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Salud, Sociedad / 16 de noviembre de 2018

Neurología: cuál es la relación entre la polución y el daño cerebral

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Buenos Aires. Estudios recientes muestran que la contaminación del aire sigue superando los parámetros saludables. En Balvanera, en un 356%.

Cada año, ocho millones de personas mueren por enfermedades pulmonares y cardiovasculares causadas por el aire que respiran. Semejante escenario, que se mantiene casi inalterable desde hace una década, está empeorando. Estudios recientes permiten comprobar que los contaminantes presentes en el aire impactan en el organismo de un modo diferente a lo que se imaginaba hasta hace poco. Además de los daños respiratorios, pueden provocar una reducción en la capacidad cognitiva, en las habilidades intelectuales y en la memoria. Es decir, los agentes contaminantes que respiramos afectan directamente a nuestro cerebro.

El trabajo más reciente al respecto fue hecho por especialistas de la Universidad de Yale (Estados Unidos) y de la Universidad Normal de Pekin (China), que compararon el desempeño de 20.000 chinos en pruebas de idioma (reconocimiento de palabras) y de matemáticas (resolución de problemas). Los participantes, todos mayores de diez años, vivían en ciudades con altos niveles de polución ambiental. Todos los otros factores de riesgo fueron descartados .

Y los resultados son impactantes: después de tres años de exposición a los contaminantes, esas personas tenían un rendimiento cognitivo similar al que supone perder un año de escolaridad.

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Los primeros indicios de que las partículas nocivas que están en el aire impuro llegan al cerebro son del año 2016, cuando especialistas de la Universidad de Lancaster (del Reino Unido) hallaron residuos tóxicos en muestras de tejido cerebral entre personas que habían habitado lugares con altos niveles de contaminación atmosférica, como el Distrito Federal de México y Manchester (en Inglaterra). El descubrimiento coincidió con el desarrollo de recursos tecnológico capaces de medir el tamaño de los compuestos minúsculos presentes en el aire.

El aire atmosférico está compuesto por nitrógeno, oxígeno, hidrógeno, gas carbónico y vapor de agua. Los especialistas consideran que está poluído cuando empieza a contener sustancias químicas a niveles que pueden impactar sobre el organismo de seres humanos y animales. Hay centenares de compuestos provenientes de las más diversas fuentes, y las concentraciones límite para la salud, a partir de las cuales comienzan a afectarla, varían de acuerdo con cada uno de los compuestos y sus características.

Uno de los más pequeños y nocivos es el PM2.5, que es emitido cuando se realizan grandes quemas y por las fábricas, mide el equivalente a un tercio del espesor de un solo cabello. Es tan fino que logra atravesar la barrera que protege al cerebro, la barrera hematoencefálica. Al solo efecto de la comparación: nueve de cada diez principios activos de todos los medicamentos en desarrollo por la industria farmacéutica y por la medicina no logran traspasarla.

Experimento. Tres años de exposición a los contaminantes causan daños similares a perder un año de escolaridad.

El PM2.5 que brota del escape de los automotores, por ejemplo, resulta tóxico ya al superar los diez microgramos por metro cúbico. Las tasas del PM10 (provenientes del humo industrial y el polvo) deben tener el doble de concentración para ser dañinas.

La polución también perjudica al cerebro de un modo indirecto. Las partículas agreden a las células de la pared de la nariz y de los pulmones, desatando procesos inflamatorios. La inflamación es más agresiva en el cerebro que en cualquier otra parte del cuerpo, y entre las consecuencias de este proceso están las enfermedades degenerativas.

Una investigación realizada recientemente por investigadores de la Universidad de Toronto (Canadá) mostró que, de las 6,6 millones de personas que habitan en la provincia de Ontario, quienes viven en un radio de 50 metros alrededor de la avenida principal tienen un 12 por ciento más de riesgo de desarrollar demencia, que aquellos que están a más de 200 metros.

Hallazgos acumulativos. Los primeros indicios de que había una relación muy estrecha entre las enfermedades neurodegenerativas y la polución del aire fueron una multitud de perros con demencia descubiertos en la ciudad capital de México en los albores del siglo XXI. Fue la neurocientífica Lilian Calderón-Garcidueñas que advitió algo inquietante: los perros añosos que vivían en áreas muy contaminadas de la ciudad solían volverse agresivos, presentar mayores niveles de desorientación y hasta llegaban a perder la habilidad de reconocer a sus dueños. Cuando los animales murieron, Calderón-Gardidueñas los investigó y halló que sus cerebros tenían (comparados con los de canes de ciudades menos poluídas) más depósitos extracelulares de la proteína beta amiloide, las mismas placas que los científicos creen están relacionadas con el mal de Alzheimer en los seres humanos.

Luego de ella, la neurocientífica se dedicó a investigar si también los cerebros de niños y adultos jóvenes muertos en accidentes en la ciudad de México presentaban esas grandes cantidades de proteína beta amiloide. También buscó signos de inflamación cerebral. Y encontró lo que buscaba. Otros expertos han dicho que los estudios de esta especialista no se habían hecho bajo controles lo suficientemente rigurosos, y hay quienes le discuten que las placas de beta amiloide no son necesariamente signos de demencia. Pero trabajos posteriores, de otros investigadores, reforzaron aquellos descubrimientos.

Y fueron investigaciones de laboratorio las que lo lograron. Fue tomar muestras de aquél aire poluído del Distrito Federal, convertirlos en un aerosol junto con un nebulizador hospitalario y colocar estas cargas de aire sucio dentro de jaulas en las que vivían ratones de laboratorio. Los roedores habían sido manipulados por medio de ingeniería genética para que expresaran un gen de la proteína beta amiloide humana. Otros animales de control fueron colocados en jaulas en las que respiraron aire limpio. Luego de muertos los animales, allí estaban sus cerebro, con serios signos de degeneración, luego de haber respirado el aire contaminado. Los neurocientíficos Caleb Finch y Todd Morgan comprobaron que los cerebros tenían moléculas inflamatorias, incluyendo un factor de necrosis que ya se comprobó es elevado entre las personas que tienen mal de Alzheimer, y que está relacionado con la pérdida de memoria.

El riesgo. Fue en China que se empezaron a usar máscaras para transitar por las calles, como protección.

Riesgo planetario. Cerca del 90% de la población mundial vive en lugares con niveles de polución que se ubican por encima de lo normal. China está al tope del ránking, y es por eso que la mayor parte de los estudios científicos sobre el tema, los de mayores proporciones, se han realizado en ciudades de ese país. Fueron los chinos quienes comenzaron a utilizar máscaras para transitar por las calles, como una barrera de protección. El hábito reduce la entrada de algunas sustancias contaminantes a través de la nariz, aunque son pocas y la barrera es muy limitada, y en algunos lugares se necesitarían mascarillas hasta para dormir.

La mitad del planeta sufre con la acción tóxica del aire dentro de la casa o en zonas rurales, que conviven con la quema de leña y de madera y de carbón, que hacen tanto mal como habitar en ciudades abarrotadas de automóviles y colectivos.

De acuerdo con el economista Xiaobo Zhang, uno de los autores del estudio realizado entre la universidad de Yale y la de Pekín, “las políticas antipolución, para que sean eficaces, deberían haber sido implantadas desde la llegada de lo que llamamos mundo moderno, y espero que nuestros hallazgos contribuyan para que sean adoptadas lo más urgentemente posible”.