Jueves 22 de febrero, 2024

OPINIóN | 22-04-2023 08:50

Un clima de miedo

El oficialismo agita el fantasma del caos y la violencia si gana la oposición. El efecto Aníbal Fernández.

Tienen razón aquellos que señalan que, sin reformas drásticas que al menos por un rato perjudicarán a muchas personas, la congénitamente inflacionaria economía  nacional, agotadas sus reservas y reducida su capacidad productiva, no tardará en irse a pique, un desastre que a buen seguro tendría consecuencias aún peores para la mayoría de los habitantes del país que las que serían ocasionadas por un intento de reestructurarla. Mal que les pese a los acostumbrados al modelo autárquico existente, ha resultado ser incompatible con el desarrollo.

También la tienen quienes advierten que las medidas  que el próximo gobierno, aun cuando sea tan kirchnerista como el actual, tendrá forzosamente que aplicar, podrían provocar reacciones sumamente violentas. Aníbal Fernández da por descontado que el Frente de Todos está frito y que por lo tanto puede culpar a la oposición por lo que ve acercándose, calles “regadas de sangre y muertos” y otras desgracias, aunque es de suponer que comprende que lo mismo sucedería si, para asombro de todos, la ciudadanía decidiera que sería mejor seguir con el peronismo y reeligiera a Alberto o hiciera presidente a Cristina Kirchner, Wado de Pedro, Axel Kicillof, Daniel Scioli o, tal vez, Leopoldo Moreau.  

De todos modos, a esta altura el fracaso evidente de la gestión como ministro de Economía de Sergio Massa debería preocupar mucho más a la oposición que al oficialismo. Confirma, si aún quedaron dudas, que frenar la inflación antes de que mute en hiperinflación requerirá medidas que sean decididamente más duras que las ensayadas por el tigrense con el apoyo tácito de Cristina y otros jerarcas kirchneristas. Puede que el apagamiento -o eclipse pasajero- de la estrella política de Massa beneficie electoralmente a Juntos por el Cambio, pero también significa que el sucesor de Alberto en la Casa Rosada enfrentará un desafío enorme que un éxito relativo de su parte hubiera hecho menos abrumador.

Como Mauricio Macri en su momento, Massa apostó al gradualismo con la esperanza de minimizar los costos políticos de lo que trataría de hacer, pero lo único que ha logrado es demorar por algunos meses la hora de la verdad. ¿Vendrá antes de las elecciones previstas para octubre, o después? Los kirchneristas rezan para que el estallido económico ocurra cuando otros estén en el poder, pero, para su alarma, hay señales de que ni siquiera tendrán tiempo en que probar suerte con un “plan platita” bis.

Por cierto, de producirse más episodios como el protagonizado por Sergio Berni en La Matanza, y de continuar afeándose la imagen de Kicillof, que de la de un activista estudiantil un tanto despistado está transformándose rápidamente en una propia de un demagogo vulgar, cualquier cosa podría suceder. Puede que fuera prematura la alusión de Jorge Ferraresi al helicóptero que Alberto y sus colaboradores hubieran abordado en julio del año pasado para alejarse de la ira popular si el país se viera inundado por un tsunami hiperinflacionario, pero aún tendrán que transcurrir varios meses antes de que se sientan a salvo.

A diferencia de fenómenos similares en otras partes de América latina, el peronismo ha podido sobrevivir hasta nuestros días no porque hayan sido buenos los gobiernos que ha formado, sino porque una parte sustancial de la población se ha aferrado a la noción de que sería mejor tenerlo en el poder que en la oposición porque es plenamente capaz de impedir que tengan éxito otros. Es probable que muchos sigan pensando así, pero los resultados concretos de su gestión más reciente han sido tan malos que, de tomarse en serio las encuestas, son cada vez menos los dispuestos a respaldarlo.

Con todo, como Aníbal acaba de recordarnos, todavía hay algunos, comenzando con los kirchneristas y sus aliados coyunturales, que se niegan a abandonar un arma psicológica que durante casi tres cuartos de un siglo les ha servido maravillosamente bien. Confían en que, una vez más, el miedo difuso que saben generar vaticinando horrores si no están en el poder los ayuda a debilitar a sus rivales electorales que, tal y como están las cosas, por ahora se ven encabezados por los dos aspirantes principales de Juntos por el Cambio, Horacio Rodríguez Larreta y Patricia Bullrich, y el anarco-libertario Javier Milei que, según parece, se ha erigido en el político más popular del país merced al desprecio visceral que jura sentir por los demás integrantes de “la casta” con la eventual excepción de los “halcones” de PRO. 

