Mundo, Opinión / 11 de marzo de 2018

La rebelión italiana

Como suele suceder toda vez que los italianos celebran elecciones generales, las del domingo pasado hicieron aún más caótico un panorama que ya era terriblemente confuso.

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Como suele suceder toda vez que los italianos celebran elecciones generales, las del domingo pasado hicieron aún más caótico un panorama que ya era terriblemente confuso. Los ganadores, con casi el 33 por ciento de los votos, resultaron ser los candidatos, encabezados por el joven Luigi Di Maio, de 31 años, del Movimiento Cinco Estrellas, pero se trata de una agrupación que fue creada por el cómico genovés Beppe Grillo no para gobernar sino para protestar contra una clase política corrupta, Bruselas, el euro y otros presuntos culpables de la gran debacle nacional.

En opinión de quienes se niegan a tomar en serio a los “grillini”, pedirle a Di Maio formar un gobierno equivaldría a nombrar a un pirómano jefe de los bomberos, pero de aplicarse las reglas políticas tradicionales tiene pleno derecho a procurar hacerlo. Con todo, si lo lograra, no sería el primer ministro más joven de Europa; en dicha competencia, el austríaco Sebastián Kurz lo aventajaría por un par de meses.

También encontró motivos para festejar Matteo Salvini, el líder de la Liga Norte; mejor dicho, la Liga a secas, porque quiere cosechar votos en el sur que hasta hace poco depreciaba hasta tal punto que soñaba con la secesión de “Padania”, la región más rica del país, del resto de Italia para no tener que subsidiarlo. Con el 17,4 por ciento, Salvini superó al playboy octogenario Silvio Berlusconi en la interna de la coalición centroderechista. Puede que en esta ocasión, el batacazo no le haya servido para convertirse en el próximo primer ministro de Italia como espera, puesto que mucho dependerá de lo que haga el presidente Sergio Mattarella, pero no cabe duda de que está bien ubicado para desempeñar un papel protagónico en los actos finales del larguísimo melodrama peninsular.

En cuanto al Partido Democrático gobernante de Matteo Renzi, que representa lo que queda del socialismo moderado y contaba con el beneplácito de los comprometidos con lo que llaman el proyecto europeo, tuvo que conformarse con un escuálido 18,7 por ciento. Lo mismo que sus equivalentes alemanes, los socialdemócratas italianos tendrán que elegir entre ser los socios menores de un gobierno de signo derechista o populista y correr el riesgo de verse marginados.

¿A qué se debe la voluntad de tantos italianos de votar a favor de políticos que se afirman resueltos a dinamitar el statu quo, personajes que, según sus adversarios, son populistas, autoritarios, xenófobos, racistas, neofascistas y, en el caso de los cautivados por el canto de Grillo, radicalmente irresponsables por principio? Para muchos, se trata de una reacción comprensible frente a la incapacidad de una larga serie de gobiernos más o menos centristas para galvanizar una economía que aún dista de haberse recuperado del impacto de la crisis financiera de hace casi diez años y que, en lo que va del siglo XXI, ha crecido muy poco. ¿Serían capaces la gente de Cinco Estrellas o los militantes de la derecha de hacerla funcionar mejor? No hay razones para suponer que los grillini estarían dispuestos a tomar medidas más drásticas que las ya ensayadas porque a su entender sería rendirse al sistema que odian, mientras que los nacionalistas, que sí podrían intentar algo, no tardarían en chocar contra buena parte de su propio electorado.

Además de la frustración motivada por una economía que no se ha adaptado a la rigidez financiera de la Eurozona, los italianos se han visto obligados a soportar la irrupción descontrolada de centenares de miles de africanos y asiáticos que, en la mayoría de los casos, quisieran seguir viaje hacia Alemania, Suecia o el Reino Unido donde, creen, hay más dinero, pero que siguen en Italia al erigir los demás países barreras en su camino. Un gobierno italiano tras otro ha suplicado a sus socios de la Unión Europea que contribuyeran a manejar la crisis humanitaria resultante o, cuando menos, que enviaran más fuerzas navales al Mediterráneo, pero hasta ahora los demás miembros del club han preferido lavarse las manos del asunto por temor a ser acusado ya de “islamofobia”, ya de estar llevando a cabo un experimento demográfico al que se opone el grueso de sus compatriotas.

De todos modos, siempre fue de prever que una marejada inmigratoria masiva procedente de lugares en que, desde el punto de vista de los europeos, las costumbres y creencias religiosas son anticuadas y muy antipáticas, daría nueva vida a movimientos nativistas, como la Liga Norte en Italia, la Alternativa para Alemania, el Frente Nacional galo y otros en Holanda, Polonia, Hungría, Grecia y hasta Suecia.

