Monday 14 de September, 2026

EMPRESAS | Hoy 08:32

Cuando un árbol compite con una app

Hay transformaciones que necesitan años de bosque para dar sus frutos y no por eso son menos disruptivas.

Todos los años me toca sentarme en mesas de discusión sobre innovación donde el protagonismo absoluto es de las tecnológicas. Y entiendo por qué: una startup lanza una versión beta, la testea con usuarios reales y la corrige en cuestión de días. Esa velocidad es fascinante y, seamos honestos, imposible de igualar para una industria como la nuestra. Pero cada vez que salgo de esas mesas pienso lo mismo: estamos comparando dos carreras distintas como si fueran la misma, cuando en realidad corren con reglas opuestas.

En nuestra industria, la del papel, hoy plantamos un árbol que va a tardar siete años en estar listo para convertirse en materia prima. Siete años para saber si una apuesta funcionó. Mientras tanto, el mundo tech itera en semanas. Son dos velocidades que parecen incomparables, y sin embargo forman parte del mismo desafío: encontrarle una respuesta nueva a un problema que el mercado ya no tolera resolver con las herramientas de siempre.

La misma urgencia, tiempos opuestos. Creo que el paralelismo tiene sentido si uno mira el origen del cambio, más que la velocidad de ejecución. Las tecnológicas suelen nacer para resolver una necesidad puntual, y lo hacen a fuerza de repetición rápida: prueba, error, ajuste, otra vez. Mi industria llegó a la innovación por el camino inverso. No salimos a inventar un negocio nuevo desde cero; nuestro negocio de siempre —el papel para imprimir y escribir— se modificó con la digitalización, y tuvimos que reinventarnos con las reglas de un juego mucho más lento: cultivos que no se aceleran por más presión que uno les ponga, maquinaria que cuesta millones de dólares, y un retorno de inversión que en nuestro sector supera los 8 o 9 años.

Esa diferencia de ritmos no es un detalle menor, y hay datos que la confirman. Según información del sector relevada por ISERN, mientras que en tecnologías de la información y medios el porcentaje de empresas con derechos de propiedad intelectual —patentes o marcas registradas— ronda el 20-21%, en el rubro de recursos naturales, donde se ubica la industria forestal y papelera, ese porcentaje baja al 18%. No es que innovemos menos: es que nuestra lógica de innovación no pasa por acumular patentes rápido, sino por transformar procesos productivos enteros, algo que no siempre se traduce en un registro de propiedad intelectual inmediato.

Innovar sin depender de un laboratorio de software. Hay algo que la FAO plantea en su informe El estado de los bosques del mundo 2024 que me parece clave para entender por qué la comparación directa con las tecnológicas queda incompleta: reconoce que la innovación forestal no es solo tecnológica, sino que también puede ser social, de políticas públicas, institucional y financiera. Una tecnológica innova casi exclusivamente puertas adentro de su producto digital. Una industria como la nuestra innova en varios frentes al mismo tiempo: en el material en sí, en cómo se cultiva, en cómo se financia una apuesta que tarda una década en devolverse, y en cómo nos vinculamos con las comunidades y los mercados donde operamos.

Nos comparan poco con las tecnológicas, y en el fondo hacemos lo mismo: resolver un problema que el mercado ya no tolera con la solución de siempre. La diferencia es que nuestro ciclo de innovación no se mide en sprints, se mide en años de bosque. Cuando plantamos un árbol hoy, ya estamos pensando en qué va a reemplazar dentro de siete u ocho años. Esa es nuestra versión de la disrupción: lenta, silenciosa, pero imposible de copiar de un día para el otro.

Lo que separa a las dos industrias — y lo que las une. La diferencia más obvia es la barrera de entrada. Una app se puede clonar en meses. Una operación forestal integrada —con bosque propio, planta industrial y logística optimizada— lleva décadas construirse y es prácticamente imposible de replicar rápido. Pero lo que nos une es la misma presión de fondo: ambas industrias innovamos porque el mercado dejó de aceptar la respuesta de siempre, sea un software que ya no resuelve el problema para el que fue creado, o un plástico que el mundo dejó de querer consumir.

Quizás valga la pena, la próxima vez que hablemos de innovación, dejar de medirla solo en semanas. Hay transformaciones que necesitan años de bosque para dar sus frutos — y no por eso son menos disruptivas.

*CEO de Suzano Argentina

por Iván Espósito

Galería de imágenes

En esta Nota

Comentarios