Sociedad / 13 de febrero de 2018

¿La TV ayuda al feminismo?

“Intrusos” se convirtió en la nueva tribuna para defender los derechos de la mujer. ¿La visibilidad a toda costa cura al machismo?

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Hay mucha gente emocionada porque ahora, dicen, se habla de feminismo en televisión. Que es bueno, sostienen, que los famosos digan algo para llegar a muchos. No importa quién y dónde porque, justifican: la cosa es que se hable. Como creen que la visibilidad es la cura de todos los males, diagnostican que el machismo no había sido erradicado porque estaba oculto, por lo tanto recomiendan ventilarlo mucho. Cualquier tertulia sería buena para el loable fin de reeducar a los machistas residuales que resisten al avance de la mujer empoderada.

Quienes suponen que los machistas son machistas porque están desinformados y las víctimas son víctimas porque no saben del feminismo, se entusiasman con infiltrar mensajes con la esperanza de convertir a los primeros y rescatar a las segundas. Curioso que quienes insisten en que los medios son la suma de todos los males del mundo crean que los medios serían el remedio. Sin estar de acuerdo con este diagnóstico, más dudas me provoca la solución.

Las convicciones no se cambian con un programa de televisión. Ni con dos. Ni con un ciclo completo. La creencia de que los medios nos manipulan fácilmente para el mal, y que hábilmente modificados, nos pueden conducir al bien tiene más de fe religiosa que de teoría científica. La mente humana no funciona como la programación televisiva donde un nuevo espectáculo desplaza al anterior: una matriz cultural no se cambia con la facilidad con que se saca un personaje de la próxima temporada de “House of Cards”.

La televisión siempre quiso pensar que la vida se parece a lo que muestra en su pantalla. Es la base de su negocio y del sistema de celebridad que, contradiciendo a “El principito”, sostiene que lo esencial es lo visible a los ojos, pero sólo a los que se posan en los medios de comunicación. Quienes vemos televisión hace mucho y disfrutamos sin culpa de los programas de chimentos desde esos tiempos en que las mismas que hoy testimonian en sus sillones los despreciaban, sabemos que esa magia no existe.

Para colmo, la industria televisiva sabe que cada vez es menos importante y que las estrellitas que hace unos años calentaban las tardes ya no le interesan a nadie. La polémica del verano ya no la protagonizan las vedetongas de la Villa Carlos Paz. En su voracidad de audiencias, sale a la caza de la atención perdida y cree que está atrapada en los Trending Topics, esa imperfecta medida de la concentración de tuits sobre un tema en un instante. El panelismo nuestro de cada día se llena la boca de palabras como patriarcado, machismo, violencia, discriminación. Pero el feminismo no empezó con este giro en la programación: lo que vemos hoy no es el principio sino el fin de un ciclo que consiguió garantizar derechos universales para las mujeres y otros grupos discriminados por su condición. Las costumbres van más lentas que las leyes, y la televisión más lenta que las costumbres. Lo que vemos hoy demuestra que los medios cambian cuando cambia la sociedad, y no al contrario.

El optimismo de muchas que creen que están haciendo la revolución en la televisión se apoya menos en que la TV está cambiando las mentes que en el hecho de que nunca en la historia de la mediatización fue tan fácil encerrarnos en la burbuja de la afinidad de pensamiento. Esa facilidad con que terminamos el día con la pantalla del teléfono llena de gente que piensa como nosotros nos hace suponer que nuestra posición está en sintonía universal, aunque sólo sea la de un ínfimo grupo. La superioridad moral es la principal causa de muerte de las mejores ideas. La persecución y el señalamiento no hacen cambiar la disidencia pero son altamente eficaces para disimularla. El fundamentalismo es el caldo de cultivo ideal de cínicos y cobardes que prefieren la hipocresía al linchamiento exprés en las redes. El riesgo de este sistema de ocultamientos y disimulos ante una posición aparentemente dominante es que se puede confundir como toma de conciencia lo que no es más que lavado de conciencia. Es fácil pedir unas disculpas de ocasión o agitar la banderita del feminismo de la primera hora. Pero el cambio social es otra cosa.