Lunes 16 de mayo, 2022

MUNDO | 07-11-2020 14:32

Donald Trump: el presidente que polarizó a Estados Unidos

La elección fue un reflejo de sus cuatro años en el poder, en los que gobernó como un activista provocador y sectario, en lugar de hacerlo como un estadista.

No es una ideología. Es un método. Y se aplica por igual a izquierda y derecha. Las principales claves de ese método son: dividir la sociedad, inocular odio político en la fractura, tratar al adversario como “enemigo” y señalar a los medios de comunicación como parte fundamental de una conspiración.

La otra clave del método es convertir en núcleo duro de apoyo a sectores de la sociedad y de la política que lleven tiempo sintiéndose relegados y silenciados por una ideología convertida en dominante por las elites tradicionales del poder. Sectores que la cultura política imperante haya encerrado en el placar, por considerar que sus convicciones y opiniones son anacrónicas y despreciables.

Este modo de construir liderazgo y poder hegemónico muestra ejemplares de izquierda y de derecha. La diferencia es que los ejemplares derechistas están asesorados por intelectuales que se nutren la de fuente original: el jurista alemán Karl Schmitt, inspirador de líderes totalitarios del siglo 20; mientras que los ejemplares izquierdistas son asesorados por intelectuales que abrevan en lúcidos filósofos que reciclaron para las izquierdas del siglo 21 las ideas del autor de “El Concepto de lo Político”, como Chantal Mouffe y Laclau.

El método. Donald Trump es uno de los más notables exponentes del método en la vereda conservadora. Lo tomó de ideólogos ultraconservadores como Steve Bannon y otros exponentes de la “alt right” y le resultó como un traje hecho a medida de su personalidad y sus instintos políticos.

Desde las primarias republicanas empezó a dividir la sociedad, azuzar el aborrecimiento político, describir al adversario como enemigo, atacar a los grandes medios acusándolos de conspirar y sacar del placar a los sectores que se sentían avasallados por una cultura política impuesta por la elite liberal.

Así como en Argentina el kirchnerismo reivindicó lo que parecía irreivindicable, el montonerismo, y desenterró a los marxistas sepultados bajo el muro de Berlín, Trump le dio voz a los racistas, los homofóbicos, los anti-inmigración, los enemigos del feminismo, los amantes de la posesión de armas, los fundamentalistas bíblicos, y otros sectores que acumulaban rencor contra la cultura política liberal-demócrata.

La eficacia del método es demoledora, pero debe completarse con la economía para poder conquistar el poder y convertirlo en un bastión inexpugnable. Hugo Chávez lo logró con el precio del petróleo, y Nicolás Maduro tuvo que convertirse en dictador lizo y llano cuando el crudo se derrumbó, mientras que el kirchnerismo empezó a perder elecciones desde que empezó a caer la soja.

Parece absurdo poner en el mismo estante a líderes que esgrimen ideologías tan opuestas, pero tratándose del método de construcción de poder hegemónico, es lo que corresponde.

Núcleo duro. A Trump, el crecimiento económico le sumó a su núcleo duro el respaldo de desocupados que volvieron a tener empleo, comerciantes y pequeños empresarios que acrecentaron sus ganancias, profesionales que mejoraron sus ganancias, etcétera. Esos sectores que sin ser derecha dura votaron a Trump, constituyen el “voto oculto” que desbarató otra vez lo vaticinado por las encuestas, porque cuando el encuestador les pregunta a quien van a votar, ocultan con pudor de “bien pensante” la verdad de su decisión electoral.

El magnate neoyorquino cumplió también a la perfección otra regla de oro del método: no moderarse ni cambiar nada en su conducta una vez alcanzada la presidencia, gobernando como un activista provocador y sectario, en lugar de hacerlo como un estadista que representa a toda la sociedad y no sólo a sus adherentes más fervientes y radicalizados.

En esos segmentos hay ultraconservadores de la sociedad norteamericana, no importa si la pandemia mostró un presidente irresponsable y diletante. Lo que le importa es que colonizó la Corte Suprema ocupando el asiento de la fallecida jueza ícono del progresismo, Ruth Bader Guinsburg, con la ultraconservadora y fundamentalista bíblica Amy Coney Barret. Esa joven magistrada furiosamente antiabortista y antifeminista, en el terreno de la filosofía del derecho y el constitucionalismo, se sitúa en la vereda de los “originalistas” que defienden la aplicación literal de la Constitución, sin interpretarla ni adecuarla a la realidad actual.

