Wednesday 17 de July, 2024

OPINIóN | 02-09-2023 08:15

Alberto F y los BRICS

La polémica en torno a la decisión del Gobierno argentino de sumarse al club de Brasil, China, Rusia, India y Sudáfrica. Qué se gana y qué se pierde.

Para indignación de algunos y extrañeza de otros, hace poco más de una semana Alberto Fernández reapareció luego de una prolongada ausencia para anunciar con orgullo que la Argentina acababa de sumarse a los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), un grupo de países “emergentes” que se propone erigirse en una alternativa al G7 que está conformado por los ya emergidos más consolidados: Estados Unidos, el Japón, Alemania, el Reino Unido, Francia, Italia y Canadá.

Como señalaron enseguida los dos candidatos presidenciales opositores Javier Milei y Patricia Bullrich, los BRICS son una organización dominada por dictaduras, de las cuales una, la Rusia de Vladimir Putin, está procurando engullir a la vecina Ucrania, masacrando a sus habitantes, mientras que otra, China, está gobernada por personajes que no vacilan en hacer desaparecer a quienes se animan a protestar contra sus atropellos.

Si bien incluye a dos democracias, India y Brasil, que aspiran a desempeñar papeles decisivos en un aún imaginario nuevo orden mundial, y una que está en grave problemas, Sudáfrica, no cabe duda de que los países que llevan la voz cantante en los BRICS son autocracias brutales. Es comprensible, pues, que la voluntad del gobierno saliente kirchnerista de incorporarse a una agrupación liderada por el régimen chino que no disimula su intención de poner fin cuanto antes a siglos de supremacía occidental, se haya visto repudiada por quienes no están dispuestos a prestarse a una maniobra geopolítica que a su juicio es esencialmente antidemocrática.         

Milei quisiera romper por completo con China porque es comunista y con Brasil porque no le gusta el presidente Lula, pero Bullrich preferiría limitarse a distanciarse de regímenes que a su entender son contrarios a los valores que califica de nacionales. Por lo tanto, es de suponer que, si uno triunfa en octubre o noviembre, comenzará su gestión enviando la invitación a unirse a los Brics a la canasta de basura.

¿Valdría la pena vincularse formalmente con los Brics ampliados, que además de los cuatro fundadores que se inspiraron en una sugerencia del economista británico James O’Neill que apostaba al surgimiento de nuevos polos de desarrollo, y Sudáfrica pronto podrán incluir a Irán, Cuba, Arabia Saudita, Etiopía y otros, entre ellos la Argentina, para ser una reedición del movimiento de los supuestamente no alineados que ejerció mucha influencia en el escenario internacional en las décadas finales del siglo pasado? Aunque brindaría a algunos políticos y funcionarios oportunidades para viajar a lugares exóticos y pronunciar discursos vehementes acerca de lo injusto que es el mundo, los beneficios concretos serían escasos. Puesto que la mayoría de los integrantes son mucho más pobres que la Argentina, ni siquiera a Sergio Massa le sería del todo fácil convencerlos de prestarle más dinero.

La importancia relativa de los BRICS, que ya generan tanta riqueza como los integrantes del G7, se debe exclusivamente a las imponentes dimensiones demográficas de sus miembros. Puede que el producto bruto chino sea equiparable con el estadounidense, pero sucede que su población es cuatro veces mayor. Asimismo, hace poco, India, con aún más habitantes que China, desplazó al Reino Unido como el país dueño de la quinta economía mundial, pero puesto que tiene veinte veces más habitantes que la vieja potencia colonial, tal logro significa muy poco. Es que la productividad de los países considerados avanzados sigue siendo muchísimo más impresionante que la de los BRICS; lo único que tienen en común sus miembros es el subdesarrollo.

El más interesado en transformar los BRICS en algo más que un pequeño club privado es, cuándo no, el dictador chino Xi Jinping que los ve como un instrumento diplomático y comercial que podría serle muy útil. Su actitud se asemeja a la de los jerarcas de la Unión Soviética frente a los “no alineados” que, sin ser aliados declarados del Kremlin, lo ayudaban presionando a las potencias occidentales recordándoles sus pecados históricos y quejándose de sus políticas actuales al atribuir su atraso a los crímenes perpetrados por los imperialistas de otros tiempos. Si bien la estrategia así supuesta raramente brindó resultados concretos positivos, incidió bastante en sectores progresistas de la opinión pública occidental al motivarlos a tomar más en serio las quejas de lo que se llamaba el “tercer mundo” y que hoy en día suele calificarse del “sur global”.

