Jueves 7 de julio, 2022

POLíTICA | 21-05-2022 00:39

La interna oficial: secretos de un gobierno partido

La crisis adentro del FdT impacta en la gestión y la entorpece. Alberto Fernández presiona pero no define y los K ya dan el 2023 por perdido. Ministros sin fondos y Guzmán, en la mira.

Es el primer día desde que Alberto Fernández volvió de una gira europea que sorprendió hasta a los propios. “Fue sin agenda y llevó a más periodistas que ministros”, decía, cuando el mandatario emprendió el viaje, una de las veinte personas que ostenta ese rango. El saldo del periplo por el viejo continente fue agridulce: el Presidente se juntó con figuras de primer nivel internacional como su par francés, Emmanuel Macron, pero en el medio cayó preso de su propio torbellino mediático y tuvo que salir a desmentir el intento de reelección que él mismo había anunciado antes. Fue un blooper que generó broncas, pero ahora el que está enojado es él.

Los que escucharon la conversación que tuvo con Martín Guzmán en el mediodía del sábado 14 aseguran que fue picante: el Presidente le reprochó con dureza el desaire público que su ministro de Economía le había hecho a Sergio Massa. “Es una obviedad”, le había contestado el discípulo de Stiglitz al pedido del tigrense de actualizar el mínimo no imponible de Ganancias, en lo que fue una tomada de pelo que estuvo a punto de convertirse en una bronca a gran escala. Aunque la réplica fue por el tono que usó el economista, el problema era el tema de fondo: con un oficialismo partido al medio por la interna con los K, el mandatario ya no puede darse el lujo de pelearse con otra pata más.

La escena, el reto de Alberto a uno de los pocos funcionarios que le responden, desnuda una realidad: no hay un solo Gobierno. Hay varios. Y con algo tan nimio como una frase mal dicha en público todo puede explotar.

Rosada. Cristina y Alberto están por cumplir tres meses sin hablar entre ellos. Máximo y el mandatario, aún más. Los emisarios entre ellos ya desistieron de ese acercamiento. “Soy perito en derrotas”, es una frase que usa el diputado Eduardo Valdés, otrora vaso comunicante entre ambos, para graficar con ironía la situación. Y la vieja idea de armar una mesa política o “institucionalizar” el Frente está a punto de archivarse. “Hasta que Cristina no baje el tono ni deje de cascotear, yo no voy a armar nada”, repite el Presidente, poniendo en palabras lo que significa un Gobierno partido. Nicolás Trotta, el ex ministro de Educación que se fue luego de la crisis post PASO, es aún más sintético: “Hay muchas discusiones públicas y hay pocas decisiones que se adoptan. Falta institucionalizar el esquema de decisiones, y eso es imperdonable y la responsabilidad es del Presidente”, es una reflexión que suele repetir.

Envuelto en viejas riñas que ahora volvieron a aparecer, perseguido por peleas nuevas que parecen existir desde siempre, el Frente de Todos se enterró en el lodo de su interna y no puede salir. El 2023 está cada vez más cerca y el convite desafiante de Alberto para una PASO no sólo no calma el incendio sino que lo hace crecer. En el medio hay un Gobierno empantanado y cruzado por la desconfianza.

“Quizá desde afuera no se ve o parece que es sólo una discusión para el fulbito, pero en el día a día está insoportable esto, muy trabado”, dice un funcionario con despacho en la Casa Rosada. La situación que grafica es vox populi dentro del oficialismo: como casi todos los ministerios están loteados entre las distintas fuerzas -por poner un ejemplo, Desarrollo Social lo maneja Juan Zabalata, albertista furioso, y tiene secretarios que pertenecen a La Cámpora y otros a los movimientos sociales-, cuando un funcionario necesita algo de algún par pero de otra tribu la situación se empantana. “Los camporistas intentan puentear a los albertitas y viceversa, y cuando no se puede se arman rompecabezas de relaciones personales, una ronda de llamados interminable para ver quién consigue a alguien que destrabe la situación”, dice el hombre. Y ahí ya es una lotería. Para graficar: en el massismo están convencidos de que Guzmán y su ministerio “pisa” a propósito las leyes que sacan del Congreso con la firma del Frente Renovador. “Fijate lo que tardó en reglamentar Ganancias, meses. Lo hace a propósito porque él anda mal con Sergio”, cuentan. Esta escena, de broncas personales que paralizan la rutina, se repite en cada área del Gobierno.

