Opinión / 23 de junio de 2018

Gradualismo y realidad: mundos en colisión

Puede que Macri intente ir por menos gradualismo, pero todos los días se enfrenta a nuevas dificultades políticas que hacen desistir de medidas urgentes.

Por

Ilustración Pablo Temes.

Para desesperación de los gobernantes de turno, la Argentina pobre y forzosamente mezquina de los economistas no es el país de Jauja generoso de los políticos que, por motivos profesionales, están mucho más interesados en repartir recursos que en generarlos. Desde inicios del siglo pasado, muchos han tratado de reconciliarlos. Todos han fracasado. Es que son tan distintas las dos versiones de la Argentina que a los habitantes de una les cuesta entender lo que dicen los de la otra.

Macri se ha propuesto reducir poco a poco la brecha enorme que separa al país político del económico. No le está resultando fácil. Mientras que los partidarios más vehementes de la Argentina política protestan contra lo que según ellos es un ajuste brutal, quienes toman en serio los malditos números insisten en que el “gradualismo” adoptado por el gobierno minoritario que encabeza no sirve; advierten que a menos que ponga el pie en el acelerador muy pronto no podrá salir del pantano en que se ha metido.

A juicio de los que piensan así, la caótica corrida cambiaria que fue desatada por los aumentos de las tasas de interés de la Reserva Federal estadounidense sirvió para recordarle al gobierno que, en última instancia, el país económico es el que manda y que despreciarlo sería fatal.

No coinciden los habituados a dar prioridad a la política. Dicen que para sobrevivir hasta los meses finales del año que viene, Macri tendrá que asegurarse el apoyo explícito tanto de los opositores “racionales” como de los integrantes díscolos de Cambiemos, sin por eso enojar demasiado a los mercados. Parecería que es lo que está procurando hacer. En un esfuerzo por mejorar un poco la imagen del gobierno, reaccionó frente al desplome del peso – o, ya que pocos toman en serio la divisa nacional, el salto imprevisto del dólar -, reemplazando a Federico Sturzenegger por su amigo personal Luis

Caputo como mandamás del Banco Central que, es evidente, de autonomía no tiene nada. Caputo tiene la reputación de ser un negociador financiero habilidoso que sabe leer la mente de la gente de Wall Street; no tardaremos en saber si su fama en dicho ámbito se justifica o si sólo se trata de otro mito. Aquí es normal que, luego de un rato, en algunos casos bastante largo, en un cargo clave, los presuntos magos económicos se vean transformados en responsables de todos los males del país. Es su karma.

También optó Macri por privarse de los servicios de Juan José Aranguren como ministro de Energía. Al ex CEO de la sucursal local de Shell le tocó la tarea sumamente antipática de poner fin a una era en que los porteños y sus vecinos más adinerados del conurbano bonaerense pagaban monedas por la luz y el gas que consumían. Puesto que la política energética, que Cristina mantuvo al enterarse de que modificarla levemente con “sintonía fina” y donaciones voluntarias podría costarle votos, llevaba la Argentina a la bancarrota, Aranguren se sintió obligado a dejar de subsidiar a quienes viven en una de las ciudades más ricas de América del Sur. Los hay que dicen que pudo haberlo hecho mejor – ¿derramando algunas lágrimas antes de anunciar un nuevo tarifazo? -, pero, bien que mal, hacer gala de su sensibilidad social como hubiera hecho cualquier político que se precie no era su estilo. El lugar abandonado por Aranguren ha sido ocupado por Javier Iguacel que, se rumorea, tratará mejor a los usuarios, o sea, privilegiará lo político por encima de lo meramente económico.

En buena lógica, el ministerio de Producción merecería ser considerado el más importante de todos los creados por Macri cuando, al mudarse a la Casa Rosada, quería impedir que surgiera un “superministro” de Economía capaz de hacerle sombra. Es que una proporción sustancial de los problemas del país puede atribuirse a la escasa productividad de virtualmente todos los sectores. Dante Sica, que tomó el relevo de Francisco Cabrera cuya gestión resultó ser opaca a ojos de otros miembros del equipo gobernante, se halla a cargo de un área cuyas ramificaciones se extienden no sólo hasta el mundo empresario y sindical sino también el educativo porque entre las causas de la improductividad está una cultura facilista. Para prosperar en las décadas venideras, la Argentina en su conjunto tendría que hacerse mucho más competitiva, algo que debería comenzar en las escuelas.

