Ciencia / 3 de octubre de 2018

Medio ambiente y política: seres verdes y humanos

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“El neoliberalismo nos ha estafado con la idea de que podemos combatir el cambio climático como individuos”. Martin Lukacs es contundente. La sentencia de este pensador canadiense parece irrefutable. Pero sigue en pie. Desde hace veinticinco años. Y, lo que es peor, se profundiza. Y al profundizarse, y hacerse algo más sofisticada, gana adeptos y gobiernos que la reproducen.

“¿Le recomendaría a alguien entrar ondeando toallas húmedas en una casa que está ardiendo o llevar un matamoscas para intervenir en un tiroteo?”, se pregunta Lukacs. Las sugerencias para “salvar el planeta” tienen, mayoritariamente, esa entidad. Son mitigaciones minúsculas, voluntaristas, de elevadísima dosis de obviedad, para un problema de dimensiones titánicas y constitución compleja. Pero siempre tienen un denominador común: son individuales. O, a lo sumo, la invocación –también individual– a promover campañas que alienten a que se adopten algunas decisiones a mayor escala, siempre en la lógica algebraica de ir agregando a los “convencidos” de a uno.

Cuando alguien lee esas recomendaciones se convence de lo simple que es salvar el planeta. Sólo hay que seguir las instrucciones. Pero no.

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Nuestros días, en tiempos en los que la cuestión del cambio climático es parte de la realidad colectiva y global, están plagados de invocaciones a la acción individual: usar lapiceras recargables, pintar las paredes con colores claros, dejar de usar los ascensores, cambiar las lamparitas por otras de bajo consumo y comprar verduras orgánicas. Todas tienen otro denominador común: no son ofertas excluyentes, ni siquiera mayoritarias, en el mercado de consumo en el que estamos inmersos. Es decir, no son la regla, sino la excepción del sistema. Y, también como elemento destacable, no están interconectadas, aunque en el modelo económico-social vigente sus variables siempre lo están.

La columna de Lukacs estaba inspirada en una información que demuele cualquier intento individual: el análisis de la evolución de las emisiones de gases de efecto invernadero a escala planetaria desde 1988 revela que los principales contaminantes son apenas un puñado de empresas identificables, mayormente productoras de petróleo. Del 100% de las emisiones contaminantes que se vuelcan a la atmósfera en el planeta, el 71% se explica por la acción de apenas cien compañías multinacionales, con nombre y apellido. “Uno juega con sus lapiceras, mientras ellos siguen incendiando el planeta”, concluye irónicamente Lukacs.

Es evidente que la acción individual alcanza también a esas compañías, pero de manera inversa. Así como los ciudadanos estamos compelidos por nuestros respectivos gobiernos a adoptar acciones individuales para –supuestamente– detener el marasmo, esas empresas –individualmente– están liberadas de todo compromiso. Ellas disfrutan de la otra cara del neoliberalismo capitalista: la de la celebérrima libertad de empresa para externalizar costos a costa del bien común, que luego todos estamos obligados a intentar corregir con nuestras acciones diarias y cotidianas. E irrelevantes.

No puede alegarse que esa acción libertaria a favor de las empresas contaminantes, responsables del 71% de aquello que provoca el cambio climático y los consiguientes desastres naturales asociados, es consecuencia del azar. No es accidental. Ni siquiera aleatorio. Es la base ideológica del neoliberalismo. Y es la consecuencia de la ausencia de acciones colectivas o de políticas públicas, que a su vez es resultado de una intensa campaña para instalar la idea de que las conductas individuales son la salvación.

El mundo desarrollado. La esencia del neoliberalismo iniciado por el thatcherismo y el reaganismo, y prolongado y profundizado hasta nuestros días por las posiciones políticas sostenidas por las Naciones Unidas y una ineficaz –o cómplice– diplomacia internacional, perseguía primordialmente el desmantelamiento de cualquier barrera para el libre accionar de las corporaciones privadas. Esa “libertad” incluía la ausencia de toda regulación pero también la existencia de notorios y muchas veces obscenos sistemas de subsidios para esas mismas actividades. Solamente en Gran Bretaña, los subsidios a la industria petrolera y gasífera alcanzaron los siete mil millones de libras esterlinas desde el año 2000, mientras nada comparable ha obtenido la industria de producción de energías renovables. El G20 ha admitido que los subsidios a los combustibles fósiles representan cuatro veces los que se aplican sobre las energías renovables. Notable, cuando los mismos integrantes del G20 son los que expresan festejos orgásmicos cuando se firma un protocolo, sin trazas de cumplimiento obligatorio, para reducir las emisiones de dióxido de carbono, como ocurrió tras la firma del Acuerdo de París.

