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Opinión / 13 de abril de 2019

De Michael Jackson a Chanel: El cruel encanto de los genios inmorales

¿Se puede dividir a la obra de su autor? ¿Se puede admirar a un artista y al mismo tiempo odiar lo que hace o piensa?

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El estreno de “Leaving Neverland”, el documental basado en el crudo testimonio de dos hombres que integraron -cuando eran niños- el staff de Michael Jackson y fueron abusados por él, sigue causando impacto en todo el mundo (puede verse en HBO).

Neverland fue ese territorio encantado que construyó el cantante, en la cima de su carrera, para vivir todas sus fantasías, inclusive las eróticas. Gran mansión, lago, jardín primoroso y hasta parque de diversiones propio. Un escenario de ensueño que se vuelve truculento tan pronto se empieza a ahondar en la historia del artista.

El testimonio de Wade Robson y James Safechuck a lo largo del film dirigido por Dan Reed es tan honesto y minucioso, que resulta difícil dudar de la palabra de estas víctimas. Ambos cargaron sobre sus hombros el desastre causado en sus vidas y sus familias por el abuso no sólo de un hombre mayor, sino además, de la gran estrella que los manipuló con el poder de la fama y la debilidad que supone la admiración.

Con mucho dinero de por medio, arreglos extrajudiciales y testimonios falsos (tal como lo cuenta el documental) Jackson zafó de la justicia de los tribunales. Su entorno, las familias de las víctimas y sus fans pusieron además todo su esfuerzo para que la venda siguiera firme sobre los ojos.

Hoy “Leaving Neverland” encuentra al mundo en otro proceso: el de impedir y castigar la violencia y el abuso sobre los más débiles. Por eso, quizás por primera vez, medios y discográficas se plantean la cuestión de seguir abonando o no a la leyenda de la gran estrella.
¿Cómo continuar escuchando impávidos maravillas como “Billie Jean” o “Thriller” cuando tenemos certeza de que al apagarse las luces del show eran unos cuantos niños los que padecían el lado más oscuro del artista?

El dilema que plantea Jackson no es nuevo en la historia del arte. Por mencionar sólo otro caso resonante (hoy son miles), basta recordar la lucha judicial alrededor de otro gran genio: Woody Allen. En los años ’90 resultó sobreseído en la demanda que le entabló su ex mujer, Mía Farrow, acusándolo de abusar de la hija de ambos, Dylan Farrow. En ese momento, el juez de la causa no encontró evidencia de que los cargos en su contra fueran reales. Allen atribuyó la denuncia de Farrow al despecho que la actriz sentía por la relación del director con su hija Soon-yi Previn, 37 años menor (este mismo hecho, sin embargo, apuntalaba fuertemente los cargos en su contra). Pero, como el abuso de menores puede ser muy difícil de probar, tuvieron que pasar dos décadas para que la verdad saliera a la luz. Tras las denuncias contra Harvey Weinstein, Dylan Farrow se hizo oir en una carta a “Los Ángeles Times”, dando por ciertas las acusaciones que su madre hiciera en los noventa. En el contexto del #MeToo, Allen comenzó a sufrir las consecuencias: varias actrices se negaron a trabajar con él y en el medio cinematográfico hoy se lo considera maldito. Amazon por su parte, canceló el estreno de su último film “Un día lluvioso en Nueva York”.

El hombre que marcó a varias generaciones con su filosofía, su humor y su peculiar modo de hacer cine. El artista coherente que nunca renunció a su manera de entender el arte, que siempre fue fiel a su estética y puso todas las reglas en sus producciones, era también capaz del más vergonzoso de los delitos.

¿Podemos seguir viendo “Manhattan” o “La rosa púrpura del Cairo” del mismo modo que antes de saber quién es en verdad Woody Allen?

Hay quienes opinan que el arte puede sostenerse por sí mismo y prescindir de la imagen del autor. Pero, aún las posturas más estetizantes resultan permeables a las circunstancias humanas. La obra de un genio inmoral, inexorablemente, resultará dañada en la consideración pública si los delitos de los que se le acusa reciben la sanción de todos.

Política. Las diferencias ideológicas han sido desde siempre uno de los principales factores de descalificación de un artista. Pero, una vez que las circunstancias históricas que provocan la grieta se disipan, el creador y su obra suelen ser reinvindicados y las objeciones caen en el olvido.

Sin embargo, una coyuntura extrema, como el régimen nazi, puede extender el rechazo de un artista para siempre.

Ese fue el caso de Leni Riefenstahl, la llamada “cineasta de Hitler”. Fue una de las grandes artistas del cine, en la época en que el séptimo arte estaba en pañales. Realizó dos films legendarios para el régimen: “Olimpia” (un documental sobre las olimpíadas que se realizaron en territorio alemán antes de la guerra) y “El triunfo de la voluntad”, donde mostró la estetica nazi en su dimensión más espectacular (este film formó parte de una trilogía junto con “La victoria de la fe” y “Día de la libertad”).

Cuando los nazis cayeron, ella estuvo presa durante un tiempo y fue liberada. El resto de su vida, que fue muy larga -murió en el 2003 a los 101 años- fue una larga lucha para defenderse de la “desnazificación”. Siempre negó conocer los excesos del régimen nazi así como también rechazó las acusaciones de que había sido amante de Joseph Goebbels y Adolf Hitler. Cualquier proyecto que encarara, cualquier retrospectiva con la que alguien pretendiera homenajearla, era rápidamente obstaculizada. Sólo su bellísimo estudio fotográfico para National Geographic sobre la tribu africana de los Nuba, logró saltar el cerco de su proscripción. Para muchos cineastas fue un verdadero conflicto interior darle la espalda a la gran maestra de su arte, pero también abrirle la puerta a la mujer que glorificó a un régimen homicida, a expensas de sus víctimas.

En menor medida, Coco Chanel fue otra de las artistas que sufrió la “desnazificación”. Gabrielle (tal su verdadero nombre), criada en un orfanato, era una verdadera sobreviviente. Por eso hoy, al analizar su historia, no asombra que haya mantenido un romance con un oficial nazi, durante la ocupación alemana a Francia en la Segunda Guerra mundial, como un rasgo de más de su adaptación a las crisis. Archivos desclasificados mucho después, la incriminarían como espía de los alemanes, pero esta acusación no está suficientemente probada. De hecho, la casa Chanel ha desestimado estas sospechas así como también ha rechazado la acusación de que Coco era antisemita.

Considerada una de las grandes creadoras francesas, a la mujer que cambió la moda femenina para siempre, le costó muchísimo en tiempos de paz, lograr el perdón de sus compatriotas.
Fueron sus fans norteamericanos los que la ayudaron en verdad a rehacer su “maison” con éxito y volver a montar su imperio.
Tal vez las cuestiones ideológicas no sean tan visibles en un vestido o un traje como en un libro o un film, pero en ambos casos, ¿quién querría aplaudir los logros artísticos de un hombre o una mujer que tiene manchadas las manos?

Obra y autor pueden ser asuntos separados, pero el juicio social, inevitablemente, termina echando sombra sobre cualquier creación, la oscurece y hace muy difícil gozar de ella.