Martes 7 de abril, 2020

OPINIóN | 15-02-2020 12:39

Psicofármacos: ficciones que ocultan

Toda publicidad, sea del producto que quieran, está diseñada para tratar de hacerle creer a un consumidor que, adquiriéndolo, llegará a colmar la falta.

Asemejándose a lo que algunos llamarían un TOC (Trastorno obsesivo compulsivo, DSM IV), una de las primeras cosas que suelo hacer cuando llego al consultorio, es revisar la correspondencia acto que confieso, por estar tan alejados de lo que hace muchos años era el único modo de recibir un mensaje escrito, no deja de despertarme cierta nostalgia aun cuando dentro de esta se encuentren infiltradas, o mejor dicho predominen, las no tan deseadas facturas de servicios a pagar que todavía no he suscripto para recibir por email.

Un día, dentro del manojo de cartas que el encargado del edificio, e iniciador del ritual, me entregó al llegar, se destacaba por su tamaño un sobre. El remitente era un conocido laboratorio que enviaba como atención por fin de año, un almanaque de escritorio. Su diseño era elegante y original ya que contaba con lindísimas fotografías de Puentes de diversas partes del mundo, famosos por sus estilos arquitectónicos. Cada mes del, en ese momento, año venidero, era representado por un Puente distinto. En el reverso de cada página, un resumido texto que informaba el nombre, la ubicación geográfica y una breve reseña histórica.

Claramente, este almanaque no era más que una publicidad de uno de sus tantos productos. En este caso, era el de una muy conocida medicación ansiolítica, la que debajo de su nombre comercial llevaba escrito un slogan que decía: "Un puente a la serenidad". En resumen, esta empresa no quería hacer más que promocionar su producto tratando de hacernos creer que, cruzando el puente, casi mágicamente, una persona que podría encontrarse en un estado de ansiedad y malestar llegaría a otro donde predominaría el bienestar y la tranquilidad absoluta. Inmediatamente, lo guardé en el primer cajón del escritorio y continué con mi tarea.

Poseedor del don de la profecía cuan adivino griego, Aldous Huxley ya nos lo anticipa en 1932, en su libro definido como de género de ciencia ficción "Un mundo Feliz". Quien lo haya leído, y a quien no, se lo recomiendo, recordará que Huxley nos presenta una sociedad futurista estratizada, condicionada genéticamente, individualista, incompatible con cualquier agrupamiento semejante a una familia. El amor deja de tener un lugar y la promiscuidad pasa a ser el modo natural de relación. La premisa fundamental era que, de este modo, todos podían ser felices, al estilo de una felicidad colectiva, desubjetivizada y utópica. Pero para esto, Huxley, con una ironía impecable, advierte la necesidad de recurrir a un puente, el soma, una droga que provocaba un estado de frenesí y exaltación de las pasiones, de consumo a libre demanda para todas las castas. Ante el menor indicio de angustia, los personajes no dudaban en consumirla, pero si el sentimiento era excesivo y no sensible a dosis ambulatorias, debían tomarse unas "vacaciones de Soma" para luego reincorporarse contentos a la comunidad.

Muchos calendarios habrán pasado desde entonces pero hoy en día, de manera similar, las campañas publicitarias de los psicofármacos, intentan crear la ilusión de la existencia de un mundo feliz, de una satisfacción plena e inmediata. Siguiendo el ejemplo del ansiolítico: Ud. está nervioso, consume la medicación y cruza el puente a la serenidad.

Toda publicidad, sea del producto que quieran, está diseñada para tratar de hacerle creer a un consumidor que, adquiriéndolo, llegará a colmar la falta. Lamento aquí decepcionar a algunos, pero mienten. Los medicamentos en este caso, como cualquier objeto que introduce el mercado, no colman lo que prometen y muchas veces resulta difícil discernir entre el objeto beneficioso y los que, promocionados por las campañas de publicidad médica, resultan ser engañosos.

La medicación psiquiátrica puede ser útil en un determinado momento, pero tiene sus límites. Siempre deberá estar acompañada de un tratamiento psicoterapéutico que dé lugar a la palabra del paciente para que con la intervención de un profesional (analista) pueda implicarse en lo que le sucede, en su padecimiento: "¿Qué tengo que ver yo en todo esto que me ocurre?".

La felicidad no es para todos la misma, tampoco es absoluta. La felicidad tiene que ver con ir en busca, encontrar y entrar en sintonía con el deseo (propio y original de cada persona), por lo que habrá entonces tantos mundos felices como personas decididas a enfrentar este desafío existan en el Universo.

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Paula Martino

Paula Martino

Psicoanalista.

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