movimientos dispuestos a enterrar a los partidos que conducen el país desde la transición del franquismo a la democracia.
Pero esas fuerzas, de momento, se quedaron a mitad de camino. El PP y el PSOE siguen siendo los dos partidos principales. ¿Cuál es entonces el impacto en España del sismo político que recorre el norte de Occidente? Ese impacto se ve en el extraño fenómeno que se produjo en el proceso electoral: la derrota de todos.
En muchos sistemas parlamentarios es común que los partidos deban hacer complejas alianzas para alcanzar endebles mayorías, pero no era el caso de España. En este país, las fuerzas políticas impulsadas por el conservador Fraga Iribarne y el socialista Felipe González habían logrado conformar un bipartidismo estable. Cuando las urnas no daban mayorías suficientes para gobernar en solitario, alcanzaban los acuerdos con fuerzas regionales como la Coalición Canaria, la alianza catalana Convergencia y Unió, o el Bloque Nacionalista Galego.
El sismo que recorre Europa redujo el bipartidismo a escombros, pero las fuerzas emergentes no lograron ganar la confianza de las mayorías. ¿El resultado? Dos comicios en los que perdieron todos, aunque algunos perdieron más que otros.
Los que menos perdieron fueron Mariano Rajoy y su partido, que al menos obtuvieron más votos que los adversarios. Después de un largo vía crucis, lograron la investidura. Pero cuando Mariano Rajoy juró en el Palacio de la Zarzuela, con una mano sobre la Constitución y la otra sobre la Biblia, nadie vio en él la imagen de un líder victorioso. Lo que se vio fue un derrotado, con apenas menos magullones que sus desvencijados contrincantes, sobre un escenario político dantesco.

 

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