jueves, noviembre 21, 2019

OPINIóN | 20-10-2019 11:53

Debate presidencial en la cubierta del Titanic

La falta de interacción entre los candidatos generó un debate chato.

Si bien los resultados de ciertas encuestas hacen pensar que la mayor parte de la población del país siente un grado llamativo de antipatía hacia Estados Unidos, ello no quiere decir que los politizados se resistan a dejarse influir por lo que ocurre en la superpotencia.

Muchos, comenzando con los kirchneristas, siguen las modas ideológicas y sociales que surgen en el país de Donald Trump con fidelidad conmovedora. Además de adoptar con entusiasmo novedades como el “matrimonio igualitario” y la rebelión feminista contra la dictadura machista, los políticos locales han hecho suya la idea de que los candidatos presidenciales tengan forzosamente que celebrar debates televisados para que la gente sepa la clase de personas que son, de ahí la versión paródica de la práctica norteamericana que se montó el domingo pasado en la Universidad del Litoral en Santa Fe y que, una semana antes de las elecciones, se repetirá en la Facultad de Derecho de la UBA.

El primer “debate” fue un espectáculo bastante extraño, uno apropiado para la era del Twitter, ya que, tiranizados por el reloj y por moderadores implacables, los seis sobrevivientes de otra parodia de un original norteamericano, las primarias que tanta conmoción provocaron al privar prematuramente al gobierno de Mauricio Macri de la autoridad que necesitaba para hacer su trabajo, contaron con a lo sumo un par de minutos en que informarnos acerca de lo que presuntamente se proponían hacer o no hacer con la economía, la política exterior, la educación, etcétera, en el caso de que triunfaran en las elecciones verdaderas.

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Una vez terminado el show que tanto enorgulleció a los presentadores santafesinos, los especialistas en estos asuntos procuraron medir la performance de los contrincantes. Lo hicieron prestando más atención a sus expresiones faciales y su lenguaje corporal que a las escasas palabras que emplearon. Se entiende: para buena parte del electorado, una sonrisa oportuna o un dedo amonestador levantado pueden ser más convincentes que cualquier disertación, por coherente y realista que fuera. En efecto, durante días el dedo de Alberto motivó más análisis que lo que dijo.

Según los macristas, Macri ganó por nocaut.

A juicio de los simpatizantes de su rival principal, Alberto Fernández puso en la lona al presidente al atacarlo con la truculencia que le es habitual, calificándolo, para no decir basureándolo, de un “mentiroso” serial, un pobre piltrafa que no entiende nada de nada. En otras épocas, tanta agresividad le hubiera costado los votos de quienes prefieren que los políticos finjan respetarse mutuamente, pero parecería que en la actual muchos la encuentran atractiva.

De los cuatro restantes, el consenso es que se destacó José Luis Espert con algunas definiciones contundentes que ni siquiera un régimen militar se animaría a tomar en serio, que a Juan José Gómez Centurión y Roberto Lavagna les faltaba la agilidad verbal exigida por el formato rígido y la impiadosa mirada televisiva, y que, para satisfacción de sus partidarios pero de nadie más, Nicolás del Caño se aferró con tenacidad a su ideología decimonónica; cree que para derrotar la pobreza hay que combatirla en la calle sin preocuparse por detalles engorrosos como la productividad.

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Aunque el debate no sirvió para aclarar nada, sus alternativas motivaron mucho interés entre los deseosos de enterarse de lo que nos aguarda en los meses y años próximos. Es que cualquier indicio, por tenue que fuera, de lo que tendrán en mente Macri y Fernández para los días postelectorales hubiera contribuido a hacer menos opaco un horizonte que se ha vuelto terriblemente sombrío, pero los buscadores de certezas no se toparon con nada firme porque, como quedó dolorosamente evidente, ningún presidenciable tiene la más mínima idea sobre lo que más convendría hacerse, ya que lo políticamente posible sería económicamente suicida y viceversa. He aquí el dilema que está en la raíz de la gran crisis argentina que acaba de entrar en una fase sumamente peligrosa.

Si el debate confirmó algo, esto es que en las contiendas políticas actuales, tanto aquí como en muchos otros países, la racionalidad es lo de menos, acaso porque todos los esquemas que se han ensayado han resultado ser defectuosos al dejar a la intemperie a sectores que se sienten abandonados a su suerte por las elites. Asimismo, aunque en teoría la proliferación de medios de comunicación electrónicos ayuda a que todos los votantes se mantengan bien informados, nadie diría que la revolución tecnológica ha contribuido a enriquecer la cultura política moderna. Antes bien, lo ha empobrecido al estimular a cada uno a encerrarse en la “cámara de eco” que más le guste, negándose a escuchar las opiniones ajenas, de tal modo agrietando cada vez más a las sociedades.