Dicen que Recep Erdogan, el presidente autoritario de Turquía, una vez afirmó que “la democracia es un tranvía: cuando llegas a tu parada, te bajas”. Coinciden muchos kirchneristas con la definición atribuida al sultán islamista. Para ellos, la democracia es a lo sumo un instrumento y carece de legitimidad si otros lo usan para acceder al poder, razón por la que Cristina y sus fieles están preparándose para aprovechar al máximo los problemas del país a fin de enseñarle a la gente que no vale la pena arriesgarse entregando el poder político a integrantes de la oposición. Aunque es de suponer que son conscientes de sus propias deficiencias cuando de gobernar se trata, la eficiencia administrativa nunca ha figurado entre sus prioridades, ya que para ellos “el relato” importa muchísimo más que la mera realidad.

Distan de ser los únicos que privilegian abstracciones imaginativas por encima de los intereses de los mortales comunes, ya que virtualmente todas las grandes tragedias colectivas sufridas por la humanidad desde la edad de piedra han sido obra de personas de mentalidad parecida. Por fortuna, si bien los militantes iluminados locales más rabiosos parecen ser relativamente inocuos en comparación con otros de propensiones similares que siguen sembrando la muerte en Europa, Asia, África y algunos países latinoamericanos, ello no quiere decir que sean incapaces de ocasionar muchísimo daño si creen que, dadas las circunstancias, la violencia puede justificarse.

Además de temer que, en cualquier momento, una alianza siniestra de delincuentes comunes lumpenescos que no vacilan en matar a víctimas indefensas, narcos con vínculos internacionales y fanáticos ideológicos podría poner fin a la precaria paz social que, a pesar de todo lo ocurrido, aún impera en el país, el grueso de la ciudadanía tiene cada vez más motivos para desconfiar de líderes políticos que brindan la impresión nada arbitraria de estar más preocupados por sus reyertas internas que por el destino de la Argentina y sus habitantes. Huelga decir que lo que acaba de suceder en el seno de PRO no ha contribuido a convencer a ningún escéptico de que la coalición opositora esté en condiciones de formar un gobierno que sea más coherente que el actual. Antes bien, confirma a ojos de los más pesimistas que la irresponsabilidad escapista es una enfermedad que afecta a todos los miembros de la clase política nacional.

Si bien las diferencias entre Macri y Rodríguez Larreta se deben a mucho más que el deseo del primero de asegurar que su primo, Jorge Macri, sea el próximo alcalde del baluarte porteño de PRO que a su juicio corre peligro de caer en manos de los radicales, ya que se basan en visiones ideológicas muy distintas, a menos que Juntos por el Cambio no sólo se mantenga formalmente unido sino que también logre hacer pensar que las rivalidades internas que son inevitables en organizaciones democráticas sean de escasa importancia, se difundirá la sensación de que el país está condenado a ser gobernado por coaliciones demasiado frágiles como para darle la conducción firme que tan desesperadamente necesita. 

¿Perjudicará a los peronistas el realismo truculento, que a muchos sonó como una expresión de deseos, cuando no una amenaza directa, de Aníbal? Algunos creen que equivalía a “hablar de la soga en casa del ahorcado”; si bien nadie ignora que en el país abundan cultores de la violencia que no titubearían en participar de revueltas callejeras so pretexto de estar luchando por la justicia social, la mayoría entiende que es mejor no aludir a tales posibilidades. Sea como fuere, puesto que, pase lo que pasare, el próximo gobierno no tendrá más alternativa que la de optar entre intentar poner en orden las financias nacionales achicando el gasto público y resignarse a un colapso generalizado, a quienes se suponen destinados a conformarlo les corresponde preparar a la población para enfrentar una etapa muy difícil y por lo tanto conflictiva.

Es mucho pedir. Aquí, como en el resto del mundo democrático, los políticos prefieren aludir a “salariazos”, “heladeras llenas” y otras cosas buenas, pasando por alto las dificultades que la comunidad tendrá que superar antes de alcanzar la tierra de promisión. Sin embargo, se ha hecho tan grave la situación del país que no hay más lugar para el optimismo fatuo de otras épocas cuando es cuestión de las perspectivas inmediatas, aunque, siempre y cuando no haya más sequías prolongadas, las instituciones financieras internacionales colaboren para que, por fin, Vaca Muerta sea mucho más que un recurso potencial y el país consiga aprovechar plenamente los depósitos de litios y otros minerales, en el mediano plazo la largamente soñada recuperación nacional podría dejar de ser nada más que una fantasía.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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