Jueves 7 de julio, 2022

OPINIóN | 23-06-2022 16:00

“En Londres viví muchas vidas, menos la que me habían prometido”

La vida de inmigrante tiene más de sacrificio que de fama y placer. En primera persona, un testimonio honesto sobre el costado ingrato de ser el extranjero en otro país.

Mi infancia fue como la de los muchos otros chicos que crecieron en los 90 en hogares destruidos y con padres divorciados. Hijos del capitalismo en su máximo esplendor, crecimos bombardeados con películas y músicas en inglés que ya desde temprana edad, nos hacían soñar con conocer el mundo y vivir en otro lugar. El pasto al otro lado del charco siempre se ve más verde y florecido. Convivíamos ya desde muy chicos con un monstruo que nos atormentaba noche y día, que todavía era muy nuevo y no tenía nombre ni había tratamiento. Hoy lo etiquetarían como trastornos de ansiedad o ataques de pánico. Ese estado en el que entrás, das vueltas sin llegar a ningún lugar, te angustia, te cierra el pecho, te deja sin aire y sentís que en cualquier momento perdés el control y te morís, ese pensamiento que puede ser incómodo pero que, al fin y al cabo, no es peligroso, yo lo llamé “espiral”. Pero lo peor no fue que nos incitaban a querer vivir en cualquier otro lugar que no fuese el nuestro (menos si te tocó nacer en Argentina), lo peor que nos hicieron fue hacernos creer que siendo más o menos bueno en algo, todo era posible, que todos podían “llegar”, sin importar si venías de un pueblo en el medio de Seattle o de la villa 31.

MTV nos mostraba a diario que si te armabas una bendita de rock con tus amigos y ensayaban un par de veces al mes en el garage de la casa del baterista, en un año ibas a ser un rockstar y tu banda iba a tocar en los mejores escenarios de los festivales más grandes del mundo. También te decían que cualquier actor con un poco de onda que se mudara a Los Angeles, de la noche a la mañana podía terminar siendo el nuevo Batman, o que para ser un buen escritor tenías que morirte de hambre y escribir sobre eso y eventualmente, eso te iba a hacer millonario y famoso.

Nico Wussy

Famoso, famoso, famoso. La fama parecía tan fácil de conseguir como meter un pedazo de masa con queso en el horno y que 15 minutos después saliera hecha una pizza. Bastaba con tener un poco de talento y animarte. Animarte a emigrar a un país donde te pintaban que todo era color de rosas. Nueva York, Los Angeles, Londres, Berlín. “Animate”, decían. “Salí de tu zona de confort que el mundo te espera”. El mundo está ahí, sí, esperando, tal vez, con la boca abierta listo para comerte, lo más seguro.

Parece que, cada diez años, hay una fuerza electromagnética que incita a los jóvenes a emigrar de su país. Pasó en los 2000, volvió a pasar en los 2010 y está pasando de nuevo ahora en los 2020. Tal vez pasó en décadas pasadas también, pero yo por ese entonces era muy bebé o ni siquiera existía para verlo.

En fin, yo fui uno de los que emigró en los 2010. Estaba en mis 20, lleno de ilusiones, de esperanzas, y creía en mí. Cumplía todos los requisitos para ser uno de ellos, uno de los que llegan, de los que “la pueden pegar”. Era más o menos bueno en lo que hacía. Me había instruído en lo mío. Había leído los libros que tenía que leer, había visto las películas que tenía que ver, sabía de la música que me gustaba. Así que me armé el bolso y me fui.

Cualquiera puede armarse un bolso e irse. Pero no cualquiera puede sobrevivir siendo inmigrante en tierra desconocida. Una vez escuché que a un argentino ya de edad, muy culto y talentoso, le preguntaban “por qué nunca te fuiste de tu país?”. El respondió: “¿Por qué me voy a ir, si acá la paso mejor que en cualquier lugar? Además, en el antiguo mundo, los que ‘emigraban’ de Grecia eran los delincuentes y asesinos, que los exiliaban a la fuerza, o mejor dicho, se los sacaban de encima”. Pero claro, eso lo entendí mucho después.

Pasé ocho años viviendo en Londres. Hice y vi de todo. Trabajé de lo que pude y viví muchas vidas, menos la que me habían prometido, la de la fama. A lo largo de mi viaje conocí mucha gente. La mayoría eran otros soñadores, idealistas e ingenuos como yo. Conocí más guitarristas trabajando de barman, más actores trabajando de meseros, más pintores trabajando de bacheros que artistas de renombre exponiendo en el MoMa o en el Tate.

Libros Nico Wussy

La mayoría de la gente que conocí duró poco. Uno o dos años máximo. Cuando se dan cuenta realmente de lo que es vivir como inmigrante (un clima hostil de ocho meses de lluvia y cielo gris, trabajar muchas horas en trabajos que no te significan nada, que no te alcance el sueldo, vivir en un cuarto en una casa compartida con otros cinco extraños por que no te da el cuero para alquilarte ni siquiera un monoambiente, y por sobre todo, la soledad del inmigrante) se van. Se vuelven a su país, a ese del que tanto renegaron, porque se dan cuenta que allá estaban mejor.

Yo no fui famoso, ni me pude comprar una mansión con una pileta con forma de guitarra como te lo hacía creer la televisión, pero tuve suerte y eventualmente conseguí un trabajo que me permite viajar por el mundo. Pude ver y experimentar mucho, más de lo que me había imaginado. La arquitectura puede ser diferente, las comidas y los idiomas también, pero la mayoría de la gente media está regalada de igual forma en cualquier parte del mundo. Viven apilados, sobreviven como pueden, con lo mínimo, sin mucho lujo y ya con las esperanzas extintas.

Otra de las cosas que te das cuenta al vivir afuera es que la gente no tiene tiempo. Porque trabajan mucho para pagar las cuentas, por que están muy “en una”, cada uno administra su tiempo libre de la mejor forma que puede y nadie te lo regala. El otro día un amigo que vive en Londres me contó que (a principios de junio) habló con una chica para armar una cita, y por esto y lo otro quedaron para verse el 16 de julio. Eso no solo pasa en citas o con gente random, pasa con tus amigos. Cada uno está muy en la suya batallando su propia guerra. Estamos todos atrapados en nuestro propio espiral. Hacemos lo mejor que podemos para sobrevivir, y eso ya es mucho trabajo. El tiempo no es plata, el tiempo es vida, y cada vez tenemos menos de eso y nadie lo quiere regalar. Por eso la escritura se convirtió en mi mejor amigo. Es quien está siempre ahí, para escuchar todos mis problemas, mis felicidades y mis delirios. No me juzga, no se aburre, y solo deja de leerme cuando yo decido dejar de escribir. Ahí, en la soledad y en el vacío del inmigrante, nació mi libro “Para Todos Los Chicos Espiraleados Del Mundo”.

 

*Nico Wussy es novelista. Sus libros son “Espiral” y “Para todos los chicos espiraleados del mundo”.

 

por Nico Wussy*

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