Turismo / 6 de julio de 2017

Perú: Por qué visitar el imperio del pasado

Un viaje desde Cuzco a Machu Picchu, pasando por el encantador Valle Sagrado.

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El aeropuerto de Cusco es una torre de Babel: jóvenes con onda hippie, parejas grandes sin hijos, europeos, latinos, orientales. Solitarios y agrupados. Todos desfilamos con curiosidad frente a una bandeja que ofrece hojas de coca junto a la cinta donde aparecerán las valijas. “Free coca leafs. Take only 3” es el convite.

Pronto descubriremos el té de coca, los caramelos de coca, los chiclets de coca. Y entenderemos las razones de esta omnipresencia.  Cusco, la antigua capital de los Incas y su Imperio Tahuantinsuyo,  se levanta en el corazón de los Andes peruanos a   3.399 metros sobre el nivel del mar.  Un gran salto para quienes llegan en avión desde el llano.  Así que las mil versiones de la coca, comidas livianas, descanso y caminatas pausadas son consejos que conviene atender en el día de aclimatación.

De a poco, la capital histórica del Perú irá develando sus secretos. Una arquitectura colonial con basamento en el legado monumental de piedra incaico,  una gastronomía amparada en la nobleza de  productos locales felizmente revalorados por el circuito gourmet y la frescura de un pueblo alegre y dado al festejo cotidiano. Si no es el Inti Raymi (la fiesta del sol que se celebra con el solsticio de invierno) siempre hay razones para la celebración callejera con bailes, trajes típicos, bandas y jolgorio.

Después de vagabundear sin mapa por su casco histórico hay  que hacer unas visitas de rigor:  la Catedral y el Qorikancha, templo donde se adoraba al máximo dios inca, el “Inti” (sol), que en los viejos tiempos estuvo tapizado de oro y plata y tras el saqueo de la conquista sólo conserva la solidez de sus muros de piedra, dentro de la Iglesia de Santo Domingo. Como un juego de cajas, en todo Cusco se observa este fenómeno: cimientos de construcciones incas envueltos o continuados  por nuevos edificios de la era española.

Muy cerca, en torno a la Plaza de Armas, vale hacer una pausa para comer en alguno de los simpáticos restaurantes erigidos en las plantas altas, y que balconean hacia el corazón de la ciudad. Es momento de  disfrutar de un pisco sour (el trago inevitable) o animársele a la gaseosa nacional, la Inka Cola. Caminar San Blas, el barrio de los artesanos, y darle un buen rato al mercado San Pedro, ofrece el mejor termómetro del consumo local. Es el lugar indicado para descubrir los colores y sabores andinos: productos frescos, condimentos y artesanías se mezclan ante la vista de cusqueños y turistas.

Instalados en la ciudad,  se puede recorrer el circuito arqueológico que se despliega en los alrededores. Sobre todo Sacsayhuaman.  A tres kilómetros de Cusco, son unas 3.000 hectáreas en lo alto de una montaña en las que se encuentran las ruinas megalíticas de una obra ciclopea. Los historiadores de la conquista española le atribuyeron fines militares que el revisionismo desmiente con la hipótesis de un enclave religioso.  Sus murallas están formadas por enormes bloques de piedra que alcanzan hasta nueve metros de alto, cinco de ancho y cuatro de espesor. Pero lo más sorprendente es que las enormes rocas fueron ensambladas de manera perfecta sin uso de argamasa. En su explanada principal se celebra cada año la evocación del Inti Raymi.

Los tours por los alrededores de Cusco suelen incluir otros sitios interesantes como el adoratorio incaico de Qenqo, el atalaya de Puca Pucará y Tambomachay. Quienes viajen con interés antropológico encontrarán las claves de la cosmovisión andina en los rituales y simbolismos que estos lugares van revelando.

El plato fuerte de la aventura peruana, Machu Picchu, puede combinarse con un recorrido previo por el Valle Sagrado, para luego abordar en Ollantaytambo el tren que conduce a Aguas Calientes, (ahora rebautizado como pueblo Machu Picchu), al pie de la ciudadela.

El bello paisaje del valle se cruza con el pueblo de Pisac, trazado por los españoles en 1570. Todavía se pueden apreciar casas de adobe, paredes blancas, balcones azules y techo de tejas a dos aguas.
Su famoso mercado y feria artesanal  es uno de los más celebres del continente, y se instala los martes, jueves y domingo en la plaza de armas de Pisac.  Para encontrar desde joyas a recuerdos y las célebres prendas tejidas en alpaca.

En el extremo opuesto a Písac, el camino conduce a  encontramos el pueblo de Ollantaytambo, un espacio donde el diseño del complejo arqueológico se confunde con el actual pueblo. Y reina la estación de tren que a diario carga pasajeros con destino a Machu Picchu.
El viaje es un paseo en el que la vegetación se transforma hasta asumir la exuberancia selvática, siempre junto al curso del río Urubamba.

La ciudadela Inca que se encuentra situada en plena selva tropical, a unos 2.430 m.s.n.m, fue declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO en 1981 y nueva maravilla del mundo moderno en el 2007. Pero hay que asomarse por primera vez a las rocas que nos regalan la primera vista para entender lo que transmite ese refugio del pasado en la altura andina.

Machu Picchu se comenzó a construir a mediados del siglo XV, en tiempos de Pachacuti, el primer gran soberano del imperio incaico. La ciudad fue erigida, habitada y abandonada en menos de cien años. Y preservada por la naturaleza y el hecho de que los colonizadores nunca la hayan encontrado.  Recorrarla junto a un guía permite apreciar mejor la sabiduría de una cultura antigua que revela cada metro de su sorprendente arquitectura.

*Editora Ejecutiva de Revista NOTICIAS.

 

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