Pero el subsidio más rotundo ha sido el de la permisividad para utilizar el clima o la atmósfera terrestre como el sitio físico al cual derivar los pasivos ambientales, una forma de externalización de costos. Se utiliza un bien común –el clima– como sumidero para disminuir los costos de producción.

La base discursiva de la liberalización absoluta del mercado ha sido la búsqueda del crecimiento económico y la satisfacción de los modelos de sobreconsumo que se alientan principalmente en el mundo desarrollado, imitables por los países en desarrollo como si se tratara de la única vía para el mejoramiento de sus estándares de la calidad de vida de sus poblaciones. El esquema brindado incluye políticas públicas de privatización, desregulación, recorte de impuestos, y libres mercados de intercambio, cuyas consecuencias fueron una fenomenal capacidad de acumulación de ganancias y el permiso de utilizar la atmósfera como basural a cielo abierto. Y de manera simultánea, y necesaria para esas políticas, el desaliento o la paralización, mediante los instrumentos de Estado proclives a esos intereses, de cualquier respuesta colectiva a dichas prácticas.

¿Cómo conviven estas desregulaciones e incentivos tácitos a la industria contaminante a escala global con el consejo individual de gastar menos combustible compartiendo los viajes en auto con dos o más personas? Pueden convivir en tanto esos consejos para “salvar el planeta” no tienen incidencia real y no compiten con los volúmenes de producción de esas industrias o, mejor aún, consiguen que no se hable de ellos. Y si en algún momento la hipotética puesta en práctica de todos esos consejos pusiera en riesgo las tasas de ganancia, el Estado avanzaría con nuevas medidas –recortes de impuestos o mayores subsidios– para mantenerla en los niveles demandados por la industria contaminante.

Si sólo son cien empresas con nombre y apellido las responsables de casi tres cuartas partes de las emisiones que promueven el efecto invernadero, pareciera que la acción política para frenar el calentamiento global es apenas una cuestión de voluntad, mediante el accionar de los Estados para revertir los esquemas de libre mercado que externalizan costos de manera sistemática. Pero la virtud retórica del neoliberalismo no ha sido sólo la de imponer la idea de que esa agenda colectiva es inviable, sino que también es impensable: sólo se puede pensar en acciones individuales que, eventualmente y por obra y gracia de una aritmética volitiva, puedan tener efectos acumulativos.

El ejemplo de la basura. El neoliberalismo define que la propia realización del individuo en la sociedad depende de él mismo. O sea que la construcción de un ambiente sano es también una tarea individual, a lo sumo de agregación aritmética, de aquellos que van adquiriendo la conciencia ecológica suficiente. El neoliberalismo no sólo impone el sentimiento de culpa para aquellos que no alcanzan las metas que promueve el emprendedorismo en el sentido de ser artífices de su destino productivo y laboral: desde hace un cuarto de siglo incorpora la responsabilidad por una conducta individual que no logra frenar el colapso ecológico. Como decía Lukacs, lógicamente es deseable que haya mucha gente que adopte acciones saludables y, en este caso, haga compost en el fondo de su casa y recupere la basura orgánica, de modo que haya menos basurales a cielo abierto y menos para arrojar en los rellenos sanitarios, y menos contaminación por líquidos lixiviados en esos vertederos.

Lógicamente, es deseable que un niño esté informado acerca de ese mecanismo de degradación de la materia orgánica que lleva algunos millones de años actuando sobre el planeta (y que es un “invento” de la naturaleza y no del nuevo hombre verde), para que entienda cuál es el proceso natural obturado por la sociedad de consumo por el cual la basura, en vez de descomponerse en sus nutrientes constitutivos, contamina.

Pero la lógica se destruye cuando, por ejemplo, observamos qué ocurre en Argentina. En el área metropolitana de Buenos Aires se generan diariamente unas 17.000 toneladas de basura, de las que algo menos de la mitad son de residuos orgánicos, es decir putrescibles. Se composta, en uno de los complejos ambientales de mayor envergadura del planeta que administra la Ceamse, menos del 5%. El resto va a enterramiento. Y sin embargo, se les dice a los chicos que hagan compost en reemplazo de un Estado que no lo hace en la escala correspondiente y, de ese modo, se los responsabiliza por algo que no está a su alcance. Y lo que es más grave, se les dice que haciendo eso salvarán al planeta.

 

* BIÓLOGO, Fragmento del libro “El nuevo hombre verde”, Ed. Capital Intelectual.

 

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