MUNDO | 20-02-2022 11:29

Rusia versus Ucrania: quién pegó primero

Putin culpa a Ucrania de haber iniciado la cadena de tensiones que desembocó en esta escalada militar. Pero una revisión de los acontecimientos parece demostrar lo contrario.

El primer ataque no fue con misiles ni balas de Kalashnikov, sino con gotitas de dioxina. La pusieron en la copa de Viktor Yuschenko los agentes del SBU, heredero ucraniano del KGB, durante una cena con altos funcionarios a la que tuvo la pésima idea de aceptar la invitación. Poco después comenzó a sentir dolores brutales en su espalda mientras la cara se le desfiguraba.

Era el candidato de la coalición pro-europeísta que, según las encuestas, iba a derrotar en las urnas a Viktor Yanukovich, el candidato del pro-ruso Partido de las Regiones.

A la popularidad que le dieron sus aciertos como titular del Banco Central de Ucrania, se sumaba tener el aspecto de un actor de Hollywood. A la mayoría de las mujeres, Viktor Yuschenko le parecía un hombre muy atractivo, con rostro de galán de telenovela. Ahí precisamente apuntó el primer ataque ruso contra la dirigencia pro-europea.

El alto grado de síntesis que requiere producir esos niveles de dioxina sólo podía ser producido en Rusia, según el Fiscal General Alexsandr Medvedko. Eso tenían las gotitas que el gobierno pro-ruso hizo poner en la copa del candidato anti-ruso aquella noche de setiembre del 2004.

Aún con la cara desfigurada y atenazado por dolores, Yuschenko venció en las urnas a Yanukovich. Pero la nomenclatura pro-rusa intentó una última trampa perpetrando un fraude tan visible y grosero que hizo estallar la “Revolución Naranja”. Aquella ola de protestas logró que se anulara la elección arruinada por el fraude, y se ordenara una nueva votación.

Yuschenko ganó en el 2004, pero durante su presidencia la coalición pro-europea se resquebrajó por los roces entre el presidente y la primer ministra Yulia Timoshenko, permitiendo que los pro-rusos regresaran al poder en la siguiente elección, aunque luego volverían a perderlo.

El hecho es que el rostro deformado de Yuschenko es la prueba de la injerencia del Kremlin en los gobiernos de Ucrania, un país cuya sociedad es como la efigie Jano, la deidad de la mitología romana con dos rostros contrapuestos que miran en direcciones exactamente opuestas.

Una de las caras del Jano ucraniano mira hacia Rusia y la otra mira hacia la Unión Europea. La fuerza que hace la primera hacia el Este y la segunda hacia el Oeste lleva años resquebrajando el mapa a la altura del Donbáss.

Para el Kremlin, al primer golpe lo dieron los pro-europeos cuando, violando el espíritu de la Comunidad de Estados Independientes (CEI) que proclamaron en 1991 al disolver la URSS, los gobiernos de los tres estados eslavos (Rusia, Ucrania y Bielorrusia) empezaron a buscar el ingreso a la Unión Europea.

Una de las cláusulas para integrar la UE es incorporarse también a la OTAN. Los socialistas españoles siempre habían sido anti OTAN pero, cuando llegaron al gobierno tras firmar el Pacto de la Moncloa y aceptar el ingreso de España a la por entonces Comunidad Económica Europea, fueron los que incorporaron el país a la alianza atlántica.

Los ucranianos pro-europeístas tienen menos problemas ideológicos que los que tuvo el PSOE de Felipe González y Alfonso Guerra para entrar en la OTAN, porque siempre vieron a Rusia como un imperio colonizador de sus alrededores y como una amenaza a la independencia y la libertad de Ucrania.

Para el nacionalismo ruso, que es eslavista, los países eslavos deben alinearse con Rusia. Por eso consideró como primera agresión el giro ucraniano hacia la Unión Europea.

Para el nacionalismo ucraniano, Kiev no debe someterse al “dictat” de Moscú. Por eso consideró como una intromisión inaceptable cuando el Kremlin obligó al gobierno ucraniano, en el 2013, a suspender la firma del Acuerdo de Asociación y el Acuerdo de Libre Comercio con Bruselas, haciendo estallar el “Euromaidán”, inmensa ola de protestas contra las injerencias de Moscú y la genuflexión ante el Kremlin de los gobiernos del Partido de las Regiones.

Esa protesta fue brutalmente reprimida con un saldo que alcanzó el centenar de muertos, pero derribó el gobierno pro-ruso que encabezaba Viktor Yanukóvich. La caída de ese gobierno detonó la rebelión separatista en Donbáss, que contó con la asistencia de Moscú en la provisión de armamentos. En el marco de ese tembladeral, Rusia ocupó y anexó la Península de Crimea.

Cuando el ejército ucraniano intentó doblegar la rebelión separatista que proclamó la secesión en Donestk y Lugansk, encontró una resistencia tan fuerte, profesional y dotada de armamentos, que hacía evidente la asistencia y el adiestramiento provisto por el ejército ruso. Más aún, el derribo de un avión de la aerolínea malaya que volaba de Ámsterdam a Kuala Lumpur, fue ejecutado cuando sobrevolaba Donestk con un misil Buc, pieza rusa de artillería antiaérea cuya sofisticada batería de lanzamiento sólo puede haber sido provista por el ejército de Rusia y operada por militares rusos o milicianos adiestrados por militares rusos.

La catástrofe del vuelo MH17 y sus casi doscientos muertos es otra trágica prueba de que Vladimir Putin había iniciado la hostilidad en términos militares antes de la masiva movilización de fuerzas para tender un cerco sobre Ucrania.

Visto desde el nacionalismo ruso, a las provocaciones la iniciaron los ucranianos pro-europeístas al presionar para que el país ingrese a la UE. También se ve a Bruselas como responsable de las tensiones entre Rusia y la OTAN al invitar a Kiev, en el 2008, a incorporarse a la alianza atlántica.

Sin embargo, el rostro del Jano ucraniano que mira hacia occidente siente que el control de Moscú sobre Ucrania se mantuvo tras la disolución soviética, a través de los gobiernos del Partido de las Regiones. Esos gobiernos pro-rusos fueron corruptos, autoritarios y cometieron crímenes políticos como el asesinato del periodista Gueorguiy Gongadze, en el año 2000, por investigar y revelar casos escandalosos de corrupción.

Tras el asesinato del periodista aparecieron grabaciones de conversaciones entre Leonid Kuchma y otros altos miembros del gobierno pro-ruso planteando la necesidad de silenciar a Gueorguiy Gongazde. Poco después apareció muerto el ex ministro del Interior Yuri Kravchenko, quien estaba por testificar sobre el asesinato del periodista. La versión oficial fue que Kravchenko se suicidó, pero es difícil suicidarse con dos disparos en la cabeza.

Los sucesos son muchos, pero a la hora de señalar uno como el primer ataque en estas décadas de tensiones que condujeron hasta el borde de una guerra, aparece el envenenamiento que desfiguró a Viktor Yuschenko.

Antes que los misiles y las balas que alista para lanzar sobre su vecino, lo que lanzó el Kremlin fueron gotitas de dioxina sobre la copa de champán que minutos después bebería el líder de la Revolución Naranja.

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Claudio Fantini

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