Política / 21 de diciembre de 2017

Globalifóbicos en la mira

La OMC puso sobre el tapete el problema de los filtros a los manifestantes antisistema.

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Sentando un precedente de lo que será la Cumbre del G20 en 2018, el gobierno de Mauricio Macri mostró una faceta de anfitrión hostil a la comunidad internacional, al impedir el ingreso al país de periodistas y miembros de ONG’s que llegaban a Buenos Aires a fin de participar de la reunión ministerial de la Organización Mundial del Comercio (OMC).

De las primeras 54 personas vetadas inicialmente y tras la intervención diplomática de distintos países, el Gobierno debió dar marcha atrás con la medida y redujo la lista a 18, con dos deportados.

Tanto desde la Agencia Federal de Inteligencia (AFI) como del Ministerio de Seguridad confirmaron que se llevaron a cabo investigaciones sobre el perfil de las organizaciones que participarían en el evento, y desde Cancillería aclararon que la prohibición de ingresar al país se debió a “cuestiones de seguridad nacional”, ya que según el gobierno argentino “algunos inscriptos, registrados por dichas ONG’s, habían hecho “explícitos llamamientos a manifestaciones de violencia a través de las redes sociales, expresando su vocación de generar esquemas de intimidación y caos”.
Amenaza real. El tema de los deportados fue tendencia durante el fin de semana pasado, levantando polvareda en Twitter. Tras dar marcha atrás con los deportados, el Gobierno reconoció el error. Sin embargo, se insistió con que le anemaza de disturbios durante la cumbre, es real y no un fantasma.
Y quedó demostrado por lo que en paralelo sucedía en Alemania: la policía antimotines llevó a cabo una serie de allanamientos en 8 distritos de ese país, contra diversos grupos ultraizquierdistas acusados de generar los violentos enfrentamientos contra las fuerzas de seguridad durante el G20 de Hamburgo, celebrado en julio de este año.
En aquella ocasión, unas 100.000 personas provenientes de toda Europa se movilizaron por las calles de la ciudad natal de Angela Merkel, provocando un verdadero caos sin precedentes, que incluyó vandalismo, saqueos, heridos y detenidos, y que incluso logró impedir encuentros entre algunos mandatarios de primer orden, como el de la primera dama de Estados Unidos, Melania Trump, quien no pudo salir del hotel en el que se encontraba por las fuertes protestas.

Pérdidas. Como consecuencia de los destrozos, además de las millonarias pérdidas para los comerciantes del centro de la ciudad y de un espacio público seriamente afectado, llovieron durísimas críticas contra la canciller alemana por la elección de la ciudad para una cumbre de estas características. Paralizar una metrópoli de esta envergadura trajo trastornos no sólo a los vecinos –como está ocurriendo en Puerto Madero con la OMC– sino a la organización y a la logística misma del mitin.
Seis meses después de aquel G20, el operativo llevado a cabo por la policía contra los activistas, tuvo el objetivo de determinar las “estructuras de organización” con las que estos se manejaban, y si bien no hubo detenidos, se secuestraron computadoras portátiles y teléfonos celulares para su análisis.
Los principales afectados fueron los grupos anticapitalistas “Bloque Negro” (Black Block) y “Roten Aufbau Hamburgo”, los encargados de provocar los hechos más duros del encuentro que sacudió a Hamburgo. Según la policía antiterrorista de Alemania, estos grupos hicieron un “llamamiento a la violencia durante el G20”, la misma razón que esgrimió el gobierno de Macri.
Escudo. Aunque no todas las protestas fueron tan virulentas ni todos los grupos antiglobalización participaron de las mismas, en Hamburgo quedó al descubierto que pese a los 20.000 oficiales dispuestos, el gobierno alemán no sólo no fue capaz de desarticular las manifestaciones sino que subestimó la capacidad de acción de sus participantes más radicalizados.
Con semejante antecedente, el gobierno argentino ha elegido un camino de extremo recelo y control, evidenciando que realmente le preocupa lo que puede llegar a suceder el próximo año, con el recuerdo local de lo que sucedió en la Cumbre de las Américas de Mar del Plata en el 2005, con la presencia de George W. Bush.
Además, en paralelo a la violencia que pueden provocar los llamados grupos antiglobalización y sus versiones locales, está la amenaza latente y real del terrorismo internacional, que si bien no ha tenido ningún ataque en América Latina –salvo la Embajada de Israel y la Amia en la década del ‘90–, las alertas rojas de las principales potencias están encendidas.
Sin ir más lejos, Alemania ha reforzado la seguridad en varias ciudades por la posibilidad de acciones terroristas, al cumplirse un año del atentado en el mercado navideño de Berlín, cuando un camión arrolló a la multitud dejando un saldo de 12 muertos.
El mercado de Navidad de Potsdam fue evacuado a principios de diciembre, por la presencia de un artefacto explosivo en las inmediaciones, y pocos días antes fueron detenidos seis sospechosos de terrorismo, de origen sirio, en un operativo del que participaron 500 policías en las ciudades de Kassel, Hannover, Essen y Leipzig.
¿Está Argentina preparada militarmente para hacer frente a un G20 con una carga de tensión y violencia geopolítica tan grande? ¿Podrá garantizar los estándares de seguridad exigidos desde Europa en materia de infraestructura y comunicaciones cuando tenga reunido a Trump, Putin, Erdogan y Xi Jinping en la misma sala?
La responsabilidad jurídica que implica reunir en un puerto a los líderes más importantes del planeta, con la amenaza del ISIS y un sector de la sociedad nacional e internacional que rechaza el encuentro, exigirá una inteligencia más preparada. Desde Alemania, que hace la posta del G20 con Argentina, ya ofrecen su expertise. Y otros países aportan sus listas negras para establecer nuevos filtros.

 

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