MUNDO | 15-12-2023 09:22

Fujimori: el primer antisistema

Alberto Fujimori, el autócrata que inauguró el ciclo de outsiders en América, quedó en libertad reabriendo la grieta que divide al Perú

ostrarlo enjaulado y con traje a rayas fue exhibir la presa como un trofeo del cazador. Detrás de las rejas y vestido como presidiario, Abimael Guzmán era la imagen misma de la derrota. El gran vencedor en aquella postal de 1992 era Alberto Kenya Fujimori.
Todo Perú ovacionó la captura y exhibición humillante del líder de Sendero Luminoso, la lunática y sanguinaria guerrilla que asoló el país en la década de los ochenta.

Abimael Guzmán se inspiraba en el líder maoísta camboyano Pol Pot y su ejército genocida, el Khemer Rouge. En sólo diez años, los senderistas habían perpetrado 23 mil atentados, causando 25 mil muertes, 6 mil desapariciones y hasta 600 mil desplazamientos forzosos, además de pérdidas materiales por más de 21 mil millones de dólares.

La postal del profesor de Filosofía que creó y lideró a Sendero Luminoso en una jaula y con traje a rayas, es el antecedente de los videos en los que Nayib Bukele, el mejor discípulo de Fujimori, muestra una multitud de hombres casi desnudos y encadenados, cumpliendo una coreografía de rasgos totalitarios en monumentales cárceles salvadoreñas.

Fujimori

El primer ejemplar del “antisistema” irrumpió en Perú en 1990 y luego se multiplicó por todos los rincones del planeta. Fujimori terminó huyendo a Japón y, posteriormente, atrapado y encarcelado por crímenes de lesa humanidad en Perú. Pero a esa altura, el modelo del anti-sistema daba brotes en grandes potencias y en países emergentes.

El norteamericano Donald Trump, el filipino Rodrigo Duterte y el brasileño Jair Bolsonaro entre otros, tenían como antecedentes al japonés étnico que llegó a la presidencia de Perú venciendo nada menos que a una celebridad literaria: Mario Vargas Llosa. Su eficacia para obtener éxitos rutilantes actuando desde las antípodas de la clase política tradicional, le otorgó otro retrato victorioso aunque más oscuro y controversial que el anterior: fue el cazador retratado con el pie sobre su presa muerta.

El cadáver estaba en la mitad de la escalera. Hasta esos escalones ensangrentados subió el presidente. En la foto junto al cuerpo acribillado del comandante Cerpa Cartolini, a Fujimori sólo le faltó poner un pie sobre el cadáver y sostener un arma humeante.
Esa imagen retrataba en profundidad al ingeniero agrónomo que pasó del decanato de una facultad de ciencias agropecuarias a la presidencia de Perú. No tenía escrúpulos a la hora de ejercer el poder y de mostrarlo.

Fujimori

El cadáver del jefe guerrillero era el mensaje: eso le pasa a quienes como Néstor Cerpa Cartolini desafían el poder de “el chino”, como llaman los peruanos al primer hijo de japoneses que llegó a la presidencia. La foto que lo retrató junto a su presa, marcó la victoria sobre catorce comandos del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA) que habían asaltado la residencia del embajador del Japón y tomado de rehenes a los diplomáticos, empresarios y altos funcionarios que asistían a la celebración del cumpleaños del emperador Akihito, en diciembre de 1996.

Haber acabado con los senderistas y con el MRTA, coronando su éxito contrainsurgente con la letal Operación Chavín de Huantar, que liberó la residencia del embajador nipón salvando a los rehenes, fue la principal fuente de popularidad de Fujimori. Aquel presidente peruano que llegó al poder por la vía democrática pero en 1992 cerró el Congreso y se convirtió en autócrata, fue el antecedente que parece inspirar a Nayib Bukele, el presidente salvadoreño que actuando por encima de la Ley aplastó a las maras, poderosísimas pandillas narcos que llegaron a ser una fuerza de ocupación en el país centroamericano.

El precio que pagó Perú por los “éxitos” de Fujimori  fueron las masacres de La Cantuta y de Barrios Altos, cometidas por el clandestino Grupo Colina, entre muchos otros crímenes que incluyeron el espionaje y la extorsión a dirigentes de todos los órdenes además de corrupción en gran escala, aplicación de torturas en las cárceles y secuestros de periodistas y empresarios.
Hubo otras aberraciones totalitarias, como la orden de esterilización forzosa a cientos de miles de mujeres indígenas.

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“El Chino” fue el eficaz jefe de un régimen facineroso. Su última tropelía fue el intento de fraude en la elección que perdió frente a Alejandro Toledo. Pero que lo defiendan los familiares de las víctimas del terrorismo y la guerrilla, así como los cientos de miles de peruanos que se sentían amenazados y con libertades cercenadas por la violencia de aquellas organizaciones armadas, es totalmente comprensible.

El indulto humanitario que le concedió y por el que perdió la presidencia Pedro Pablo Kuczinski en el 2017, fue por el acuerdo de ese mandatario con Kenji el hijo del autócrata encarcelado por sus crímenes de lesa humanidad. Kuczinski pidió a cambió que el fujimorismo lo dejara gobernar, cesando todas las acciones de boicot y sabotaje que aplicaba desde el Congreso bloqueando las iniciativas del gobierno.

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El indulto quedó suspendido por objeción en la Justicia, pero finalmente el tribunal constitucional declaró su validez, poniendo fin a catorce años de encarcelamiento por una condena de 25 años. El debate sobre si actuó bien o mal el tribunal que lo liberó, dividirá bibliotecas durante décadas. 

No obstante, una razón categórica es la que llevó a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de la Organización de Estados Americanos (OEA) a rechazar el fallo del foro judicial peruano que sacó al ex presidente de prisión. Lo que está fuera de discusión son, paradójicamente, las razones de que tantos peruanos defiendan a un personaje cuyas acciones también justifican totalmente el desprecio que por él siente un porcentaje inmenso de la población peruana.

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Claudio Fantini

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