Mundo, Opinión / 22 de diciembre de 2017

Un presidente en apuros: El fantasma de Mónica Lewinsky

Una ola de denuncias de abusos sexuales barre distintos escenarios de poder y ya está alcanzando a Donald Trump.

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Por ahora, Donald Trump surfea la ola de denuncias de agresiones sexuales que está barriendo los escenarios del poder. Teóricamente, en algún momento, también el presidente norteamericano tendrá que ser arrasado por ese fenómeno. Si en la década del noventa, Bill Clinton padeció un verdadero vía crucis por la denuncia de una empleada estatal de Arkansas, la lógica indica que Trump no puede salir ileso.

Nunca como en estos años, personajes poderosos de distintos ámbitos fueron derribados por denuncias de acoso sexual. Algunos se hundieron y quedaron enterrados para siempre, como Harvey Weinstein, el predador de Hollywood que usaba su imperio cinematográfico para someter sexualmente a las actrices.

La caída de Weisntein provocó un verdadero terremoto, pero no dolió como la de Kevin Spacey por su inmenso talento actoral; o como ver tambalear la imagen de Dustin Hoffman, que además de un gran artista era percibido como un buen tipo. Enterarse de que el protagonista de “El Graduado” y “Perros de Paja” también usaba su prestigio y su influencia para abusar de actrices y maquilladoras, dejó sensación de fraude en el mundo del cine y de los cinéfilos.

El tema recurrente es el uso del poder que da la política, el dinero, la influencia, la fama o el prestigio, para ejercer sometimiento físico. El magma que está corriendo como lava abrasadora por distintas cumbres de la sociedad norteamericana, es el poder y la violencia sexual.

Además de popes de las pantallas grande y chica, el fenómeno que parece exorcizar los escenarios del poder de los bajos instintos que siempre han imperado con impunidad, está haciendo arder en su “fuego purificador” la imagen pública de magistrados, legisladores y funcionarios de todas las escalas.

Muchos renunciaron a sus bancas o a sus cargos al recibir las primeras denuncias. Otros tomaron decisiones más trágicas, como el legislador de Kentucky Dan Johnson, quien tras rechazar vehementemente la acusación de abusar de una mujer en el sótano de su casa, detuvo su auto en un puente y se mató de un balazo.

Como Weinstein y Spacey, la mayoría de las figuras arrasadas por la ola de denuncias renunciaron, o perdieron sus puestos de influencia, con muchas menos acusaciones que Trump. Tal vez por eso el magnate que ocupa el Salón Oval se empecinó en apoyar la candidatura de Roy Moore en Alabama. Ese republicano embanderado en el fundamentalismo cristiano con un repugnante moralismo inquisidor, recibió numerosas acusaciones de abusar sexualmente de menores, lo cual por su prédica ultramontana resultó aún más indignante en la sociedad.

Por mantener la candidatura de Moore, los republicanos perdieron ese bastión conservador que es Alabama. El empecinamiento de Trump no fue político, sino en defensa propia. Necesitaba mostrar un triunfo en las urnas sobre las denuncias de abuso sexual, porque él también es blanco de esas acusaciones.

La derrota de Moore agrandó el Talón de Aquiles del presidente. El figura en los primeros puestos del ranking de los más acusados. Las denuncias de mujeres abusadas se acumulan desde hace tres décadas. Ya entonces usaba su fortuna como arma de sometimiento. Las descripciones que hacen muchas mujeres de cómo el magnate inmobiliario se les abalanzaba para besarlas y manosearlas, coincide con la descripción que hace el propio acusado en una conversación privada. Estaba convencido que su fama y sus millones le permitían hacerlo.

En plena campaña electoral, trascendió una grabación en la que Trump le cuenta al periodista Billy Bush, en el 2005, como besaba y “agarraba” las partes íntimas de las mujeres que quisiera. “Cuando eres una estrella te dejan hacerlo…puedes hacer cualquier cosa”, afirmaba con jactancia, sin saber que sus palabras estaban siendo grabadas.

Una empleada de la administración estadual dijo que, en 1991, el gobernador de Arkansas le había expuesto sus genitales sin su consentimiento. En 1993, el periodista David Brock convirtió la denuncia en un escándalo. Aquel gobernador de Arkansas era William Jefferson Clinton, quien luego, como presidente, padeció el proceso inquisidor al que lo sometió el fiscal ultraconservador Kenneth Starr.

El caso Paula Jones generó, como en efecto Big Bang, el caso Mónica Lewinsky. Aunque en ese escándalo nunca hubo denuncia de acoso ni de abuso, porque se trataba de una relación consentida. La cuestión es que el supuesto acoso ocurrido en la ciudad de Little Rock, fue el karma que atormentó e Bill Clinton, aunque en 1998 la jueza de Arkansas Susan Webber Wright, que era republicana y había sido nombrada por George Bush, exoneró a Clinton al comprobar que Jones mentía sobre supuestas represalias laborales sufridas por haber denunciado al gobernador.

Clinton tenía una adicción al sexo que lo llevó hasta el impeachment por perjurio, pero sólo Paula Jones lo acusó de abuso y acompañó su denuncia con una serie de mentiras.

En el caso de Trump, no se trata de una denunciante, sino de una multitud de denunciantes. La mayoría describe una conducta que es propia de la personalidad que Trump ha exhibido siempre. La personalidad de quien cree que el poder lo habilita a ponerse por encima de todos, a no respetar límites de ningún tipo, a maltratar a las personas y a considerarse con derecho a someter a las mujeres.
El propio Trump ha expresado en términos lascivos y obscenos la idea de inferioridad que tiene de las mujeres.

Los últimos dieciséis casos, presentados y detallados en forma pública por tres de las mujeres agredidas, hizo que Nikki Halley dijera que todas las que denuncian haber sido acosadas por Trump deben ser escuchadas por la Justicia norteamericana. Y Halley es nada menos que la diplomática republicana que este presidente nombró como representante de Estados Unidos en la ONU.

Sencillamente, con el antecedente de lo padecido por Clinton y con los derrumbes que están marcando este momento tan particular, no tendría lógica que una ola de denuncias esté arrasando todos los escenarios del poder, y que Trump logre surfearla con éxito.

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