Friday 17 de April, 2026

MUNDO | Hoy 10:04

Derrota ultraconservadora

La estrepitosa caída de Viktor Orban en Hungría echa sombras sobre los exponentes de la extrema derecha que lo admiran y estuvieron en Budapest apoyándolo.

Una “convicción” que lleva años creciendo trastabilló en Hungría. Se trata de la idea de que la multiplicación de liderazgos disruptivos ultraconservadores continuará hasta reemplazar totalmente la democracia liberal por sistemas iliberales.

Esa ola reaccionaria ya había tenido contramarchas. La derrota de Trump con Biden y la de Jair Bolsonaro con Lula. Pero el magnate neoyorquino recuperó el Despacho Oval venciendo a Kamala Harris y eso relanzó hacia el status de certeza la idea de que la ola reaccionaria continuará su marcha hasta haber barrido la democracia liberal de Occidente y los otros rincones del planeta donde también existe, por ejemplo Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda.

Si Flavio Bolsonaro ganara en noviembre, vengaría a su padre con Lula y fortalecería la convicción de que no hay marcha atrás en el avance de déspotas agresivos, vulgares e intelectualmente indigentes, que ostentan crueldad y desprecio por los críticos y por las dirigencias moderadas de centroizquierda y centroderecha. Aún así, la derrota de Viktor Orban hace trastabillar esa certeza.

No sólo perdió el autócrata que debilitó la institucionalidad en Hungría durante su hegemónico reinado del 16 años, sino que el país magyar se dispone a dar un giro copernicano, alejándose de Moscú para acercarse a Bruselas y a Kiev.

En la antesala de la elección, la ultraderecha europea y de las Américas se reunió en Budapest para dar su apoyo a Orban frente a la derrota que le vaticinaban las encuestas. A la cumbre de Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC) en Budapest, acudieron desde Santiago Abascal y Marine Le Pen, hasta exponentes de MAGA y Javier Milei. También viajó a Hungría el vicepresidente norteamericano J.D. Vance para dar personalmente todo el apoyo de la Casa Blanca a que Orban pueda sobrepasar las dos décadas de poder hegemónico puesto al servicio de debilitar la democracia y el espíritu atlantista de Europa. Pero el desafiante, Peter Magyar, había logrado capitalizar la ola de rechazo al modelo trumpista-putinista de poder que encarnó Orban, para devolver Hungría a Europa y reconstruir la democracia liberal que surgió tras la debacle del comunismo.

La cultura democrática húngara tiene su raíz moderna en la reforma anti-soviética que lideró Imre Nagy en la primera mitad de la década del 50, al abolir el régimen de partido único, permitir libertades públicas  y abrir la economía de planificación centralizada a las inversiones privadas.

Aquella apertura, que precedió en doce años a la “Primavera de Praga”, fue aplastada por tanques soviéticos en 1956, dejando postales similares a las de 1968 en Checoslovaquia.

Aquel espíritu húngaro que inspiró a Imre Nagy, reencarnó los jóvenes tras la caída de Janos Kadar y el comunismo en 1989. Entre esos jóvenes estaba Viktor Orban y otros de los que crearon FIDESZ (Alianza de los Jóvenes Demócratas), el partido liberal-demócrata que llegó al poder al comenzar la segunda década de este siglo y luego, influida por Vladimir Putin, fue alejándose de Bruselas para acercarse a Moscú.

Orban terminó siendo un quintacolumnista del Kremlin y de la Casa Blanca, obstruyendo las ayudas a Ucrania para que pueda luchar contra la potencia invasora, y saboteando la Unión Europea y la OTAN desde adentro.

Del mismísimo riñón del “orbanismo” surgió el anticuerpo que neutralizó al virus “iliberal” que mantenía en estado de coma a la democracia húngara. Peter Magyar tiene un pasado opaco y sinuoso, pero fue quien aglutinó las distintas corrientes liberal-demócratas que llevan años enfrentando a Orban.

