Neurobiológicamente hablando, un sistema nervioso hiperactivado indica que nuestra rama simpática percibió peligro y activó la respuesta de supervivencia de lucha o huida. El cuerpo se encuentra en pleno estado de ansiedad: agitación motora, ritmo cardíaco elevado y músculos tensos. Está preparado para la acción física. Por eso, pedirle a una persona en este estado que cierre los ojos y se quede quieta no solo resulta inútil, sino que el cerebro interpreta esa inmovilidad forzada como una trampa, incrementando la alarma.
La Teoría Polivagal del Dr. Stephen Porges explica que las respuestas de estrés solo se desactivan cuando el cuerpo recupera la sensación (neurocepción) de seguridad. Y para un cuerpo que biológicamente se preparó para actuar, la seguridad solo se restablece permitiendo la descarga motora.
De acuerdo con el Dr. Peter Levine, referente en el abordaje del trauma, ante el impulso de defensa o escape frente a una situación cotidiana —donde no podemos salir corriendo ni pelear—, el cuerpo necesita completar y dar salida a esa energía de forma adaptativa. Su enfoque somático demuestra que esto se logra a través de micro-movimientos conscientes, por ejemplo: empujar suavemente una pared con las manos para registrar fuerza y límite, caminar con pasos firmes sintiendo el impacto de los pies en el suelo, o descargar la tensión acumulada a través de movimientos rítmicos.
Al darle una salida física y segura a esa carga biológica, el cerebro registra que la acción defensiva concluyó. Recién a partir de ese instante —cuando la fisiología comprueba que está a salvo— la respiración consciente y las prácticas de quietud pueden hacer su trabajo.
Porque la verdadera calma no se impone desde la mente; se construye de abajo hacia arriba (Bottom-Up), aprendiendo a entender el lenguaje del cuerpo y desactivando las sobrecargas que acumulamos en el día a día.
Rita Carrizo
Whatsapp: +541158103228
Email: [email protected]
por CONTENT NOTICIAS














Comentarios