Viernes 7 de octubre, 2022

OPINIóN | 22-01-2022 01:06

Cabezas es sustancia

Investigar el homicidio de un compañero de trabajo resultaba un desafío sofocante, un riesgo permanente de confundir el rol y perder la línea, el eje, la cordura.

Hace 25 años, estaba de vacaciones en Uruguay. En La Pedrera, para mayor exactitud, y convencido de que la suerte se había puesto de mi lado, porque jugué unos pesos a la tómbola y gané. Poca cosa, pero suficiente para aliviar los gastos del verano en la irrealidad del 1 a 1. Había quedado en pasar, antes de pegar la vuelta, por la casa en que se alojaban los equipos de NOTICIAS de temporada en Punta del Este. Uno de ellos tenía de cronista a Christian Balbo. Lo llamé para avisarle que la mañana siguiente andaría por ahí. Me quedé mudo en el teléfono público, sentado en el suelo, grogui por el impacto de la espantosa novedad. Cuando recuperé el aliento, el llamado fue la redacción en Buenos Aires para pedir instrucciones. Se me indicó sumarme al operativo en Punta para cubrir las repercusiones del asesinato de José Luis Cabezas entre los políticos, empresarios y periodistas que descansaban por allá. Era todo confusión. Como reportar un huracán desde adentro.

Volví dos semanas después. La conducción de la revista me mandó a Pinamar para sumarme a los compañeros que trataban de atar los primeros cabos. Confirmamos los vínculos entre las empresas turísticas de Yabrán y la comisaria local, empezando por su jefe, el comisario Alberto Gómez. Trabajamos codo a codo con la abogada Norma Pepe, yendo y viniendo a Dolores, donde estaban el juez y el fiscal. En los desayunos, con Norma repasábamos los datos, las dudas y los sinsabores diarios. Faltaban tres escabrosos años de investigación para llegar a la verdad.

Héctor D'Amico y Gustavo González, por entonces director y jefe de Política, me hicieron volver para ponerme al frente del equipo asignado al caso: llegamos a ser una docena de redactores y fotógrafos, más la citada Pepe y el penalista Oscar Pellicori, con quien me tocó ir a Mar del Plata en busca de una prueba crucial: una tarjeta de cumpleaños que le había enviado Yabrán al sundicalista Oscar Lescano con un jarrón de regalo. Decía la tarjeta: “Si no te gusta, es para que se lo rompas en la cabeza a algún fotógrafo indiscreto”.

Investigar el homicidio de un compañero de trabajo resultaba un desafío sofocante, un riesgo permanente de confundir el rol y perder la línea, el eje, la cordura. Sólo puse una condición para aceptar la jefatura de aquel equipo inolvidable: que se me relevara del contacto con la familia Cabezas. El dolor insoportable de esa gente buena me llenaba de odio, de parcialidad, de subjetivismo, poderosos enemigos internos del periodista profesional. Creo que cumplimos nuestro deber con dignidad. Igual, por las dudas, durante esta última década vengo dando un taller del Caso Cabezas en el Posgrado de Investigación Periodística que Perfil desarrolla con la Universidad del Salvador. Mientras reconstruyo en las clases aquel caso tan emblemático para describir la trastienda violenta y corrupta de nuestro país, someto literalmente nuestro trabajo al escrutinio de futuros periodistas llenos de ganas. La idea es que juzguen con ojo crítico si “El diario del juicio” que hicimos sintiendo aún olor a carne quemada se hizo con profesionalismo. Suele ser una gran experiencia. Y un modo de que José Luis sea sustancia.

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Edi Zunino

Edi Zunino

Director de Contenidos Digitales y Audiovisuales del Grupo Perfil.

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