martes, noviembre 19, 2019

OPINIóN | 27-01-2019 08:00

El gran psicodrama del Brexit

Sus impulsores juran creer que, una vez liberado de la UE, su país podrá florecer comerciando con el resto del planeta.

Los británicos no son los únicos de su parte del mundo que a menudo hablan de Europa como si se tratara de un lugar que les es ajeno. También lo hacen los españoles, los griegos, los habitantes de los países balcánicos y otros, pero mientras que para estos Europa en su conformación actual representa la esperanza de una vida más próspera y, en algunos casos, de mayor seguridad en un mundo que siempre les ha sido terriblemente peligroso, para muchos británicos sigue siendo una fuente inagotable de problemas de todo tipo. Por lo demás, pocos han olvidado los días en que, según la leyenda, un periódico pudo informarles que “Hay niebla en el Canal de la Mancha, el continente está aislado”. Con razón o sin ella, se sienten más que capaces de valerse por sí mismos.

Los impulsores del Brexit juran creer que, una vez liberado de la Unión Europea, su país podrá florecer comerciando con el resto del planeta, en especial con lo que algunos llaman la “Angloesfera”, o sea, Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, por ser cuestión de sociedades con las que tienen muchísimo en común. Lo más entusiastas agregan a la lista la India, Singapur y aquellos países africanos y caribeños de la Mancomunidad que heredaron sus instituciones básicas del viejo Imperio.

Es posible que dicho sueño sea tan poco realista como dicen los escépticos, pero así y todo puede entenderse la voluntad de aproximadamente la mitad de los británicos de salir de la Unión Europea, el súper-estado aún embrionario cuyos constructores, atrincherados en Bruselas, están esforzándose por homogenizar a medio centenar de pueblos distintos, con docenas de idiomas mutuamente incomprensibles y sus propias historias, tradiciones y fobias. Aunque los catalanes, vascos, escoceses y otros no quieren separarse de la UE, sus sentimientos nacionalistas se asemejan mucho a los de quienes organizaron la campaña que culminó con el Brexit. Lo mismo que los británicos, se aferran a las características y particularidades que en su opinión los hacen diferentes de sus vecinos.

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Como es natural, a los comprometidos con el “proyecto europeo” no les gusta para nada lo que se han propuesto los isleños. Además de privarlos de muchísimo dinero y una cuota sustancial de poder militar e influencia cultural, es un síntoma evidente de la precariedad de una estructura que, para mantenerse, necesita contar con el apoyo no sólo de los gobiernos sino también de la ciudadanía. Es por tal motivo que quieren que el Brexit resulte ser un fracaso realmente catastrófico ya que, caso contrario, otros integrantes de la UE, hartos de la prepotencia de los eurócratas bruselenses, podrían optar por emular a los británicos. Hace apenas un año, el presidente francés, Emmanuel Macron, afirmó que, de celebrarse en su país un referéndum, lo más probable sería que la mayoría votara a favor del “Frexit”.

Por ahora, los eurócratas más vengativos tienen buenos motivos para sentirse satisfechos. Durante meses las disputas en torno al Brexit han dominado la política británica, profundizando las divisiones sociales e ideológicas ya existentes, sin que haya acuerdo alguno sobre la relación futura con el bloque. Apenas una semana atrás, los parlamentarios repudiaron, por una mayoría apabullante, la fórmula ensayada por la primera ministra Theresa May por suponer que aceptarla haría del Reino Unido un cautivo permanente de la UE, uno que se vería obligado a acatar sus reglas sin poder modificarlas, pero nadie parece tener la menor idea de cómo alcanzar una alternativa menos humillante, ya que la gente de Bruselas no está dispuesta a ofrecerles concesiones significantes.

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Los eurócratas están procurando agravar la situación al aprovechar el deseo de Londres de impedir a toda costa que haya una “frontera dura” entre Irlanda del Norte y la República de Irlanda. Los hay que creen que la derrota, de dimensiones históricas, que sufrió May en la Cámara de los Comunes cuando suplicó a los diputados ratificar el acuerdo que había alcanzado con la EU, ha abierto la posibilidad de que haya un segundo referéndum que, esperan, serviría para anular el anterior, pero mal que les pese no hay ninguna seguridad de que lo haga.

El Brexit marcó el comienzo de la rebelión popular o, si se prefiere, “populista”, contra un statu quo que para muchos es asfixiante, que está haciéndose sentir en casi todos los países occidentales. El grueso de la clase política británica, además de los medios periodísticos más prestigiosos, el establishment académico y los representantes más respetados del mundo cultural creían en lo de “más Europa”, mientras que en las regiones más pobres del Reino Unido, la voluntad de salir de la UE se impuso por un margen amplio.

