Friday 21 de June, 2024

ECONOMíA | 25-05-2024 08:25

Mercados oscilantes: cuestión de velocidad

La caída del tipo de cambio real desde el pico de diciembre pasado afecta la competitividad, pero ayuda a la desaceleración del IPC.

“Argentina es una economía bimonetaria y cualquier análisis que no incorpore ese dato llegará a conclusiones equivocadas”. La frase podría atribuirse a Cristina Fernández, pero la reiteró esta semana uno de los economistas con más predicamento entre sus colegas, Ricardo Arriazu. Y este enfoque podría aplicarse a las idas y vueltas protagonizadas por el termómetro por antonomasia de la economía argentina: el dólar.

Alerta. Las primeras señales de alarma vinieron la semana pasada, cuando el Banco Central decidió dar otra vuelta más de rosca a su política de baja de tasas en las licitaciones de deuda. Lo curioso es que dicha reducción (ahora a 3,3% mensual, dos puntos menos que lo que se proyecta como inflación para el mes de mayo).

Para la sensibilidad del equipo económico del Gobierno, cualquier duda acerca de la continuidad de esta política y la incertidumbre sobre la sustentabilidad del anunciado sendero de devaluación programada del 2% mensual, es un pedido de tirar por la borda el esfuerzo realizado hasta el momento. Arriazu calcula en 7% del PBI el ajuste realizado hasta el momento, casi todo focalizado en un menor gasto en las transferencias a las provincias, disminución de subsidios y un menor gasto previsional.

La economista Marina Dal Poggetto, directora de la consultora Eco Go, sostiene que el actual programa económico en marcha es “cepo dependiente” porque para su éxito depende de continuar restringiendo la demanda de dólares para poder seguir bajando la tasa de interés y continuar licuando la bola de nieve de la deuda del Banco Central. A su juicio, el aumento de la deuda del BCRA en dólares (a través de los Bopreales) y el aumento en la deuda del Tesoro en pesos son la contracara de la “limpieza” del balance del Central. “El discurso de la semana pasada y el giro del BCRA después de la baja agresiva de la tasa de interés de las semanas previas y el sostenimiento a rajatabla del crawling peg al 2%, plantea contradicciones que deben ser al menos discutidas y no sólo suponer que no están” enfatiza. Un dardo certero contra el blindaje de Economía frente a cualquier crítica, aunque muchas veces este “fuego amigo” termina influyendo en las correcciones que va realizando la conducción de Luis Caputo.

El punto en discusión es si la velocidad del ajuste del tipo de cambio oficial es compatible con la consecución de las demás metas elegidas. María Castiglioni, directora de C&T Asesores Económicos, destaca que estos movimientos en los tipos de cambio financieros (el libre y el CCL) se dieron luego de muchos meses de relativa estabilidad. “La última baja de tasas fue muy fuerte, acompañando a una inflación que está bajando muy rápido y que estima estará en menos 5% en el promedio de mayo. Hay discusiones sobre qué va a pasar con el tipo de cambio o cuán cerca estamos de salir del cepo y qué va a pasar con los tipos de cambio en medio de un impasse de la sanción de la ley Bases en el Congreso”, explica. ¿Podría generar este hecho “político” de fuerte proyección económica una incipiente turbulencia en el mercado cambiario? Castiglioni apunta a lo que muchos colegas señalan como una bomba de tiempo en la sustentabilidad del plan económico: que se traben las reformas propuestas que inciden en la continuidad del superávit fiscal, una condición que el propio Presidente destacó como “innegociable.

En su último informe del IERAL, su economista jefe Jorge Vasconcelos destaca que el hecho que las tasas en pesos se mantengan negativas en términos reales podría comenzar a despertar la demanda de activos dolarizados y así prolonga la necesidad de persistencia del cepo. “Se continúa planteando un trade-off entre acumulación de reservas por parte de la autoridad monetaria y la contención de la brecha cambiaria. Es que sin el dólar ‘blend’, se dejaría de alimentar la oferta del CCL con el 20 % de la liquidación de las exportaciones, vector relevante junto con las restricciones cruzadas MULC-CCL en la moderación de la volatilidad del dólar libre”, estima.

Los más y los menos. La discusión sobre el retraso del dólar oficial se ubica dentro de un contexto tan dinámico que para enmarcarla hay que precisar cuál es la referencia. Si se toma la devaluación del 14 de diciembre pasado, la inflación en ese lapso se ubicó arriba del 80% por lo que podría inferirse que el efecto del salto cambiario se está agotando. Claro que el citado “mix” del 80%-20% trae un poco más de oxígeno a las cuentas de los exportadores, agobiados por las retenciones y otros impuestos que florecieron cuando la motosierra se encendió.

Otros, en cambio, sostienen que los pedidos por acelerar el ritmo de devaluación quieren esconder los problemas estructurales de competitividad que arrastra la economía argentina y que se pueden visualizar a través de más impuestos, cepos varios, peajes de todo tipo y costos de intermediación más elevados.

En este laberinto de variables y fuerzas encontradas, hay un elemento clave y sobre el cuál se va edificando todo este andamiaje: el mantenimiento del superávit fiscal. Hasta ahora, además de la mentada motosierra sobre los gastos, los resultados positivos se asientan sobre la persistencia del impuesto PAIS y la postergación de gastos en obras. La primera pregunta que surge es cuánto resiste esta política antes que la previsible recuperación de la actividad económica comience a generar los ingresos que la recesión puso en un piso histórico en marzo pasado. El cierre del grifo fiscal ayuda a mantener bajo control la presión sobre el mercado cambiario, pero no es el único factor decisivo.

La otra previsión apunta a los ingresos por exportaciones, que se esperan con ansiedad con la liquidación de la cosecha gruesa que viene demorada por las lluvias de abril y principios de mayo. Con una menor superficie cultivada pero precios internacionales recuperados, se estima que las exportaciones de origen agropecuario sumen US$15.000 millones a lo obtenido en la pésima campaña pasada. Eso sumado a una reversión del déficit en la cuenta energética podría sumar otros US$15.000 millones con respecto a 2023. Claro que para que las cuentas terminen de ahuyentar fantasmas, hay que contabilizar los pagos de deuda (el Gobierno dice que ya tiene el dinero para ello) y un hueso duro de roer: la refinanciación de los swaps con China.

El futuro. La debilidad intrínseca del oficialismo en el Congreso conspira contra la piedra basal de su estrategia económica: hacer perdurable el esfuerzo fiscal, o como apunta el economista Nadin Argañaraz, presidente del IARAF, retrotraer al gasto público a la composición del 2004. Castiglioni refuerza la mirada que, al aprobar el paquete fiscal, es una garantía de poder lograr que las cuentas cierren de una manera más ordenada que sin esa norma en vigor. Un desafío mayúsculo con final tan incierto como los pronósticos climáticos con que se imploraba el final de la sequía el año pasado.

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Tristán Rodríguez Loredo

Tristán Rodríguez Loredo

Editor de Economía.

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