MUNDO | 28-09-2020 14:23

Devolución de favores de los gobernantes de Oriente Medio a Donald Trump

Las monarquías sunitas y el primer ministro israelí le regalaron un retrato de gran estadista para sumar votos en su búsqueda de la reelección, y apoyos en el Comité Nobel.

Conectado a un detector de mentiras, Donald Trump no podría decir que lamenta la muerte de la jueza Ruth Bader Guinsburg. Esa prócer de la legislación más avanzada, que desde la Suprema Corte aportó a la igualdad de género y a la calidad del Estado de Derecho, era aborrecida por el conservadurismo que apoya al presidente. Colocar a un conservador recalcitrante en el asiento que dejó vacante la jurista ícono del progresismo norteamericano, será su aporte a la colonización reaccionaria de la Corte.

Incluso sin estar conectado a un detector de mentiras, Trump no pudo ocultar su euforia por la muerte de Bader Guinsburg. A pocas semanas de una elección, lo correcto sería dejar la decisión del sucesor al próximo presidente. Lo dijo la propia jueza cuando el cáncer la vencía. Pero el magnate neoyorquino ve una pelota picando en la puerta del arco y la patea, aunque sea una acción inescrupulosa.

La colonización ultraconservadora de la Corte Suprema le sumará votos derechistas. Y los necesita para vencer a Biden. Los incendios devorando bosques en la costa Este, los huracanes devastando el suroeste y la sucesión de tornados de inédita potencia arrasando el centro del país, corroboran la dimensión del error de su posición “negacionista” con el calentamiento global. Por esa razón y por los estropicios que cometió con la pandemia, la ciencia también es un obstáculo para su reelección. Scientific American, una de las publicaciones de ciencia más prestigiosas del mundo, por primera vez en sus 175 años de historia se pronunció sobre una elección. Llamó a votar contra Trump por las tragedias que están causando sus negacionismos.

Pero mientras el cambio climático, el coronavirus y la ciencia develan las consecuencias de su presidencia, los gobernantes favorecidos por sus políticas en Oriente Medio le regalan un traje de gran estadista.

Trump obtuvo la postal con dirigentes árabes e israelíes en los jardines de la Casa Blanca que tuvieron Jimmy Carter en los ’70 y Bill Clinton en los ’90. La diferencia es que en aquellas postales aparecen líderes árabes y en la de Trump sólo cancilleres.

Fue el presidente egipcio Anuar el Sadat el que estrechó la mano de Menaguen Beguin en 1978, mientras que el rey Hussein de Jordania y después Yasser Arafat lo hicieron con Yitzhak Rabin cuando terminaba el siglo XX.

En la postal de Trump, sin apretones de manos por el coronavirus, no estuvieron el rey de Bahrein, Hamad bin Iza al Jalifa, ni el emir de Abu Dabi y presidente de los Emiratos Árabes Unidos (EAU), Jalifa bin Zayed al Nahyán.

Tampoco estuvo el principal impulsor: el emir de Dubai, primer ministro y vicepresidente de EAU, Mohamed bin Rashid al Maktoum.

A diferencia de Sadat, Hussein I y Arafat, ningún gobernante árabe actual quiso quedar retratado en un acuerdo que viola la disposición de la Liga Árabe del año 2002, que estableció no reconocer a Israel hasta que acepte un Estado palestino en las fronteras previas a 1967.

En la postal, donde debían aparecer los jefes de Estado de Bahrein y EAU, aparecen sus ministros de Relaciones Exteriores. Un dato revelador, pero que no invalida la importancia geopolítica del acuerdo ni la energía que podría brindar al presidente norteamericano en la recta final hacia los comicios.

Las monarquías sunitas y el primer ministro israelí le dieron un instrumento para sumar votos en las urnas y apoyos en el Comité Nobel, porque a ellos les conviene que sea reelegido. Desde que ocupó el Despacho Oval les hizo los favores que pidieron. Por caso, romper el acuerdo nuclear con Irán.

A Netanyahu le hizo un favor que deslumbra a la derecha israelí: trasladar la embajada norteamericana de Tel Aviv a Jerusalén y reconocerla como capital. Y al hombre fuerte saudita le hizo el favor de cajonear la investigación de la CIA que confirma su responsabilidad en el asesinato de Jamal Khashoggi, accionando además para salvar del aislamiento y de sanciones internacionales al príncipe que ordenó el crimen perpetrado en Estambul.

Eso lo hizo merecedor de un plus de agradecimiento de Netanyahu y de Mohamed bin Salman.

Por cierto, hubo gestiones de Jared Kushner para apurar el acuerdo y hubo un incentivo para convencer a EAU: el acceso a la compra de armamentos formidables, como el avión furtivo F-35. Pero el acuerdo que reformula el tablero geoestratégico del Oriente Medio no es consecuencia de la mediación de Trump sino de un razonamiento de Arabia Saudita: la única forma de enfrentar a Irán y al eje chiita, es aliándose al país de mayor poderío militar en la región, que es Israel.

Riad puede hacer que otros den el primer paso. Los tanques sauditas salvaron a la monarquía sunita de Bahrein en 2012, cuando aplastaron las protestas de la mayoría chiita en Manama. El rey Hamad no desobedecería al mayor reino arábigo. Tampoco los emiratíes, a quienes Riad arrastró al conflicto de Yemen, donde llevan años sin poder vencer a los hutíes, apoyados por Irán.

Esto hubiera ocurrido con o sin Trump, pero mostrarlo como gran artífice para ayudarlo a derrotar a Joe Biden tiene lógica para los gobernantes beneficiados por sus políticas en la región. Ellos necesitan que continúe en la Casa Blanca.

En cuanto al Nobel, parece difícil que se lo otorguen a un adherente fervoroso a los lobbies armamentistas domésticos, que apoya a los racistas y manda militares a perseguir inmigrantes y separarlos de sus hijos en la frontera con México. Pero difícil no implica imposible. Una razón para premiarlo sería el retiro de tropas de Irak y Afganistán. Por haber prometido eso que luego no pudo cumplir, le dieron el Nobel a Obama.

En definitiva, retirando tropas y evitando involucrarse en conflictos, Trump se contrapone al gravitante “complejo industrial-militar” que había denunciado Eisenhower al concluir su presidencia.

Tampoco sería un impedimento el aporte de su negacionismo al calentamiento global. A Theodore Roosevelt se lo dieron por mediar en la guerra ruso-japonesa de 1905, a pesar de haber alentado la guerra contra España para quitarle Cuba, Puerto Rico y Filipinas, además de la injerencia en Panamá para separarla de Colombia en 1903.

Ahora queda ver qué impacto tiene en el Comité Nobel y en las urnas de noviembre la postal de la firma del acuerdo árabe-israelí.

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Claudio Fantini

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