Domingo 25 de febrero, 2024

MUNDO | 18-09-2023 07:03

De India a Bharat

Qué está revelando el cambio de nombre del país más poblado del mundo. Las luces y las sombras del G20 en Nueva Delhi.

En sánscrito, la palabra Bharat alude a “quien está en búsqueda de la luz”, y en la mitología hinduista es el nombre del rey que unió a los distintos pueblos del subcontinente asiático en una sola gran nación predestinada.
La palabra refiere a la India y tiene un peso muy fuerte en el nacionalismo religioso. De hecho, el partido de los nacionalistas hinduistas se llama Bharatiya Janata, que se traduce como Partido Popular.

En el histórico y secular Partido del Congreso, instrumento político que logró la independencia, así como también en otras fuerzas centristas y en las minorías religiosas como el budismo, el sikhismo, el islamismo y el cristianismo, suelen usar el término Bharat como acrónimo de Bring Harmony, Amity, Reconciliation and Trust (Traer armonía, amistad, reconciliación y confianza). Pero los nacionalistas religiosos le dan el sentido mitológico y ancestral.

Quienes gobiernan el país trabajaron para que deje de llamarse India y pase a llamarse Bharat. Sostienen que Bharat es el nombre auténtico de la nación, suma de muchas naciones, que habita el subcontinente asiático. Y afirman que fueron los colonialistas británicos quienes la llamaron India, por lo tanto ese nombre tiene que ver con el pasado colonial que es necesario superar para tener otra “era dorada”, como la que marcó el comienzo de la dinastía Gupta en el siglo IV de esta era.

En rigor, los antiguos griegos y también exploradores como Marco Polo y de otras naciones anteriores al arribo de los británicos, llamaban a ese inmenso territorio por el nombre del río que lo atraviesa: Indo. De hecho, a los nativos del continente americano se los llamó indios porque Colón creyó haber llegado a las Indias, nombre con que se llamaba a los territorios insulares y continentales que iban desde Indonesia hasta el Indostán (la actual India), pasando por Indochina, donde se encuentran Vietnam, Laos y Camboya.

Por lo tanto, llamar oficialmente India al Indostán no fue un capricho británico del siglo XIX para bautizar con un nombre traído de los pelos a “la joya de la corona” de la reina Victoria. La palabra tiene una historia más grande y profunda que el Raj establecido por el Reino Unido en 1858, un régimen colonial que abarcaba India, Pakistán, Bangladesh, Bután, Birmania y Sri Lanka.

El hecho es que el cambio de nombre de India sería el punto culminante de la gravitación nacional-hinduista sobre la sociedad. Empujado por esa presión, al proceso de rebautizar ciudades lo inició Varasimha Rao, del secular y centrista Partido del Congreso, al cambiar el nombre nada menos que a la ciudad de Bombay, palabra legada por colonos portugueses e ingleses (mezclando ambos idiomas, significa “buena bahía”).

La capital del estado de Maharashtra y principal distrito financiero del país pasó a llamarse Mumbay, por Mumba Devi, la “diosa madre” en la mitología hindú. Después le tocó el turno a Madras, que pasó a llamarse Chennai; a Calcuta, que al comenzar este siglo pasó a denominarse Kolkata, y Aurangabad, rebautizada Sambhajinagar, además de otras dos decenas de ciudades menos visibles a nivel mundial.

Ahora va a modificarse el nombre del país por voluntad de los nacionalistas-religiosos, en su proclamado intento de remover todas las señales que dejaron ocupantes extranjeros. En rigor, la Constitución que rige desde 1950 menciona el término  Bharat, dándole al país dos nombres oficiales. Lo que ocurrirá a partir de este año es la anulación de una de las nominaciones, que es la más conocida en el mundo: India.

De ese modo el gobierno del primer ministro Narendra Modi y de la presidenta Draupadi Murmu, ambos del Bharatiya Janata, realiza su batalla cultural para borrar los vestigios del pasado pero también (y esto resulta inquietante) de la democracia construida por los fundadores de la India independiente: el pandit Nehru, el Mahatma Gandhi y el Partido del Congreso. El rumbo que toma el gobierno es visible en otras medidas políticas, como la supresión de la autonomía de Cachemira, región donde la mayoría de la población es musulmana.

Que la India pase a llamarse Bharat no resultaría inquietante si no estuviera al frente del gobierno un miembro de Rashtriya Swayamsevak Sang, que es el brazo más extremista del Bharatiya Janata. Sin embargo en el tablero mundial Narendra Modi impulsa proyectos junto con las potencias occidentales, lo que quedó a la vista en la cumbre del G20.

En los temas cruciales el encuentro que tuvo lugar en Nueva Delhi no dio pasos relevantes. Lo acordado en términos de reducción de gases de efecto invernadero no guarda relación con las señales alarmantes de lo que ya se describe como “colapso climático”.

La declaración final del G20 tampoco refleja la realidad de la guerra en Europa central. El llamado a no alterar por la fuerza la integridad territorial de un país es fácilmente interpretable a favor del país invadido: Ucrania. Pero que no se haya condenado ni mencionado explícitamente la agresión rusa resulta un paso atrás respecto al documento final de la cumbre anterior, realizada en Bali.

Salvo por la incorporación de la Unión Africana como miembro permanente, un paso necesario para el desarrollo armónico de la economía global y para hacer frente al “colapso climático”, las medias tintas imperaron en todos los acuerdos sobre cuestiones cruciales.

Lo más relevante que ocurrió en el G20 corrió por cuenta de un grupo de países: se trata del plan para enlazar infraestructuras desde India hasta Europa, pasando por el Oriente Medio, iniciativa que sin dudas apunta a competir contra la “ruta de la seda” que promueve China, cuyo presidente fue el gran ausente en Nueva Delhi.

El plan que incluye proyectos ferroviarios, portuarios, tendidos eléctricos y un ducto de hidrógeno, fue impulsado por la India, Estados Unidos, la Unión Europea, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos entre otros. El resultado no sólo implica un desafío a los proyectos de expansión china a través de infraestructura sino también una base para el acercamiento entre Israel y sus vecinos árabes.

Que Narendra Modi esté entre los más entusiastas promotores de ese corredor de interacción económica, muestra una grieta en el BRICS como proyecto geopolítico, que es lo que quiere hacer Xi Jinping con ese bloque creado en la cumbre de Ekaterimburgo del 2009.

Hubo otras señales positivas en Nueva Delhi, pero los partidos centristas y las minoritarias etnias sikh, budista, musulmana y cristiana, lo que escucharon con preocupación es “Bharat”, la palabra del sánscrito que remite a la mitología hinduista y será el nuevo nombre de India. 

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Claudio Fantini

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