POLíTICA | 14-12-2019 22:04

Oscar Centeno: cómo es su vida post cuadernos

Extractos del libro que cuenta la intimidad del ex chofer de Roberto Baratta. Biblia, 30 nietos y nueva pareja. Qué escribe hoy.

El cuarto y el quinto piso del edificio tenían un ritmo inusual, y en la puerta del despacho de Bonadio los abogados se agolpaban con el correr de las horas. Algo similar ocurría en el piso de arriba, en la fiscalía de Carlos Stornelli. Veinticinco escalones separan una oficina de la otra; ambas funcionaron en tándem durante un año. En ese escenario, Oscar Centeno, ex chofer del extinto Ministerio de Planificación Federal, era recibido en el juzgado. Iba a ser indagado. Cuando estuvo sentado allí, le informaron que afuera había un abogado que iba a asumir su defensa. Se trataba de Norberto Frontini. Pero no lo quiso, lo echó antes de que pudiera representarlo, ya que se lo había nombrado Roberto Baratta.

“Prefiero un defensor oficial”, dijo sin mayores vueltas. Gustavo Kollmann estaba de turno y fue el responsable de llevar adelante su defensa ante un escenario completamente incierto. “Quiero contar las cosas como fueron”, se escuchó ante el equipo de la defensoría. Le leyeron la ley del arrepentido, le explicaron los alcances de la misma y, de forma enfática, le reiteraron: “Tiene que decir la verdad, no puede mentir en nada”. 

A partir de ese momento, prácticamente nadie sabría dónde iba a vivir. No podría tener un celular personal, debería dejar de trabajar, y su vida social se reduciría sustancialmente. No regresó a su casa nunca más. Trece meses después, el juez Bonadio escribió, en una resolución de cien páginas en las que dio por corroborado los dichos de los 31 arrepentidos de la causa Cuadernos, que de lo expuesto por el ex chofer “se acreditaron muchas de las circunstancias indicadas, como ser actos, eventos, o viajes oficiales, los ingresos a la quinta presidencial de Olivos, ingresos a hospitales e internaciones, la existencia de los domicilios y lugares donde era retirado el dinero y las titularidades de los vehículos mencionados”.

Además de que “una gran cantidad de las entregas de dinero que fueron señaladas por Centeno en sus anotaciones fueron reconocidas por las personas que las realizaron o las ordenaron, se dio por corroborada la existencia de los encuentros llevados a cabo entre los funcionarios del ex Ministerio de Planificación Federal transportados por Centeno y los citados empresarios que surgen en las anotaciones, toda vez que en dichos días —y en muchos casos también horarios—, surgen comunicaciones entre las personas indicadas”. Oscar Centeno aún no está insertado en la sociedad. Las autoridades judiciales consideran que su vida aún corre riesgo. 

Los arrepentidos

Con unos kilos menos, otro color de pelo, la barba crecida, optando entre gorros y boinas con el fin de pasar desapercibido, el ex chofer busca asumir una nueva identidad. Le cuestan las restricciones impuestas por el programa que lo protege y que conserva bajo estricta privacidad su ubicación. Durante el 2019 fue trasladado a una segunda casa, siempre alejada de la Capital Federal, un domicilio bajo absoluto resguardo. El calendario indica el paso del tiempo, y ya transcurrieron catorce meses desde que su vida cambió por completo. Bajo un estricto dispositivo de seguridad, su rutina sufrió un giro radical. Como un signo de lo que lo condujo a la Justicia, el ex chofer continúa escribiendo cuadernos. Sus escritos actuales no están pensados para el anonimato.

Piensa publicar dos libros, y en medio de la reconstrucción de su vida familiar, pide a las autoridades que lo custodian volver a trabajar: quiere recuperar su remis. Un año después, pese a no poder retomar lo que para él era su vida habitual, asegura “no arrepentirse” de la decisión tomada, que lo llevó a ser el primer imputado colaborador de la causa Cuadernos. Centeno sabe que no está en prisión, pero su ritmo de vida se modificó radicalmente. Le cuesta no estar con su círculo, con su numerosa familia. Su domicilio legal dejó de ser el de Vicente López para ser el de la defensoría oficial a cargo de Gustavo Kollmann. El domicilio de residencia lo conocen muy pocas personas, y para que su defensor lo visite le recomendaron contar, como mínimo, con veinticuatro horas de disponibilidad. Casi como una broma, alguien se animó a preguntar: “¿Hay que ir con los ojos vendados?”. La respuesta sorprendió: “Más o menos así”. Es uno de los testigos de mayor riesgo que tiene la causa.

Transcurren los días sin demasiadas alteraciones y, pese a encontrarse excarcelado, aún siente que no es libre. Busca imprimirle cierta normalidad a su vida. Quienes lo rodean y hablan frecuentemente con él le reiteran que eso ya no es posible. Su tono de voz es monocorde, es calmo en sus expresiones, sencillo en sus planteos. Asegura una y otra vez ante sus confidentes que se siente “aliviado” de haberse arrepentido y que ya no convive con el temor que lo invadía al comienzo del expediente.

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Hubo un cambio de actitud en él notorio para quienes lo visitan con frecuencia. “Más aliviado, de mejor ánimo, incluso más conversador”, así lo describen a un año del inicio de la causa que comenzó con sus escritos. Este cambio que trasluce Centeno tiene dos factores determinantes. En primer lugar, se encuentra acompañado por su pareja de forma más asidua, algo que él había pedido en reiteradas oportunidades, porque el aislamiento lo estaba enloqueciendo a tal punto de hacerlo sentir que, aunque no estuviera en un penitenciario, se encontraba preso. También recibe de manera constante la compañía de una de sus hermanas, a quien define como “muy religiosa”. Dicen que ella es la responsable de “encaminarlo y contenerlo mucho”. “Se muestra más aferrado a su fe”, comentan.

Junto con los cuadernos en los que sigue escribiendo, conserva un ejemplar de la Biblia, que lee a diario. Y, en esta sintonía, repite que está muy convencido de lo que hizo, “arrepentirse y confesar”, como si se tratara más de un ritual espiritual que de una herramienta judicial. Los cambios en su aspecto son notorios, pero detrás de ellos sigue siendo el mismo, y es lo que busca reafirmar. Más distendido, en esta etapa del expediente ya no se muestra tan circunspecto ante su defensor oficial. Los últimos encuentros en los Tribunales federales fueron más distendidos, pero hay una preocupación latente: su grupo familiar. Tiene quince hijos y treinta nietos. Estos últimos son su máxima inquietud. “No tengo dinero para enviarles regalos cuando cumplen años”, sostiene cada vez que puede. Con la misma metodología con la que anotaba horarios, fechas y direcciones en aquellos cuadernos Gloria, Centeno tiene una lista con la fecha de cumpleaños de cada uno de sus nietos, aunque puede decirla de memoria y no oculta la angustia que esto le produce. 

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