Si bien es notorio que a Macri no le gustaría para nada verse acompañado por un “zar económico”, se ha sentido constreñido a permitir que Nicolás Dujovne desempeñe un papel que, si lo hace con éxito, le permitiría disfrutar del título así supuesto. Dujovne es mejor conocido por sus dotes – respetables, sin ser sobresalientes -, de comunicador que por su saber económico, lo que no necesariamente sería una desventaja. Por el contrario, sería peligroso que Macri entregara el manejo de la economía a un teórico genial del tipo que podría verse tentado a probar suerte ensayando un esquema radicalmente heterodoxo de su propia confección.

Con todo, aunque en términos generales hay un consenso sobre lo que el gobierno tendría que hacer para mantener la maltrecha economía nacional a flote, no hay ninguno acerca de lo que el país estaría dispuesto a tolerar.

Hay una minoría combativa de kirchneristas, izquierdistas duros, sindicalistas y grupos de malcontentos de ideas no muy claras, que quiere que la Argentina sufra una nueva convulsión socioeconómica y política. No es que muchos crean en “las alternativas” al capitalismo liberal que reivindican, ya que en la actualidad todos salvo los irremediablemente fantasiosos entienden muy bien que, de ponerse en práctica lo que proponen, las consecuencias serían a buen seguro catastróficas, pero ocurre que este pequeño detalle no les preocupa en absoluto. Algunos suponen que el colapso del gobierno macrista y la postración del país les convendrían, ya que temen quedar entre rejas o perder sus “conquistas” más valiosas; otros sólo quieren probar que, en la Argentina por lo menos, el capitalismo no puede funcionar. Es de prever que el sector así constituido siga provocando dolores de cabeza a los demás por mucho tiempo más sin que el gobierno de Macri, o su eventual sucesor, pueda hacer nada para conformarlo.

Por fortuna, parecería que el grueso de la clase política nacional no se siente atraído por las posibilidades que le brindaría un período de caos. Aunque sólo fuera porque esperan heredar un país viable, muchos peronistas “racionales” esperan que el gobierno macrista logre superar los obstáculos en su camino, pero vacilan a la hora de decidir entre aprovechar crisis como la cambiaria para anotarse algunos puntos por un lado, y, por el otro, respaldar los esfuerzos oficiales a sabiendas de que hacerlo los haría compartir los costos políticos. Al fin y al cabo, siempre habrá sectores que, a veces por motivos legítimos, se crean injustamente castigados por un gobierno que necesita reducir drásticamente el gasto público.

Alarmados por las perspectivas que se han abierto, distintos voceros macristas se han puesto a decirnos que el país no podrá seguir viviendo por encima de los medios disponibles, como en efecto ha hecho durante muchísimos años. Están en lo cierto, claro está, pero para muchos el mensaje que difunden difícilmente podría ser más tétrico. Significa que el gobierno – o sea, Macri, Dujovne, Caputo, María Eugenia Vidal y, tal vez, Eliza Carrió -, tendrá que elegir entre aquellos sectores que a su entender merecen continuar siendo respaldados por el Estado y los que deberían acostumbrarse a valerse por sí mismos, pero que están resueltos a aferrarse a lo que todavía tienen y harán lo posible por conseguir el apoyo de políticos opositores.

Hace ya dos años y medio, Macri rezaba para que un “tsunami de inversiones” le ahorrara la necesidad de hacer un ajuste feroz, de ahí el “gradualismo”. Los mercados manifestaban cierto interés en lo que tenía en mente, pero no lo bastante como para darle todo lo que pedía, razón por la que optó por suplementarlos con el Fondo Monetario Internacional que, a diferencia de los hombres de negocios, está dispuesto a tomar en cuenta los factores políticos, para no decir geopolíticos.

Se trata, pues, de una variante de la estrategia original basada en la esperanza de que “el mundo” se sentiría tan deslumbrado por lo que podría ser la Argentina si de una vez aprovechara plenamente sus recursos naturales y humanos que no habría necesidad alguna de someterla a un ajuste riguroso, como sucedería si fuera cuestión de un país cualquiera.

¿Es realista el planteo macrista? Por desgracia, no hay demasiados motivos para creerlo. Mientras que la ilusión de que brigadas de inversores extranjeros y nacionales galoparían al rescate le brindó al gobierno pretextos para demorar reformas que creía esenciales hasta que terminaron abruptamente los buenos tiempos de dinero relativamente barato, el apoyo del FMI parece haberlo convencido de que podría continuar subordinando lo político a lo económico como reclamaban los socios radicales. Puede que Macri haya llegado a la conclusión de que sería mejor ir “por menos gradualismo”, como dice, pero todos los días se enfrenta a nuevas dificultades políticas y, con ellas, nuevas razones para desistir de tomar medidas que le parecen urgentes. Mientras tanto, el reloj sigue con su marcha.