Viernes 9 de diciembre, 2022

MUNDO | 21-11-2022 00:14

Donald Trump en su laberinto

Esperaba que las urnas le abrieran el regreso al poder, pero quedó debilitado ante los demócratas y desafiado en su propio partido.

En el alma de Estados Unidos se baten en eterna pulseada dos espíritus contrapuestos: uno es conservador y el otro es liberal-progresista. El espíritu conservador es moralista, fundamentalista en la religión y profesa la adoración del mercado. Además, ama la libre posesión de armas tanto como aborrece las regulaciones económicas y las políticas sociales.

Su contracara, el espíritu liberal-progresista, no está en contra del mercado pero rechaza la miniaturización del Estado, porque lo considera clave para promover equidad social. Y es partidario de la secularidad en las leyes, en la salud pública y en el sistema educativo.

A los comicios de medio término, el espíritu liberal-progresista parecía llegar abatido, sin fuerzas para resistir el embate de la contraparte. Pero en las urnas sorprendió saliendo a cortarle el paso al espíritu conservador. Lo puso de pie el retroceso que implicó el derribo del derecho al aborto (vigente desde 1973) por una Corte Suprema que Donald Trump había descompensado al imponer una mayoría conservadora, traicionando su tradición del equilibrio.

No fue el liderazgo de Joe Biden lo que levantó la muralla de votos demócratas que cortó la “ola roja” que anunciaba Trump y vaticinaban las encuestas. Lo que convirtió en ventisca el esperado huracán conservador, fue el pavor que genera el magnate neoyorquino y el yihadismo ultraconservador que se adueñó del Partido Republicano.

Siempre hubo exponentes de un derechismo exacerbado en el partido de Ronald Reagan. El senador por Wisconsin Joseph McCarthy y sus “cacerías de brujas” le pusieron el rótulo de “macartismo” a la década del ‘50. Barry Goldwater encabezó la reacción más agresiva contra los derechos civiles y el “welfare sate” en los años de Kennedy y Luther King. Después aparecerían otras figuras extremas, como Pat Buchanan.

El extremismo reapareció contra el gobierno de Clinton, con el Tea Party y personajes desorbitados como Newt Gingrich. Pero la radicalización que imprimió Trump llegó hasta el golpismo, con su intento de destruir el proceso electoral en el que fue derrotado.

La medianía de Biden desalentaba el voto de los propios y alentaba a que los republicanos salgan a votar en aluvión. Si el huracán que iba a arrasar a los demócratas no pudo siquiera despeinarlos, fue porque despertó el espíritu liberal-progresista. No fue amor por Biden sino espanto por Trump y por la deriva extremista de los republicanos, lo que despabiló el voto en defensa propia de los que no quieren perder derechos conquistados.

En la elección de medio término Biden pudo suspirar aliviado. En cambio Trump recibió dos bofetadas: la reacción demócrata lo dejó sin el triunfo que le daría el mejor marco para lanzar su candidatura y, en el Congreso, sin mayorías para imponer un impeachment que saque a Biden del Despacho Oval. En lugar de encontrar la autopista que lo lleve de nuevo a la Casa Blanca, encontró un camino de cornisa, tortuoso, incluso para llegar a la postulación republicana.

El resultado fue el mejor posible para Ron DeSantis y el peor para el magnate inmobiliario. El gobernador de Florida logró una reelección apabullante, que lo fortalece aún más en la interna de su partido porque el huracán republicano terminó apenas en ventisca.

Trump siguió fanfarroneando porque está en su naturaleza. Pero quedó debilitado porque los candidatos que designó fueron derrotados. El contraste con la muralla demócrata cortando la “ola roja” y los candidatos de Trump despatarrados, resaltó más la victoria de DeSantis.

Si Trump pudiese controlar la furia negligente que desata su egolatría herida, no habría acusado a DeSantis de “desleal” cuando lo que debía hacer era felicitarlo. Para el ex mandatario, cuando los periodistas le preguntaron si en el 2024 competiría en las primarias por la candidatura presidencial, DeSantis debió decir “no; el candidato será Trump”. Pero no fue eso lo que respondió y Trump estalló mostrando ira y debilidad. También exhibió su costado más miserable al amenazar con revelar secretos que destruirían la reputación de DeSantis. Chantaje a cielo abierto.

Habrá que ver si esa extorsión funciona con un moralista que posa de santurrón. Lo que ya está a la vista, es que la gran marcha de retorno a la Casa Blanca chocó contra un muro de votos demócratas.

La pelota estaba picando en la puerta del arco pero al pope republicano no le alcanzó la pierna para hacerla entrar. De por sí, en los comicios de medio término normalmente gana quien está en la oposición, porque la regla es equilibrar la relación de fuerzas. Por cierto, hay excepciones, como el triunfo republicano en el primer medio término de George W. Bush; excepción causada por el apocalíptico 11-S: fue el primer ataque en el territorio desde Pearl Harbor, y cuando los norteamericanos son atacados procuran fortalecer al gobierno, no debilitarlo.

Aesa regla de las “midterms” se sumó la medianía de la administración demócrata y el impacto de una alta y persistente inflación. Biden comenzó con la vergonzosa retirada de Afganistán, en parte compensada por el posterior asesinato en Kabul del líder de Al Qaeda, Aymán al Zawahiri. A renglón seguido, el presidente naufragó en la frontera sur, donde se acumularon olas de inmigrantes. Y llegó a la mitad del mandato con inflación, aumento del delito y la razón biológica que podría impedirle buscar un segundo mandato: tendrá 80 años, con un cuerpo y una mente que a menudo muestran fatigas y fragilidades.

Agravando la debilidad demócrata, no aparecen figuras que garanticen competitividad en los comicios del 2024. Se suponía que el volumen político de Kamala Harris crecería en la vicepresidencia, pero eso no ocurrió. Para colmo apareció una fisura interna que muestra la debilidad del liderazgo interior de Biden, cuando Nancy Pelosi viajó a Taiwán, provocando una reacción de China que impactó contra los esfuerzos del secretario de Estado, Anthony Blinken, para que Xi Jinping no ayude a Vladimir Putin a salirse con la suya en Ucrania.

Con todo eso a su favor, Trump no pudo cantar victoria. De Santis y la resistencia demócrata en las urnas lo dejaron sin festejo.

¿Qué haya aparecido una figura con posibilidad de arrebatarle la candidatura de los conservadores implica que el Partido Republicano vira hacia el centro tras décadas de deriva extremista? Para nada.

Ronald Dion DeSantis es menos caricaturesco que Trump, pero está más cerca del fundamentalismo evangélico y del ultra-conservadurismo.

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Claudio Fantini

Claudio Fantini

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