Martes 21 de septiembre, 2021

MUNDO | 27-02-2021 11:40

Las protestas españolas hacen tambalear a la monarquía

No son los raps de Pablo Hasél los que sacuden el trono de Felipe VI. Son los sobornos acumulados en cuentas secretas de bancos suizos los que están carcomiendo la corona borbónica.

En el de María Elena Walsh “nada el pájaro y vuela el pez”, pero en el “reino del revés” español, el que robó está libre y el que denunció el robo va preso. Esa fue la sensación que hizo estallar la ira juvenil que comenzó con aires de Mayo Francés pero después revivió la pesadilla de la “cale borroka”, violencia callejera con que los “cachorros de ETA” atormentaban ciudades vascas mediante una guerrilla urbana organizada en cuadrillas.

También en Madrid, Valencia, Bilbao, y sobre todo en Barcelona y otras ciudades catalanas, las manifestaciones espontáneas abrieron camino a una violencia organizada y profesional. Los destrozos terminaron tapando la causa inicial de la indignación, que fue la sensación de “reino del revés” que causó ver la detención de un joven rapero por criticar a un rey que robó pero viaja libre y sin procesamientos.

En rigor, hay otras paradojas en este “reino del revés”. Por caso, que indigne tanto el encarcelamiento de un rapero que logró fama por decir barbaridades. ¿Por qué sorprende que vaya preso alguien que irradia odio político y defiende el accionar criminal que ejercieron ETA y GRAPO, merodeando también la exaltación del terrorismo genocida de ISIS y Al Qaeda?

Los mensajes cantados y escritos de Pablo Hasél llegaron a incitar al asesinato. “Te mereces un tiro”, le dice en un rap al alcalde de Lleida, Angel Ros. Decir cosas horribles y cargadas de violencia explicaría la notoriedad de Hasél, más que una producción artística sin profundidades ni riquezas creativas. Sin embargo, hasta un artista tan lúcido, prolífico y enriquecedor como Joan Manuel Serrat criticó la detención del rapero. Y tiene razón.

Ver que encarcelan al autor del hit “Juan Carlos el Bobón” y no al Borbón que atiborró cuentas secretas en bancos suizos y en paraísos fiscales con dinero que provendría de sobornos, hizo que muchos españoles se sientan súbditos del reino del revés. ¿Qué otra sensación puede causar que lleven preso al joven que ataca con burlas al rey emérito mientras el monarca atacado acumula denuncias pero está libre y sin procesamientos?

Juan Carlos de Borbón ha causado a la monarquía española el mayor daño, pero quien va preso es el rapero que lo denuncia con canciones. Al rey de la foto junto al elefante que mató en un safari, el mismo que compartía con su amante alemana millones de euros presuntamente obtenidos mediante sobornos, lo está protegiendo Mohammed Bin Rashid al Maktoum, emir de Dubai y primer ministro de Emiratos Árabes Unidos acusado de tener secuestrada a su hija Latifa. Y mientras pasea con su séquito de guardaespaldas por Abu Dabi, en España encarcelan al rapero que lo describe como mujeriego y corrupto.

Por cierto, existen leyes que explican la paradoja, pero es inevitable que indignaran al aplicarse en casos como éste. Eso detonó la rebelión que comenzó con aroma a la protesta juvenil que, en 1968, puso París patas para arriba y le costó el cargo de primer ministro a George Pompidou.

Si con el correr de los días, las manifestaciones en España empezaron a parecerse a la “cale borroka” de los jóvenes etarras (que también había empezado con protestas serenas de la “juventud abertzale”), es porque además de la indignación entendible y la defensa de la libertad de expresión, se produjeron conspiraciones extremistas. Pero está claro que a Hasél lo fortaleció el encarcelamiento, porque al sistema le molestaron menos sus elogios de la violencia que las tremebundas críticas a Juan Carlos. Y eso resulta indignante. Más aún cuando sobre el escenario político hay un desfile incesante de escenas vergonzosas.

El ex tesorero del Partido Popular vomita confesiones que muestran la extensión de la debacle moral conservadora. La mancha de la corrupción que describe Luis Bárcenas alcanzó a Mariano Rajoy y avanza hacia José María Aznar.

En el mismo escenario, la ex presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, guarda silencio mientras van a prisión una colaboradora suya y una docente universitaria por haber perpetrado un fraude académico para que ella obtenga una maestría sin haber cursado ni presentado trabajo alguno. Y en medio de los escándalos, Pablo Casado intenta rescatar al PP mudando la sede partidaria del emblemático edificio de la calle Génova. Como si la dirigencia de un club intentara revertir una racha de derrotas cambiando de estadio, en lugar de cambiar jugadores y cuerpo técnico.

Ante semejante espectáculo de decadencia, la detención del rapero fue la chispa que causó la explosión. No es su escaso talento artístico sino su agresiva provocación y su impresentable desmesura lo que lo visibiliza. Y la cárcel lo hace víctima de una polémica ley que impone prisión al “delito” de agraviar la corona.

El mayor aporte a España que hizo Pablo Hasél fue su encarcelamiento, porque puso en evidencia una legislación contraria a la libertad de expresión. Al fin de cuentas, una democracia es mejor permitiendo que se digan incluso cosas horribles, como las que ha dicho el rapero, que apresándolo por haberlas dicho. Más aún si se percibe que no lo condenan por sus obtusos enaltecimientos del terrorismo, sino por sus ataques a un rey cuya decadencia lleva tiempo perjudicando al Estado.

A España no le sobran razones para abrazar la monarquía y respetar el sello Borbón. Juan Carlos I creó legitimidad resignando el poder absoluto que heredó de Franco, para que nazca una democracia que dio a las comunidades ibéricas derecho a la autonomía, la lengua y la cultura propias.

Ese rey elegido por el dictador pasando por encima de su padre, no habría podido conservar los poderes dictatoriales que había recibido. Pero supo darse cuenta y también supo percibir el signo de los tiempos, invirtiendo ese poder autoritario en la creación de una democracia. Esa acción fue la que legitimó la restauración monárquica y la dinastía de origen francés que, desde la Guerra de Sucesión, ha impuesto doce reyes en España.

Si el monarca que creó una legitimidad para su corona, se hunde en el desprestigio por sus indecencias y negligencias, la deslegitima. No son los raps de Pablo Hasél los que sacuden el trono de Felipe VI. Son los sobornos acumulados en cuentas secretas de bancos suizos los que están carcomiendo la corona borbónica.

 

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Claudio Fantini

Claudio Fantini

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