Aquel referéndum sería seguido pronto por la elección de Donald Trump en Estados Unidos, el triunfo del Movimiento 5 Estrellas y La Liga en Italia, cuyos prohombres felicitaron a los británicos, el surgimiento de Alternativa para Alemania merced a la decisión de Angela Merkel de dejar entrar a más de un millón de migrantes mayormente musulmanes, la consolidación del Grupo de Visegrado en Europa Central, cuyos miembros se niegan a participar en el experimento demográfico que han emprendido las autoridades europeas, los estragos provocados por los “chalecos amarillos” en Francia, la irrupción de Vox en Andalucía y, desde luego, el triunfo de Jair Bolsonaro en Brasil.

Detrás de todos estos fenómenos está la convicción difundida de que no les importa en absoluto a las elites metropolitanas que se enorgullecen de sus opiniones progresistas el destino de quienes se han visto perjudicados por los cambios económicos y sociales de los años últimos porque los creen seres inferiores, de actitudes retardatarias y por lo tanto inadmisibles, lo que a su juicio les da el derecho a tratarlos con desprecio. Puesto que en países democráticos desdeñar así una parte sustancial de la población suele ser contraproducente, se prevé que en Europa sigan creciendo los movimientos que los defensores del viejo orden califican rutinariamente de “ultraderechistas”, cuando no de “neofascistas”.

¿Sobrevivirá la UE al avance al parecer inexorable de movimientos nacionalistas cuyos líderes se afirman resueltos a recuperar buena parte de la soberanía que fue cedida a Bruselas? A menos que quienes aún llevan la voz cantante asuman una postura más flexible que la elegida para el enfrentamiento con los británicos, el edificio que han erigido podría caerse en pedazos en cualquier momento. Es lo que sucedería si el gobierno italiano, encabezado de facto por Matteo Salvini, se negara a obedecer las rígidas reglas fiscales de la eurozona o, tal vez, a permitir la entrada de más migrantes rescatados del Mediterráneo.

Si se hunde la UE que, en opinión de muchos, ha sido la empresa geopolítica internacional más promisoria que se ha visto a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial, sería a causa de las ambiciones desmedidas de los eurócratas que, en búsqueda de uniformidad, han procurado forzar a todos los países a someterse sin chistar al “acervo comunitario”, es decir, a un conjunto de leyes que se resumen en documentos que suman cien mil páginas. Como no pudo ser de otra manera, la intromisión así supuesta molesta sobremanera a los preocupados por “el déficit democrático” de la UE en que el poder está en manos de funcionarios que son virtualmente inamovibles.

Los más molestos por las presiones para que reemplacen sus propias leyes por otras que con frecuencia les parecen caprichosas han sido los británicos, lo que no carece de lógica ya que sus tradiciones en la materia –compartidas por los países de la “Anglosfera”– son tan distintas de aquellas de su vecinos continentales, comenzando con los franceses. La jurisprudencia anglosajona se basa en precedentes acumulados en el transcurso de siglos, no en principios abstractos. Las diferencias se ven reflejadas no sólo en los sistemas legales sino también en las tradiciones filosóficas, ya que en el Reino Unido y Estados Unidos es más fuerte la propensión al pragmatismo o al empirismo que en otras latitudes, además de las literarias y las políticas.

En 1973, cuando los británicos entraron en lo que aún era “la Comunidad Económica Europea”, lo hicieron por suponer que si no se acoplaran a la en aquel entonces potente locomotora continental, seguirían perdiendo terreno frente a Alemania y Francia, no por sentirse atraídos por la idea de participar de la “unión cada vez más estrecha” prevista por los fundadores del bloque. Creían en lo que el general Charles de Gaulle, que había intentado mantener a raya a los isleños, llamaba “la Europa de las Patrias.”

Muchos partidarios del Brexit quisieran conservar los beneficios económicos de pertenecer a una unión aduanera sin resignar pedazos de soberanía política. Es una pretensión que indigna a los funcionarios de la UE, pero podrían sentirse constreñidos a hacer algunas concesiones en tal sentido para limitar el daño que les ocasionaría a Alemania y otros países una salida británica sin ningún acuerdo más o menos amistoso. Al fin y al cabo, a nadie le convendría en absoluto una ruptura caótica justo cuando hay señales de que la zona del euro está por entrar en recesión mientras que, a pesar de las muchas dificultades que se atribuyen a la cercanía del Brexit, la economía del Reino Unido, que se negó a adoptar la moneda común, no parece estar en vísperas de un colapso.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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