Si bien los norteamericanos, europeos y japoneses insisten en que no les preocupa la iniciativa china, están preparándose para enfrentar una nueva ofensiva retórica de países cuyos gobernantes no ocultan su deseo de ver reestructurada la arquitectura mundial en desmedro de los relativamente ricos. A los chinos les enoja mucho el que en buena parte del mundo el dólar norteamericano sea la moneda de referencia; dicen que los distintos países deberían usar la divisa local aunque, desde luego, esperan que muchos opten por depender del yuan.

Xi es consciente de que la globalización está perdiendo fuerza, Si bien ayudó mucho a China y otros países subdesarrollados al permitirles encargarse de la manufactura de cantidades ingentes de bienes de consumo, ha perjudicado a decenas, quizás centenares, de millones de trabajadores y oficinistas del “primer mundo” que no han podido competir con asiáticos que son capaces de cumplir las mismas tareas a cambio de salarios que son llamativamente inferiores. Además de provocar problemas económicos y sociales, tales consecuencias de la globalización están socavando las instituciones democráticas en Estados Unidos, donde posibilitaron la irrupción de Donald Trump, y algunos países europeos. 

El presidente vitalicio Xi tiene apuro. Sabe que el tiempo ya no corre a su favor. China está en tantas dificultades que algunos están convencidos de que la era de crecimiento ultrarrápido ya ha terminado y que, de ahora en adelante, el régimen tendrá que esforzarse mucho por conservar el poder que depende de un pacto no escrito en que le corresponde garantizar la prosperidad de una clase media que está cada vez más inquieta. Quienes dicen que a China le aguardan años de estancamiento creen que la deflación, crisis bancarias que se repiten, el colapso de la tasa de nacimiento que, según parece, en muchas regiones se ha reducido a niveles comparables con el de Corea del Sur, y el alarmante superávit de varones, ya que se estima que hay por lo menos 30 millones que nunca podrán casarse, auguran un futuro muy oscuro.

Mientras tanto, en África y otras partes del “sur global”, la relación económica con China está bajo fuego por quienes la toman por una variante del viejo neocolonialismo que es aún peor que el occidental porque no genera puestos de trabajo para sus compatriotas, ya que los chinos suelen privilegiar a la mano de obra propia que es obediente y eficaz. Para más señas, los contrarios a la influencia creciente de Pekín dicen que está socavando adrede la soberanía de los países que “ayuda” al hacerlos caer en “la trampa de la deuda” para entonces obligarlos a insertarse en un eventual nuevo orden chino. Se trata de un riesgo que no preocupa a Massa.

Antes de iniciarse la invasión de Ucrania, Rusia era casi tan influyente en la liga de autocracias que se formaba como China, razón por la que, en el momento menos indicado, Alberto exhortó a Putin a sacar provecho de su deseo de que la Argentina le sirviera de “puerta de entrada” a América latina. Sin embargo, los fracasos militares del presunto “segundo ejército del mundo” demolieron hasta tal punto la idea de que Rusia, a pesar de tener una economía más chica que la italiana y no mucho mayor que la española, seguía siendo una gran potencia, que hoy en día el consenso es que no es más que un vasallo de China. Así y todo, la mera presencia de Rusia ha sido suficiente como para desprestigiar a los BRICS a ojos de los que habían considerado inocuos los intentos de Xi de convertir el grupo en el núcleo de un amplio movimiento internacional que respaldaría a “las autocracias” en la guerra no sólo fría que están librando contra Estados Unidos y sus aliados democráticos.

Por fortuna, no parece muy probable que Xi consiga cohesionar a los BRICS ampliados. Además de ser un integrante fundador, India se opone vigorosamente al expansionismo de su gran vecino, razón por la que se ha aliado militarmente con Japón, Estados Unidos y Australia. Por lo demás, sus líderes la creen capaz de cerrar la brecha económica enorme que separa a los dos gigantes asiáticos. Antes de la muerte de Mao, China e India eran igualmente pobres, pero al abandonar las recetas marxistas y adoptar una versión sui géneris del neoliberalismo, China se transformó muy pronto en una potencia auténtica. Muchos indios creen que, siempre y cuando su país abandone el sistema extraordinariamente burocrático existente que debió mucho a la influencia del temprano laborismo británico y que durante décadas lo condenó a conformarse con lo que algunos humoristas llamaban “la tasa hindú de crecimiento”, andando el tiempo sería capaz de superar a China. Se podría argüir, pues, que convendría que una Argentina gobernada por partidarios fervientes del liberalismo occidental se mantuviera en los BRICS, ya que en tal caso le sería posible colaborar con la India para impedir que la agrupación se subordine al voraz Imperio del Medio del dictador Xi.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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