Sunday 26 de May, 2024

MUNDO | 24-04-2023 12:52

Francia y las batallas de Macron

El presidente francés enfrentó masivas protestas. Blindaje jurídico y desafío al liderazgo norteamericano en Occidente.

El espíritu de Charles de Gaulle deambula por los pasillos del Palacio Eliseo. En un puñado de días, Emmanuel Macron pasó de un escenario similar al que terminó sacando del poder al creador de la Quinta República, a desafiar la influencia de Estados Unidos sobre Europa como lo hizo el general que, desde 1940, encarnó el orgulloso nacionalismo francés.

De Gaulle hizo renunciar a su primer ministro, Georges Pompidou, y tomó medidas autoritarias para sofocar las protestas del llamado Mayo Francés, que sacudió el país en 1968. Pero se debilitó y poco después debió dejar la escena política, recluyéndose hasta el final de sus días en Colombey-les-Deux-Eglises. Aquel movimiento contestatario que engendró líderes estudiantiles como Daniel Cohn-Bendit y Alain Krivine, terminó perdiendo la pulseada con el conservadurismo, que en las elecciones del año siguiente volvió al poder con un resucitado y fortalecido Pompidou.

Macron había cedido ante los “chalecos amarillos” cuando eliminó los aumentos del combustible diesel del presupuesto del 2019, tal como lo exigían las manifestaciones del turbulento fin de año del 2018. Pero no cedió ante las protestas contra la reforma que eleva la edad jubilatoria de 62 a 64 años.
Tampoco tomó medidas autoritarias ni echó a su primera ministra, Elisabeth Borne. Lo que hizo fue llevar el tema al Consejo Constitucional, que aprobó 30 de los 36 artículos. De ese modo, blindó los cambios en las jubilaciones.

Habrá que ver si su victoria se mantiene o si las protestas iniciaron un proceso de debilitamiento como el que empezó a consumir la popularidad del general en las barricadas ardientes del Mayo Francés. Para que no le ocurra lo mismo, Macron sacó una carta que De Gaulle había sacado diez años antes de las protestas de 1968: el nacionalismo francés desafiando al liderazgo norteamericano.

El militar que había “puesto a Francia de pié” contra la ocupación nazi y el régimen de Vichy mediante un histórico mensaje por la BBC, nunca digirió que Eisenhower obligara a franceses, israelíes y británicos a cesar la guerra contra Egipto que habían lanzado en 1956, cuando Nasser nacionalizó el Canal de Suez. En ese momento, no tuvo alternativa y cesaron las acciones militares. Pero a partir de entonces invirtió sus energías en dotar a Francia del arsenal nuclear que le permita librarse de acatar órdenes de Washington.

El líder de la Quinta República no proponía que Europa occidental rompa con Estados Unidos, sino que tenga su propia agenda y trate de igual a igual con la potencia americana. Lo mismo planteó Macron en su viaje a China, donde tuvo expresiones desafortunadas en términos políticos y estratégicos. Dijo que Europa no debe complicar su relación con China por Taiwán, lo que sonó a cheque en blanco a Xi Jinping para que invada la isla cuando lo crea conveniente. Parecía hablar en nombre de Europa mientras relegaba a un segundo plano a Úrsula Von Der Leyen, a pesar de que la presidenta de la Comisión Europea realizaba con él esa visita.

La agenda del presidente francés apuntaba a que Xi reduzca al mínimo su cooperación con Rusia, negándose a proveerle armamento y presionándola para que no utilice armas nucleares. Pero sus expresiones sobre Taiwán implican instar a Europa a no dejarse arrastrar por Estados Unidos a una confrontación con China, aunque tratando de dejar en claro que Xi no debe precipitar acontecimientos en la isla. Por cierto, el avance norteamericano a establecer un cerco geopolítico en el Mar Amarillo y el Mar Meridional de China, no parece una política prudente. Acorralar al gigante asiático que forjó su nacionalismo en las humillantes injerencias occidentales del siglo 19 y principios del siglo 20, puede llevar al mundo a una conflagración de consecuencias apocalípticas.

Como plantea Macron, la UE debe buscar que el mundo no vuelva a una confrontación Este-Oeste en la que China sea el enemigo de Occidente, sino mantenerla dentro de un sistema de coexistencia y cooperación, resolviendo cuestiones como la de Taiwán con negociaciones que resguarden los intereses de ambas partes.
Sin embargo no parece estar impulsando su visión de una manera acertada. Lo dicho por Macron sobre la disputa entre Beijing y Taipei sonó divisivo para las potencias occidentales y permisivo para los planes de ocupación militar que China cada vez oculta menos.

El líder galo tiene sólidas razones en la cuestión de fondo, pero se equivoca en las formas. Igual que con la reforma de las jubilaciones. Nadie puede acusarlo de no haber anunciado lo que haría con el sistema previsional. La reforma fue parte del programa presentado en la campaña electoral. Lo que no había anunciado es que la impondría sin el voto del Congreso, mediante un decreto.

Gran parte de la indignación social que se convirtió en masivas manifestaciones, no tiene que ver con el fondo sino con la forma. Y la forma no es una cuestión menor. Macron está convencido de que esta ampliación de la edad jubilatoria, todavía menor que la de muchos de los vecinos europeos, era totalmente necesaria para que el régimen de pensiones no colapse en pocos años, estrangulado, sobre todo, por el crecimiento de la longevidad y el decrecimiento de la natalidad de los franceses. Apuesta a que este logro genere confianza que atraiga a la inversión privada, para alejar el horizonte de colapso del sistema previsional. Ahora bien, su logro no le serviría para otra reelección porque la reforma constitucional del 2008 estableció que el presidente de Francia sólo puede ser reelegido de manera inmediata una vez.

Como el costo de esta reforma ha sido muy alto en materia de respaldo social, a Macron le costará dejar un sucesor en el Palacio Eliseo. Las encuestas muestran que la más beneficiada por el descontento que causó el modo de imponer la reforma es la líder de la ultraderecha, y Marine Le Pen  que ya se comprometió a revertirla ni bien se convierta en presidenta. Lo mismo haría el izquierdista Jean-Luc Melenchon.

¿Macron calculó mal al imponer esta reforma del modo que lo hizo, o su acierto es tan grande que valía la pena pagar el precio en protestas e impopularidad? Se sabrá en los próximos años. De momento ha vencido a las manifestaciones porque el pronunciamiento del tribunal constitucional da un blindaje a la reforma. Pero De Gaulle también había sofocado a los jóvenes que proclamaban “la imaginación al poder” y, poco después, tuvo que dejar la presidencia y recluirse en La Boisseirie, mansión decimonónica de la campiña donde se recluyó hasta el final de sus días.

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Claudio Fantini

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