Opinión, Sociedad / 12 de junio de 2017

Cabezas y el fracaso nacional

Reflexiones tras la muerte de la madre del fotógrafo de NOTICIAS. El ideario de un país de víctimas sin alivio de justicia. Si los desafíos son los mismos que hace 20 años, estamos peor.

Por

Hace veinte años y medio, esa voz afónica fue un grito desesperado pero paciente de Justicia. Del brazo de José, su marido, y de Gladys, su otra hija, recorrió a paso lento juzgados, comisarías, despachos oficiales de todos los niveles, medios de todas las tendencias y calles y plazas de todos los tamaños para echarle en cara al país la dimensión insoportable del horror ante el cuerpo incendiado de José Luis. Veinte años y medio después, murió Norma Marotti de Cabezas. Ya sin ver casi nada. Y menos aún una justicia duradera: apañados por los vericuetos seudolegales de un sistema que castiga más a los buenos que a los malos, los asesinos de nuestro compañero gozan de una libertad vergonzosa.

Norma fue obligada a ser cuña. Sobrevivir al hijo asesinado la convirtió en antorcha. Empezó a apagarse en 2010, cuando partió José, con el corazón roto.

En nombre de la democracia, hemos construido una Argentina de víctimas. La muerte y el dolor nos atraviesan. Componen buena parte de un ideario nacional confuso, una cultura de fracaso en “el mejor país del mundo”.

Veinte años y medio después del atroz homicidio de Cabezas, un día después del triste adiós de su vieja, la corrupción policial y las mafias amarradas a las entretelas del Estado siguen siendo noticia. Las peleas por el poder lo frivolizan todo. Siempre igual no es siempre igual, es cada vez peor. Un empecinado no future sin, siquiera, el alivio musical del punk.

A quienes venden la resignación del “las cosas son así” habría que decirles que, si así son, es, en parte, porque carecemos de un protocolo duradero de premios y castigos.

Hace veinte años y medio, un magnate protegido por el poder de turno le pidió a un policía que alejara a los fotógrafos de su casa. Y el policía, en connivencia con la custodia privada del magnate, no tuvo mejor idea que ordenarle a una banda de rateros a la que contrataba todos los veranos para robar y “hacer caja” por la trastienda de la comisaría, que siguieran, secuestraran y le dieran el susto de su vida al más inquieto de los fotógrafos. Amanecimos un verano, hace veinte años y medio, con el susto paralizante de su muerte. Y así estamos. Echándonos las culpas del ayer. Igual que ayer y anteayer…

Se apagó la última chispa de la antorcha. No se olviden de Cabezas.

*Jefe de redacción de NOTICIAS.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *