Monday 17 de June, 2024

OPINIóN | 20-05-2024 08:59

De los números a la realidad

Milei no quiere correrse de su su libreto económico, pero se ve obligado a hacer concesiones. Los límites del ajuste.

Además de ser un hombre de inclinaciones místicas que ha confeccionado un culto religioso propio en que se mezclan tradiciones cabalísticas judías, mensajes desde el más allá y algunos ingredientes “new age”, Javier Milei es un economista. Como tal, cuando piensa en lo que sería necesario hacer para poner fin a la larguísima decadencia del país, propende a privilegiar los números por encima de todo lo demás.

Se trata de una deformación profesional que, según un colega eminente, el socialista francés Thomas Piketty, suele manifestarse a través de una “pasión infantil por la matemática y la especulación meramente teórica que a menudo es muy ideológica”. En efecto, lo mismo que sus enemigos marxistas, economistas como Milei son proclives a enamorarse de abstracciones sin tomar debidamente en cuenta los sentimientos de los seres de carne y hueso, lo que es un tanto extraño por parte de una persona que con frecuencia habla de la ayuda que le prestarán “las fuerzas del cielo”.

En campaña y, más tarde, cuando iniciaba su gestión, la “deformación” así supuesta no lo perjudicaba. Por el contrario, puesto que de acuerdo común la Argentina se había arruinado debido al apego del grueso de sus dirigentes políticos a un “modelo” socioeconómico perverso y a los valores que reflejaba, el que Milei reivindicara otro radicalmente distinto, basándose en los planteos teóricos llamativamente nítidos de pensadores de la Escuela Austríaca, bastaba como para convencer a millones de que el hombre de la motosierra sabía lo que tendría que hacer para rescatar al país del destino trágico que lo amenazaba.

Aunque pocos habrán comprendido muy bien lo que les decía en sus arengas fogosas, y a pesar de sus esporádicas alusiones esotéricas, logró brindar una impresión de coherencia tan lapidaria que el electorado lo encontraba mucho más confiable que Patricia Bullrich que, al fin y al cabo, soñaba con poner en marcha un programa económico similar. 

Pues bien, a más de cinco meses del arranque de su gobierno, Milei está comenzando a prestar atención a factores sociales que no suelen incidir en las ecuaciones matemáticas a las cuales es profesionalmente adicto. Para asegurar que siga cayendo la inflación que impulsa hacia arriba el índice de precios al consumidor, el gobierno que encabeza optó por demorar la eliminación de los subsidios al suministro de gas y electricidad que, conforme a la rigurosa lógica económica, es algo que debería hacer lo antes posible. Asimismo, ha asumido una actitud más pragmática frente al problema gigantesco planteado por las jubilaciones y asignaciones sociales que tanto han contribuido a sobredimensionar el gasto público. No es que Milei haya terminado de ajustar, es que entiende que hay límites a lo que incluso sus propios partidarios estarán dispuestos a tolerar.

Para un hombre como Milei, cuya popularidad se debe en buena medida a su presunta voluntad de subordinar absolutamente todo a una teoría económica severísima, hacer gala de flexibilidad por motivos políticos podría ser riesgoso. Por razones evidentes, no le convendría que se difundiera la impresión de ceder ante las presiones de sindicalistas, kirchneristas y aquellos radicales que se sienten emotivamente comprometidos con modalidades que el Gobierno está resuelto a destruir. En tal caso, hasta los beneficiados por la moderación del ajuste que Milei está llevando a cabo podrían perder fe en el salvador que promete conducirlos a través del desierto hacia un país muy diferente del que esperan dejar atrás. Aleccionados por lo que ocurrió cuando Mauricio Macri intentaba liberalizar la economía poco a poco, no quieren que el gobierno libertario opte por una estrategia gradualista. Tampoco quieren que se permita intimidar por sindicalistas que, para muchos, están entre los máximos responsables de la degradación del país.

Por fortuna, es poco probable que se restaure el viejo orden: abundan las señales de que la Argentina ha roto definitivamente con un pasado lleno de fracasos y que, aun cuando Milei no consiga hacer de la economía una dínamo portentosa equiparable, mutatis mutandis, con la que tuvo hace un siglo, no volverá a ser el país que se entregaba fácilmente a personajes notoriamente corruptos y penosamente incompetentes que sólo sabían generar más pobreza. Parecería que, con la excepción de los kirchneristas más fanatizados y, huelga decirlo, los trotskistas, los políticos son conscientes de que no les serviría para nada aferrarse a las ideas a las que habían adherido con tenacidad hasta que las vaciara de contenido la gestión confusa de Alberto Fernández, Cristina Fernández de Kirchner y Sergio Massa.

Un indicio de lo que está sucediendo en la mente de tales individuos fue brindado hace poco por la mismísima Cristina cuando aseguró a un grupo de mujeres embelesadas reunidas en el Instituto Patria que “con Néstor no nos íbamos a La Habana, ni a Beijing, ni a Moscú; éramos más de ir a Nueva York, Miami, Disney World; argentinos normales, de clase media, siempre lo dijimos, gente común y como todos”. 

Así, pues, la señora que según la prensa internacional es jefa de “la izquierda” argentina prefiere los esplendores kitsch de Disneylandia a los austeros lugares de peregrinaje frecuentados por sus presuntos correligionarios. En una época en que las viejas construcciones ideológicas se han visto remplazadas por “la política de la identidad”, el que la ex presidenta quisiera asumir el rol de una buena ama de casa burguesa no carece de importancia. A buen seguro habrá dejado boquiabiertos a muchos militantes que se enorgullecen del odio que dicen sentir por “el imperio” norteamericano, pero sorprendería que decidieran abandonarla a su suerte por traición ideológica, ya que, sin Cristina, el kirchnerismo se extinguiría muy pronto.

Aunque parecería que la mayoría ha perdido interés en el engañoso espejismo peronista, ello no quiere decir que esté a favor del anarco-capitalismo propuesto por Milei en que se encargaría del país el mercado que, para parafrasear a Oscar Wilde, sabe el precio de todo y el valor de nada. Muchos entienden que la sociedad imaginada por los libertarios auténticos -si es que, Milei aparte, hay algunos- sería tan inequitativa como la dominada por los kirchneristas, ya que, si bien no se vería manejada por políticos corruptos y sus amigos, lo sería por personajes capaces de aprovechar las oportunidades brindadas por una economía ferozmente competitiva. Tales características la harían incompatible con la democracia puesto que aquí, como en todos los demás países, quienes nunca estarían en condiciones de prosperar en un hipotético paraíso libertario superan en número a los que presuntamente serían capaces de hacerlo.

Por motivos comprensibles, hasta ahora el Gobierno ha hecho del saneamiento financiero su prioridad y, para su propia satisfacción y la del acreedor principal del país, el Fondo Monetario Internacional, se ha anotado algunos éxitos impresionantes, pero no puede sino preocuparlo lo que está ocurriendo en “la economía real” que ha caído en una recesión profunda. Milei y Luis Caputo apuestan a que, una vez ordenadas las finanzas, se recupere con rapidez, pero hay especialistas que prevén que no habrá un rebote en V, como quiere el oficialismo, sino uno en forma de U, con muchos meses en que apenas se mueva y aumenten las frustraciones. Puede que en algunos casos tales opiniones se inspiren más en los deseos de quienes las formulan que en un análisis frío de las perspectivas frente al país, pero es innegable que, para que un eventual boom fuera más duradero que los que precedieron a la “década ganada” kirchnerista, se requeriría una multitud de reformas jurídicas y cambios culturales.

A pesar del desprecio que Milei siente por “la casta”, no parece importarle mucho el daño inmenso que le ha ocasionado al país la combinación nefasta de corrupción y desidia que fue generada por la sensación de que demasiados políticos trataban al resto de la población como ganado, como nada más que una fuente de ingresos. Un buen ejemplo de este fenómeno es el brindado por ciertos caciques piqueteros que, con la complicidad de funcionarios kirchneristas, hicieron un negocio pingüe de la miseria en que se habían sumido millones de compatriotas. Sería difícil concebir una manera más convincente de desacreditar el asistencialismo que la impulsada por los responsables políticos de aberraciones como ésta que, por fin, está siendo investigada por la Justicia.

También puede atribuirse a décadas de desidia consentida el accidente ferroviario que, hace poco más de una semana, se dio en Palermo cuando un tren de pasajeros chocó contra una locomotora vacía que había quedado detenida en un viaducto, produciendo un saldo de noventa heridos. Para sorpresa de nadie, el episodio, que pudo haber sido muchísimo peor, se politizó en cuestión de minutos; según el gobierno de Milei, probó que el servicio debería ser privatizado, mientras que sindicalistas del sector culparon al Gobierno por haberse negado a invertir más en el sistema. De todos modos, desde hace años es habitual que algunas líneas ferroviarias operen sin señalización adecuada porque se roban los cables, una deficiencia que los más de 30.000 empleados (más que los de cualquier otra empresa del país) de Trenes Argentinos no han sabido remediar.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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