Mientras Donald Trump piloteaba en persona la designación express de Coney Barret, el senador Mitch McConnell concluía su trabajo de colmar tribunales y cortes estaduales con originalistas, fundamentalistas bíblicos y otras variantes del conservadurismo duro.

Justicia. Por eso no extrañó que, en la madrugada siguiente a la jornada electoral, Trump apareciera hablando del fraude que vaticinaba desde hace meses y, aplicando una suerte de absurdo per saltum sobre los pronunciamientos de tribunales y cortes estaduales, dijo que llevaría la denuncia a la Corte Suprema que está estrenando su desbalance conservador con la asunción de Coney Barret.

A esa altura, Estados Unidos debía estarse preguntando si no urge modificar el sistema electoral para corregir su anomalía de origen. Salvo Maine y Nebraska, todos los demás estados otorgan la totalidad de los electores al candidato que obtiene más votos, aunque gane por una diferencia ínfima.

Cuando la Convención de Filadelfia que creó la Constitución en 1787, estableció esa modalidad en el artículo 2, tenía un sentido y una explicación: el celo de los Estados a la hora de delegar poderes a un supra-estado federal. Pero desde hace tiempo ha perdido toda razonabilidad y limita el buen funcionamiento del sistema a los comicios con un claro y contundente ganador, porque en los comicios con alta paridad, el sistema naufraga y puede generar la injusticia absurda de consagrar ganador al candidato derrotado en el voto de los ciudadanos.

Ocurrió en la primer mitad del siglo 19, favoreciendo a John Quincy Adamas, y en la segunda mitad de esa misma centuria consagrando a Rutherford Hayes y a Benjamin Harrison. Mientras que en el siglo 21 favoreció a los derrotados por Al Gore y por Hillary Clinton: George W. Bush y el propio Trump.

Reglas. La paridad del resultado entre Biden y el presidente republicano reactualiza la necesidad de cambiar esa regla de juego que sólo funciona cuando los votos populares coinciden con los votos de los electores, lo cual ocurre cuando la diferencia entre el ganador y el segundo es muy amplia, con la excepción del duelo Kennedy-Nixon, en 1960.

Trump sigue amenazando con no reconocer el resultado. No hay antecedentes de que un presidente denuncie fraude, y el único caso en el que no se reconoció el resultado ocurrió en 1860, cuando Lincoln venció a sus tres contrincantes pero los estados del sur desconocieron ese resultado. La consecuencia fue una crisis institucional y política que desembocó en la Guerra de Secesión.

Por eso resultó inquietante que el presidente renovara su velada amenaza. Las lentes enfocaron entonces al Partido Republicano: ¿será capaz de contener a un presidente que pone en riesgo la institucionalidad, como lo hizo al tomar distancia de Nixon en el caso Watergate? ¿O actuará con la complicidad con que actuó Mitch McConnell y los senadores conservadores en el juicio político por el caso ucraniano?

El resultado. Trump siempre se colocó al margen de las reglas. Y lo hizo una vez más ni bien percibió que podía estar perdiendo en las urnas. Una cantidad inédita de norteamericanos ha votado por un candidato gris. Los votos de Biden no fueron por Biden, fueron por Trump o contra Trump. El mayor mérito de Biden es no ser Trump. Con eso basta para simbolizar todo lo que pone en peligro el magnate neoyorquino.

A Biden le alcanza con no irradiar egolatría; con no insultar ni hacer bullyng; con tener un carácter sereno, un porte discreto y una sonrisa amigable. Todo eso es la contracara de la arrogancia supremacista, la grandilocuencia escénica y la sonrisa triunfalista de Trump.

El ex vicepresidente no tuvo profundidad discursiva ni supo explicar la cuestión medular de la contienda. Quienes lo votaron, en realidad votaron para sacar del escenario a quién lo monopolizó con agresiva aparatosidad.

Contra Trump votaron los que entienden que el Estado de Derecho se basa en equilibrios, no en descompensaciones. Y quienes sienten agobiante la atmósfera que impone su personalismo exuberante.

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Claudio Fantini

Claudio Fantini

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