Domingo 22 de mayo, 2022

MUNDO | 25-03-2022 00:10

Rusia vs. Ucrania: una invasión retro

Putin apuesta a una guerra militar del siglo pasado, y las potencias de Occidente le responden con un ataque económico.

La invasión de Ucrania puso en valor a la OTAN, cuando parecía condenada a la intrascendencia. Trump había depreciado la valoración estratégica del eje euro-norteamericano y, con Biden, Estados Unidos y el Reino Unido incluyendo a Australia en el AUKUS (la alianza que busca contener a China en los Océanos Indico y Pacífico) parecían dar una vuelta de página que colocaba definitivamente el centro de atención en otro rincón del planeta. Pero todo cambió cuando Vladimir Putin invadió Ucrania.

A pesar de haber rechazado el pedido ucraniano de tropas, negándose también a establecer una zona de exclusión aérea y cualquier acción que conduzca a un choque directo con Rusia, la alianza atlántica se vio revalorizada por esta guerra. Se justificaría sospechar que Washington conocía los planes de Putin y dejó que los lleve a cabo para que la OTAN vuelva a tener razón de ser. En rigor, la hipótesis sería que la CIA supo que el Kremlin planeaba invadir Ucrania. Eso explicaría la bochornosa retirada norteamericana de Afganistán y el abrupto final que tuvo la operación antiterrorista que encabezaba Francia en el Sahel, sin haber vencido a los jihadistas que actúan en Mauritania, Mali, Burkina Faso, Chad y Níger.

La invasión de Ucrania justifica sospechar que, enteradas de ese plan, las potencias de Occidente decidieron retirarse de escenarios periféricos para reforzar Europa central. Pero en esta hipótesis, el objetivo buscado no sería revivir la OTAN para siempre. Habrían dejado que Putin perpetre una catástrofe humanitaria para que se justifique aislar a Rusia hasta la caída del déspota que retrotrajo la historia al último período del expansionismo en Europa: el siglo 20.

Si las imágenes parecen de un documental de la Segunda Guerra Mundial, es porque muestran una guerra del siglo XX, con invasión de países y ocupación de ciudades. Por cierto, hay otros proyectos de expansión territorial en el mundo que muestran que el ciclo no había terminado cuando Irak invadió Kuwait. Pero nadie esperaba verlo en Europa, donde el expansionismo territorial causó las guerras catastróficas que marcaron el siglo pasado.

Putin desarrolló tecnología militar de avanzada, como lo prueban las bombas termobáricas y los misiles hipersónicos, pero no adecuó al siglo XXI la visión sobre su liderazgo mundial. Mientras la lucha por la vanguardia global hoy se da en el terreno económico y la tecnología productiva, el jefe del Kremlin actúa desde un nacionalismo de origen zarista y desde teorías geopolíticas decimonónicas que marcaron el siglo pasado.
De hecho, la geopolítica se había desacreditado porque se valieron de ella liderazgos fascistas avocados a guerras de expansión territorial.

A fines del siglo XIX, el geógrafo alemán Friedrich Ratzel aportó argumentos a los ideólogos del expansionismo, al plantear conceptos como el de “fronteras vivas” que alimentaron las teorías “organicistas” del Estado, que planteó Rudolph Kjellen, de la Universidad de Upsala. Ambos influirían en Haushofer y en otros miembros de la escuela alemana. Mientras, el norteamericano Alfred Mahan tuvo una influencia decisiva en la doctrina marítima que llevó a Estados Unidos a la guerra contra España, que convirtió a la incipiente potencia continental americana en potencia de ultramar al imponerse en Cuba, Puerto Rico y Filipinas.

El salto norteamericano hacia el liderazgo mundial alcanzando al Reino Unido y su oceánico “imperio en el que nunca se pone el sol”, daba la razón a Mahan, hasta que irrumpió la teoría del “Heartland” con la que el británico Halford Mackinder reorientó la geopolítica. El heartland es la “isla mundo”, o sea la mayor masa territorial del planeta: Eurasia. Allí está el bastión geográfico que quisieron conquistar Napoleón y Hitler por lo que implicaba como fortaleza territorial para liderar el orbe.

El enfoque que valoró los continentes por sobre los océanos influyó sobre Alekansdr Duguin, el autor de la “cuarta teoría política” y principal impulsor del “euroasianismo” como fundamento geopolítico de Rusia elevado a nivel de ideología.

Antes de que se escribieran esas teorías, los zares rusos convertían tales concepciones en la cultura política. Por eso el ultranacionalismo ruso es zarista, aunque use ropajes comunistas o republicanos. El ultranacionalismo ruso es paneslavista -sitúa a Rusia en el liderazgo de las demás naciones eslavas-, concibe la política como el ejercicio de un poder concentrado en las manos de un solo hombre, y mide su éxito o su fracaso con los mapas. Si al cabo de su gestión, el territorio creció, fue exitoso; si no creció, fue mediocre y, si decreció, fue un fracaso.

Los zares que crearon el estado ruso lo expandieron desde un primer momento. En el siglo XV, Iván III Vasilievich inició la guerra en Novgorod y al morir había cuadruplicado el territorio del Gran Ducado de Moscovia. Su nieto, Iván IV, al que llamaban “el terrible”, comenzó su reinado anexando los kanatos de Kazán y Astrakán, y al morir, Moscovia llegaba al Mar Caspio en el sur; a los montes Urales en el Este y al Mar Báltico en el norte.
En la historia rusa, los zares destacados son los que, como Pedro el Grande y Catalina II, expandieron el territorio. Y la Unión Soviética fue un logro geopolítico de Rusia, debido al fenomenal hinterland de catorce países que constituyeron su muro geográfico.

Putin libró guerras de conservación territorial (Chechenia) y de expansión hacia el Cáucaso (Georgia). Ahora emprende la expansión hacia el Oeste, con una guerra modelo siglo XX que puede llevar a Rusia a un fracaso.
Podrá imponerse en Ucrania, luego de lo cual es probable que avance sobre Moldavia, país al que ya le amputó el Transdniester. Pero quedar marginado de las relaciones económicas con las potencias de Occidente, es un mal negocio para Rusia. El gigante euroasiático llevaba décadas fortaleciendo su economía. Nunca la sociedad rusa había alcanzado niveles de vida como los que alcanzó en la era pos-soviética. Y eso se logró con grandes inversiones privadas, locales y extranjeras.

Calentamiento global mediante, quedan pocas décadas de uso de hidrocarburos. Perder clientes tan importantes como los europeos, en el tiempo de descuento de esas masivas exportaciones, es el mal negocio que Putin hace por su afán expansionista y su adicción a esquemas geopolíticos.

Es posible que Washington lo dejara ejecutar su plan para que choque contra la actualidad, donde lo que empodera a los países es la proyección económica global y no las pulseadas geopolíticas. El riesgo es que Rusia se “norcoreanice”, convirtiéndose en un gigante marginal que cada tanto desenfunda sus misiles y apunta a Europa para imponer prebendas que le permitan subsistir.

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Claudio Fantini

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