De más está decir que han sido contraproducentes los intentos de progresistas por impedir el resurgimiento de tales movimientos, al calificar de xenófobos, ultraderechistas y, cuando no, neonazis a los preocupados por la llegada atropellada de contingentes de inmigrantes. Tales epítetos ya no asustan a nadie. Por cierto, para una proporción creciente del electorado italiano, Salvini, que dice que en el caso de alcanzar el poder comenzará enseguida a expulsar a los muchos que carecen del derecho legal a permanecer en Italia, dista de ser un extremista. Antes bien, lo toman por un vocero del sentido común.

El pesimismo visceral, del cual los resultados electorales son un síntoma, que se ha apoderado de los italianos se ha visto agravado por la sospecha nada arbitraria de que no habrá soluciones políticamente viables para los problemas de su país. Se sienten atrapados, sin más opción que la de rezar para que no ocurra nada realmente catastrófico en los años próximos.

La angustia así reflejada puede entenderse. Además del prolongado letargo económico, la corrupción endémica, el crimen organizado y los trastornos de todo tipo que está provocando el tsunami inmigratorio, Italia está sufriendo las consecuencias de un colapso demográfico que la está despoblando con rapidez desconcertante.
Como en otros países europeos, entre ellos Grecia, Alemania, Rusia y España, en Italia la tasa de fertilidad se ha desplomado; el año pasado fue de 1,35 hijos por mujer, la más baja de toda la Unión Europea, lo que es mucho decir. Conforme a los expertos en la materia, no habrá forma de revertir la tendencia nefasta así supuesta, pero a menos que cambie muy pronto, las perspectivas ante los menores de treinta años, que ya se han habituado a un nivel de desempleo altísimo –lo que no deja de ser paradójico en un país que está envejeciendo–, se harán cada vez más sombrías. No sorprende, pues, que muchos jóvenes talentosos estén buscando horizontes más promisorios en el norte de Europa o en el hemisferio occidental, privando así a su país del capital humano que necesitaría para salir del pozo en que ha caído.

Las elecciones italianas asestaron un golpe demoledor a los comprometidos con el proyecto europeo. Por raro que parezca, en vísperas del voto, personas como el presidente de la Comisión Europea, el luxemburgués Jean-Claude Juncker, habían depositado todas sus esperanzas en que Berlusconi, el que hasta hace poco había figurado como el malo más malo de la película italiana, consiguiera los votos suficientes como para permitirle armar una coalición moderada que mantendría a raya a los euroescépticos que quisieran que su país abandonara la moneda común y, desde luego, a los persuadidos de que el islam es incompatible con la democracia laica.

Para quienes llevan la voz cantante en Bruselas, el triunfo electoral de dirigentes que no comparten sus convicciones resultó ser aún más doloroso que el Brexit ya que, a diferencia de los británicos, los italianos tienen fama de ser europeístas decididos, acaso por suponer que sería mucho mejor que su destino quedara en manos de funcionarios de la Unión Europea que en las de una clase política tan poco fiable como la suya. Así y todo, si bien sigue siendo escaso el riesgo de que los italianos opten por emular a los isleños, no lo es que decidan salir de la Eurozona o que en adelante su actitud hacia la Unión Europea se asemeje a la de países como Polonia y Hungría que se resisten con terquedad a subordinar sus propios intereses a los planes de los ideólogos de Bruselas que continúan tratando de obligar a todos los integrantes del club a acatar las mismas reglas que, claro está, suelen ser las propuestas por Alemania.

Aunque sería legítimo suponer que, en el ámbito económico por lo menos, a la larga sería beneficioso que los italianos, griegos, españoles y otros aprendieran a comportarse como buenos teutones, una transformación cultural tan profunda tomaría varias generaciones. Por desgracia, tal y como están las cosas, los europeos no disponen de tanto tiempo. La historia se ha acelerado. A mediados del siglo actual, en muchos países, entre ellos Italia, por cada cien personas en edad de trabajar habrá por lo menos setenta mayores de 65 años, lo que será un disparate. ¿Y veinte años más tarde, cuando quienes ahora están en la escuela primaria estarán por jubilarse? Hasta hace poco, a los europeos no les gustaba pensar en el mundo que estaban creando para los pocos hijos que tendrían, pero puede que últimamente los italianos y otros hayan comenzado a darse cuenta de que el futuro no será una mera prolongación del presente con más maravillas tecnológicas, de ahí el voto bronca multitudinario del domingo pasado en uno de los países (otro es Grecia), en los que se inició la gran aventura occidental.

 

* PERIODISTA y analista político,  ex director de “The Buenos Aires Herald”.