El año comenzó con postales desoladoras. Un príncipe sin trono postulándose como interventor de Estados Unidos y de Israel en Irán, y una líder disidente que, que tras ser humillada por el aspirante a emperador de las Américas, fue a rendirle pleitesía ofrendándole la distinción que despertó en él un rencor que no supo disimular.
Ir a la Casa Blanca y entregarle Donald Trump el símbolo de la distinción política más preciada del mundo fue una segunda humillación de María Corina Machado, pero esta vez auto-infligida.
Una escena con tan poca dignidad como los mensajes de Reza Pahlevi a Washington y Jerusalén prometiendo que, de llegar al poder en Irán, lo primero que hará es desmantelar el proyecto nuclear y reconocer al Estado de Israel. Dos medidas que pueden ser razonables y positivas, pero gritadas a los cuatro vientos cuando el régimen de los ayatolas aún está en pié, exhibe un líder más interesado en ser elegido por las dos potencias extranjeras que por el pueblo al que pretende gobernar.
Sabiendo que la codicia por el Nobel lo resintió con ella cuando fue la elegida del comité noruego, la líder venezolana fue a entregarle a Trump ese premio, como mendigando un lugar en el proceso político del cual fue marginada precisamente por el presidente norteamericano. Un premio a cambio de una porción de poder en el país que el caprichoso líder conservador muestra como su virreinato.
En Venezuela, el magnate neoyorquino sacó un dictador pero dejó la dictadura. Le confirió el poder sobre el terreno a Delcy Rodríguez, la chavista pura y dura a la que Nicolás Maduro hizo vicepresidenta. También dejó en el poder a los peores exponentes del sectarismo autoritario: Diosdado Cabello con el poder represor; Tarek William Saab para encubrir los crímenes y corrupciones de la nomenclatura, y el general Vladimir Padrino López como autoridad militar.
Trump pudo argumentar razones políticas y estratégicas. Extirpar un régimen tan ramificado en el Estado y la sociedad podría generar vacío de poder y una guerra de facciones, convirtiendo Venezuela en un agujero negro generador de violencia e inestabilidad incluso más allá de sus fronteras.
Lo difícil de explicar es que haya quedado la totalidad de la nomenclatura chavista, incluidos los que colmaron las cárceles de presos políticos, industrializaron la tortura y mataron cientos de manifestantes con brutales represiones.
Pero de lo que se trata es de que Trump ni siguiera intentó argumentar la marginación de Machado, la líder que unificó el voto disidente contra el chavismo y lo venció en las urnas de manera tan abrumadora que no dejó lugar al fraude, por lo que Maduro tuvo que robarse la elección a cara descubierta.
Lo que hizo en Mar-a-lago, horas después de haber derribado al dictador asociándose con su dictadura, es anunciar esa inconcebible sociedad y justificar la marginación de Machado diciendo que ella “no es respetada ni respaldada en Venezuela”. Una falacia que incursiona en la dimensión del absurdo.
Por eso la líder antichavista se auto-denigró al ofrendar su Premio Nobel a Trump, quien a su vez volvió a exhibir una naturaleza miserable al aceptarle esa medalla y quedársela como si la mereciera.
Con un mínimo de inteligencia y grandeza, Trump le habría dicho a Machado “agradezco su gesto, pero ese premio es suyo y lo ha ganado merecidamente, por lo tanto debe permanecer en sus manos”. En lugar de eso, volvió a mostrar su instinto egoísta y rencoroso, además de exhibir que su inteligencia es más débil que su ego.
En la postal desoladora de María Corina y Trump sobran sonrisas y falta dignidad. También faltó dignidad en la escena en la que el príncipe que no pudo heredar el trono que su padre perdió en 1979, se postula para liderar la era pos-ayatolas que se insinúa cada vez que las multitudes se rebelan contra esa teocracia oscurantista y brutal.
En el 2022 fue la muerte de Mahza Amini a manos de la Policía de la Moral y ahora la abrupta devaluación del rial (moneda iraní) empobreciendo aún más a una sociedad fatigada por el fanatismo de sus gobernantes.
En esta ocasión, el hoy sexagenario que abandonó su país con 19 años, juntos con sus padres, el Sha Reza Pahlevi y la emperatriz Farah Diba, no propone la restauración del trono persa sino encabezar un gobierno laico; lo cual sería beneficioso para una sociedad apresada en una dictadura religiosa. Pero en los mismos mensajes a los iraníes, Reza Pahlevi dedica unas líneas a Trump y a Netanyahu diciendo que ni bien asuma el poder hará que Irán reconozca al Estado de Israel y desmantele el proyecto nuclear.
Aunque ambas acciones puedan resultar positivas, no hay decoro en ofrecerse como interventor de un poder externo, ofreciendo crear un gobierno sometido al jefe de la Casa Blanca y al primer ministro israelí. Porque eso está intentando el príncipe sin reino: ser el elegido de dos potencias extranjeras, antes que de su propio pueblo.
El otro problema de este aspirante a suplantar al ayatola Jamenei, es su apellido. La dinastía Pahlevi fue entreguista, corrupta y represiva. Se originó en el golpe de Estado que en 1921 derribó al rey Ahmad Qayar y fue liderado por Reza Jan, el comandante de la Brigada Cosaco-Persa.
Ese militar inventó el apellido Pahlevi para denominar una dinastía también inventada por él cuando se proclamó emperador. Imperó con buenos resultados en varios ámbitos pero al quedar expuesta su admiración por Hitler y sus vínculos con el con el eje nazi-fascista, una doble invasión británica y soviética lo sacó del poder. Londres logró que fuese en forma de abdicación en favor del hijo del sha derrocado: Mohamed Reza Pahlevi.
El nuevo sha pronto defraudó a la nación iraní por satisfacer al Reino Unido. Fue parte de la conspiración que derrocó al primer ministro Momhamad Mosaddeq, un político laico y nacionalista que llegó al gobierno por las urnas y nacionalizó el petróleo, chocando con los intereses de la poderosa Compañía Anglo-iraní.
El MI-6 y la CIA se confabularon con los auspicios del Sha para perpetrar el golpe de Estado que marcó el comienzo de la deriva que desembocó en la revolución islamista del 1979.
Ocurre que, tras derrocar a Mosaddeq y encarcelar y exiliar a las dirigencias políticas laicas, Mohamed Reza Pahlevi impuso la occidentalización forzosa de la sociedad musulmana que presidía. De ese modo generó que, al vacío que dejaron las dirigencias laicas, lo llenara una oposición religiosa: los ayatolas fundamentalistas.
De esa tragedia buscan salir hoy los iraníes, afrontando una represión aún más sangrienta que las anteriores. Y quien se asoma con oportunismo para liderar la rebelión popular, porta un apellido cargado de sombras muy oscuras: Pahlevi.















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