Y es una realidad que también sufren los ministros. En la última reunión de Gabinete del jueves 19 hubo dos que alzaron la voz para pedir una discusión política. El encuentro venía rutinario, rayando lo aburrido (salvo por la ausencia de Matías Lammens, de Turismo, que por segunda vez al hilo no se presentó, faltazo que sus pares notaron aún cuando el ex presidente de San Lorenzo tenía agenda de trabajo de su cartera) hasta que dos de los funcionarios pidieron tener algún tipo de debate, en vez de seguir repasando la agenda de cada cartera. “Es que nos falta debate político, y nos juntamos ahí como si no se estuviera incendiando el Frente”, cuenta un testigo privilegiado. No fue la única pica del encuentro: casi todos los ministros empiezan a ver con preocupación los números de su cartera y se impacientan ante la demora de Guzmán de sacar un decreto que les dé más fondos. Como el Presupuesto 2022 jamás se logró aprobar, los números no se actualizaron y -con 58% de inflación mediante- los ministros dicen estar al borde de los números rojos. “A este paso, en junio no podemos pagar la luz”, cuenta la mano derecha de un ministro, mientras que la bronca apunta hacia el ajuste que impone el acuerdo con el FMI.

Rutina. Aunque todas las miradas suelen posarse en los dardos que lanza a diario el kirchnerismo, lo cierto es que la gestión venía desconectada desde antes de la crisis por el arreglo con el Fondo. El caso Vicentin -en el que ni el ministro de Agricultura ni el gobernador de la provincia donde estaba la empresa quebrada estaban anoticiados de la fallida expopiación antes de que se comunicara en público-, el affaire entre Guzmán y Federico Basualdo -un testigo que estaba en la subsecretaría de Energía cuando corrió la noticia de que Guzmán lo había echado jura que vio al secretario salir literalmente corriendo hacia el despacho de CFK en el Senado-, o la estampida de renuncias K que llevó a que Alberto no le dirigiera la palabra a su ministro del Interior, “Wado” de Pedro, durante un semestre, dan cuenta de esto. Por eso es que todas las miradas se posan sobre Alberto, más allá de los tironeos K.

Los nexos del oficialismo con China casi se desmayan cuando escucharon al Presidente, en una entrevista en Alemania, decir que estaba “mejor con Europa que con China, porque China no tiene lazos culturales con América Latina”. “China es hoy nuestro segundo socio comercial, fue el primero en el 2020 y Alberto dice esta pavada. Lo peor es que se manda solo, no es que la periodista se lo preguntó. Siempre hace esta tontería de decirle a su interlocutor lo que quiere escuchar”, dice un funcionario que trabaja esa relación bilateral. Después llegó el anuncio de que “absolutamente” iría a buscar la reelección para arrepentirse al día siguiente. “Ahí Alberto tiene una cosa medio patológica, se tiene que ir a Europa para animarse a contestarle por primera vez a Cristina”, se lamenta uno de los amigos presidenciales.

En el medio de los cruces, Alberto y los suyos se mueven, en la gestión, sin pedirle permiso a los K. La fallida “guerra contra la inflación” fue una obra 100 por ciento albertista, así como el acuerdo con el Fondo. En el área económica manda el Presidente, mientras crecen los rumores de que un empoderado Guzmán absorvería en su cartera a la Secretaría de Comercio Interior que conduce Roberto Feletti.

¿Hay 2023? Pero las negras también mueven. Los que hablan con Cristina cuentan que ella ya ni intenta meterse en la gestión, y de hecho busca mostrase lo más alejada posible del Gobierno. “Está cuidando sus votos, pensando en retener la provincia de Buenos Aires. Y Máximo ya habla del 2027”, cuentan. Varios en su entorno ya se muestran confiados con la tesis de CFK senadora, pero no dejan de sorprenderse con que su hijo esté pensando en las elecciones siguientes a las del año que viene. “Creo que está perdiendo el eje. ¿No se da cuenta de que si perdemos nos van a venir a buscar para meternos en cana?”, dice un amigo suyo, funcionario. La tesis de la derrota asegurada, que sostienen los K, impacta también en el día a día: desde el Legislativo, donde el cristinismo aún se puede hacer notar, salen leyes que buscan arrinconar el programa político de Guzmán.

Además, el discurso de CFK en Chaco, más allá de avivar “el debate de ideas”, afectó de manera indirecta la gestión. Fue esa la gota que rebalsó la paciencia de Alberto, que por primera vez ordenó a sus ministros responder los dardos, tarea a la que él mismo se sumó luego, en Europa. “Parece que no, pero a veces nos pasamos media mañana dando notas y viendo el rebote que tiene el debate en los medios”, cuenta un ladero ministerial. Desde el kirchnerismo, además, profetizan que el intento de despegarse de la administración no irá más que en aumento, a la vez que se mantendrán en el delicado equilibro de lanzar las críticas sin renunciar a las cajas. El “vamos a volver” ya se empezó a escuchar en los actos K, canción que, dicen los que hablan con el Presidente, lo irrita de sobremanera.

Empantanado. El repliegue K encierra en sí el declive del Frente de Todos. De coalición electoral para vencer a Macri se transformaron en un Gobierno disfuncional, que luego de contarse las costillas en público prometió que podía seguir administrando la realidad más allá de la interna. “Gestión, gestión y gestión”, repetían los funcionarios como un mantra, luego de la implosión por el acuerdo con el Fondo, como la guía para una reconstrucción política que jamás llegó. A esta altura, que esa promesa se cumpla ya parece imposible.

 

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Juan Luis González

Juan Luis González

Periodista de política.

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