La caída del autócrata húngaro en la elección del 12 de abril fue estruendosa y amerita dudar sobre la certeza de que Trump, Putin y demás ultraconservadores “iliberales” del mundo son una etapa de la que no hay retorno. Si perdió el todopoderoso populista de Hungría, también puede seguir estancado Vox en España; a pasos pero sin poder llegar al poder la extrema derecha lepenista en Francia, además de retroceder MAGA y el Partido Republicano en las elecciones de noviembre.

Por cierto, la naturaleza de las redes favorece el extremismo porque debilita la cultura democrática, al mostrar como atractivas las ideologías extremistas y los líderes histriónicos que construyeron totalitarismos criminales de izquierda y derecha en el siglo 20.

Las redes, además de las incertidumbres y desesperaciones de este tiempo de aceleración tecnológica modificando la realidad social y laboral permanentemente, generan líderes disruptivos, pero estos fracasan y desilusionan, haciendo volver el péndulo a la situación anterior.

La tendencia comenzó en Italia, con el triunfo de Silvio Berlusconi en 1994. Paralelamente, aparecía el modelo latinoamericano del outsider con Alberto Fujimori en la presidencia de Perú. Pero al mismo fenómeno histórico pertenecen Hugo Chávez y algunos otros ejemplos del populismo de izquierda.

De Hugo Chávez en adelante, los populismos de izquierda y derecha fueron mesiánicos, agresivos, fomentaron el odio político y estigmatizaron a los adversarios como “antipatria” o “comunistas”. Todos ingresaron en el terreno del absurdo: Chávez desenterrando a Bolívar y relatando la autopsia que ordenó para darse la razón sobre su teoría de que fue asesinado; Maduro hablando con un pajarito; Milei saltando eufórico ante el Muro de los Lamentos y sobre escenarios donde hace de estrella de heavy metal, y Trump distribuyendo estampitas en las que aparece personificando a Cristo.

Los dos últimos son de la etapa actual, la de los outsiders ultraconservadores. Todos son poseedores de altísimas cargas de violencia retórica y gestual, desprecios viscerales, vulgaridad, egolatría desenfrenada y fanatismo ideológico.

Las redes sociales y el cada vez más vertiginoso avance de la tecnología modificándolo todo, propician los liderazgos disruptivos. Como ellos sólo pueden debilitar la democracia liberal pero no lograr los resultados que prometen ni cubrir las expectativas de quienes optaron por patear el tablero al votarlos, el péndulo “iliberal” alternará ultraconservadores con ultraizquierdistas.

 En los últimos tiempos, el centro dio señales de vida. Con todo lo que haya para cuestionarle, empezando por sus pocos escrúpulos, Pedro Sánchez está más al centro que un PP de líderes grises a los que les lleva años luz en materia de talento, porte y capacidad de liderazgo. Por cierto, también más al centro que Abascal y su partido neo-franquista.

Con su posición contraria a Trump y a Netanyahu en la actual guerra desastrosa con el régimen retrógrado y autoritario iraní, Pedro Sánchez acrecentó la imagen de estadista que ya lucía en los encuentros de líderes europeos, fortaleciéndose aún más frente a la oposición derechista y ultraderechista.

Lo mismo empieza a insinuarse en otros países. Con sus opacidades y sinuosidades, el nuevo líder húngaro representa un triunfo del centro sobre la derecha putinista y trumpista. El resultado en Hungría con la contundente derrota del candidato de Trump y de Putin, muestra que el futuro no está encaminado hacia un solo extremo.

Falta ver si el centro, que abarca desde la centroderecha hasta la centroizquierda, y es donde se sostiene sin tambalear la democracia liberal, puede sobrevivir  a este tiempo de odios potenciados en las redes sociales, y también de desconciertos, impotencias e incertidumbres.

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Claudio Fantini

Claudio Fantini

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