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En la actualidad, rasgos superficiales que en otras épocas carecían de importancia suelen resultar decisivos. Las hipotéticas características personales de los candidatos importan mucho más que sus propuestas, ideas o principios. Lo entienden los asesores de imagen que rodean a los candidatos a puestos electivos y les dan consejos sobre cómo vestirse y lo que les sería arriesgado decir no sólo en público sino también en privado, ya que hasta las palabras que balbucean cuando duermen pueden quedar grabadas.

La campaña, hasta ahora muy exitosa, de los dos Fernández se basa en el planteo de que Macri es un oligarca neoliberal que arruinó la economía, depauperando a millones de familias, porque nació con un ADN que consiste de una mezcla perversa de ineptitud apenas creíble y deshonestidad. Es tan malo que, en palabras de Alberto Fernández, se las ingenió para que “sus amigos” se alzaran con 30 mil millones de los 39 mil millones de dólares que “nos dio” el Fondo Monetario Internacional. Se trata de un monto equiparable con aquel que, según los investigadores mediáticos y judiciales, lograron robar Cristina y sus cómplices en el transcurso de la gestión K.

De ser así, Macri tiene muchísimos “amigos”; todos los que tratan de protegerse cambiando pesos por dólares colaboran con la fuga denunciada por el candidato kirchnerista y por su apadrinadora. Sea como fuere, no hay evidencia de que quienes operan en él sean más “amigos” de Macri que de Fernández y sus aliados, pero en un país en que muchos dan por descontado que los adinerados siempre aprovechan las dificultades ajenas para engordar sus cuentas off-shore, tales acusaciones suelen resultar eficaces.

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Para defenderse, Macri insiste, muy tardíamente, en que es poco razonable criticarlo por no haber resuelto en un solo periodo presidencial una crisis socioeconómica que se remonta a mediados del siglo pasado y que, de todos modos, las reformas financieras que ya ha llevado a cabo han echado las bases para que, una vez superada la coyuntura actual, el país disfrute de décadas de crecimiento sustentable.

Demás está decir que, por ser cuestión de temas muy complicados, y muy polémicos, sería absurdo esperar que los candidatos los discutieran con un mínimo de objetividad en “debates” del tipo que se han organizado. También lo sería confiar en que lo hicieran los diputados y senadores en el recinto parlamentario, como a veces hacían sus antecesores cuando la política era un asunto más serio; lo mismo que los aspirantes presidenciales, los legisladores, como casi todos los demás políticos, suelen estar más preocupados por sus respectivas imágenes personales que por otra cosa.

Las perspectivas frente al país serían menos oscuras si uno de los dos candidatos presidenciales no meramente testimoniales fuera capaz de articular un programa coherente de recuperación. Hasta ahora, Macri y Fernández se han concentrado en intercambiar denuncias tremendas acerca de los errores o crímenes perpetrados en el pasado reciente cuando lo que más necesita un país desmoralizado por la incertidumbre no son historiadores militantes sino proyectos comprensibles para el futuro inmediato.

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Felizmente para Alberto, por lo menos la mitad del electorado está más angustiada por el estado precario de la economía que por los peligros planteados por la corrupción, el corporativismo, el autoritarismo y la hostilidad visceral hacia la prensa no militante que son las marcas de fábrica del núcleo del aglomerado kirchnerista. En Santa Fe, Macri aludió tangencialmente a tales temas pero sólo al reanudar su gira “Sí, se puede” –el eslogan es, cuándo no, del norteamericano Barack Obama– pudo aprovecharlos como corresponde, ya que se trata de la diferencia principal entre las dos fuerzas en pugna.

Es de suponer que la política económica de un eventual gobierno de Alberto Fernández se asemejaría bastante a la prevista por Macri; mal que les pese a Cristina y los bolivarianos de su entorno, las circunstancias no permitirían que probara suerte con una alternativa muy distinta, pero en los demás ámbitos la brecha entre los dos sería con toda seguridad enorme. Al criticar a los macristas con tanta brutalidad, los kirchneristas dan a entender que, además de manejar la economía con un grado de profesionalismo decididamente superior, ellos asegurarán que los más perjudicados por la crisis no sean los que menos tienen sino los demás. Por desgracia, no hay motivo alguno para creerlos capaces de cumplir con lo que presuntamente se proponen.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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