Opinión / 19 de junio de 2016

Después de Orlando

Muchos progresistas que se oponen con fervor igual a “la homofobia” y “la islamofobia” se ven frente a un dilema penoso. El análisis de James Neilson.

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Después de Orlando

Luego de derrotar a dos enemigos totalitarios, el fascismo y el comunismo, que habían surgido de sus propias entrañas, las democracias de raíces europeas afrontan a otro que les es tan ajeno que les cuesta entenderlo. Si bien el conflicto entre lo que andando el tiempo se llamaría el Occidente y el mundo islámico empezó hace 1400 años, el resurgimiento de un rival que los convencidos de la superioridad de las democracias pluralistas creían consignado al basural de la historia ha desconcertado tanto a las clases gobernantes de los países más ricos y poderosos que aún se niegan a tomarlo en serio.
¿Cómo es posible –se preguntan– que fanáticos de ideas medievales se crean capaces de desafiarnos? ¿No comprenden que nuestros ejércitos podrían aplastarlos sin tener que esforzarse? Lejos de sentirse asustados por las amenazas apocalípticas proferidas por quienes se suponen guerreros santos, los tratan como delirantes que merecen simpatía. Los más compasivos dicen que los islamistas son víctimas de la maldad occidental y que, para tranquilizarlos, sería suficiente pedirles perdón por lo hecho en su contra y darles lo que están reclamando pero, claro está, la humildad ostentosa de tantos líderes europeos y norteamericanos, además de personajes como el papa Jorge Bergoglio, no ha tenido los resultados previstos. Antes bien, al convencer a los yihadistas más furibundos de que están ganando, ha llevado el mundo al borde de una catástrofe.

La reacción inicial de tantos frente a la matanza de una cincuentena de personas en aquella discoteca gay de Orlando fue aleccionadora. Celebraron reuniones, encendieron velas, cantaron himnos, hicieron flamear banderas arco iris y afirmaron que sentían solidaridad no sólo con los muertos sino también con los correligionarios del asesino, aunque en muchos países llamaba la atención la ausencia de dirigentes musulmanes entre las muchedumbres que se congregaron en docenas de ciudades en diversas partes del mundo.
Para los biempensantes, la masacre fue obra de un psicópata, de un sujeto brutal que, por casualidad, resultaba ser un musulmán. Es lo que quisiera creer Barack Obama; para llevar agua a su propio molino, el “hombre más poderoso del mundo” insinuó que la carnicería fue consecuencia de lo fácil que es conseguir armas automáticas en Estados Unidos, que el asesino debería incluirse en la lista ya larga de lunáticos que, por motivos personales, un día estallan de ira y comienzan a disparar contra quienes están en el vecindario. Aunque Obama se permitió calificar la matanza de “terrorista”, se negó a agregar el epíteto ya habitual de “islámico”. Dadas las circunstancias internacionales, tiene buenos motivos para hablar con mucha cautela, pero su resistencia a reconocer que hoy en día casi todos los terroristas son islamistas ya parece no sólo patética sino también peligrosa: será por miedo a estigmatizar a un culto religioso determinado que el FBI dejó de vigilar al responsable de asesinar a medio centenar de jóvenes, la mayoría de origen hispano, en Orlando.
Pues bien: según las pautas islámicas, el asesino, Omar Mateen, no era un extremista sino una persona normal; en países musulmanes como Irán, Arabia Saudita, Emiratos Árabes, Yemen, Mauritania y Sudan, la homosexualidad es un crimen capital; a menudo, los juzgados culpables de ofender así a Alá son ahorcados o decapitados en público. En los demás países mayormente islámicos las autoridades son más misericordiosas, limitándose a encarcelar de por vida a los detectados luego de cubrirlos de latigazos. No hay ninguno en que la toleren tanto como en Europa y, fuera de ciertas islas caribeñas, el hemisferio occidental.
Que éste sea el caso molesta mucho a los decididos a creer que, en el fondo, la religión carece de importancia, ya que todos queremos las mismas cosas; libertad política, bienes de consumo, una buena educación y así por el estilo.  Desde hace más de treinta años, los líderes políticos y referentes culturales del Occidente están procurando persuadirse de que las diferencias entre el islam por un lado y, por el otro, el cristianismo, judaísmo o, lo que es más frecuente hoy en día, el agnosticismo son menores, una cuestión de matices, cuando no de gustos culinarios, y que por lo tanto no debería plantear problemas muy difíciles la presencia de nutridas comunidades musulmanas en Europa y América del Norte.

Se aferran con tanta tenacidad a tal convicción que, frente a cada nueva atrocidad islamista, se afirman más preocupados por la ola de “islamofobia” que podría desatar por la posibilidad de que los yihadistas se sientan alentados por la pasividad de gobiernos resueltos a atribuir los ataques al racismo de los nativos, a la pobreza, a la supuesta beligerancia israelí, al imperialismo europeo y norteamericano, a cualquier motivo salvo el más evidente: muchos musulmanes toman su fe muy en serio y prestan atención a los imames que, desde las mezquitas, los exhortan a atacar a los infieles hasta que reconozcan la supremacía de la ley de Alá. Comparten la actitud de sus gobernantes las elites culturales de todos los países desarrollados, pero una proporción creciente de la gente común, por llamar así a quienes son conscientes de que no forman parte de la clase dominante, se siente traicionada, de ahí la popularidad de individuos como Donald Trump, Marine Le Pen y muchos otros en Europa que se oponen a la inmigración masiva de personas de tradiciones que les parecen incompatibles con su propio estilo de vida.
De todos modos, no cabe duda de que los muchos progresistas que se oponen con fervor igual a “la homofobia” y “la islamofobia” se ven frente a un dilema penoso. ¿Cómo reconciliar el apoyo apasionado a la causa gay con la voluntad firme de respetar todas las creencias y modalidades de los musulmanes? Para ellos, el problema es aún más angustiante que el planteado por la libertad de expresión; después de proclamarse “Charlie Hebdo”, con escasas excepciones los defensores de los derechos de los caricaturistas optaron por hacer concesiones a los musulmanes piadosos declarando inaceptables, por “racistas”, las bromas acerca de sus costumbres, pero acaso no estén dispuestos a sacrificar a los homosexuales en aras del multiculturalismo.
Si bien las feministas más belicosas prefieren pasar por alto la condición de sus “hermanas” en los países islámicos y en los enclaves que los musulmanes han creado en Europa, después de lo que sucedió en Orlando, no es demasiado probable que sean tan generosos los homosexuales militantes. Por tratarse de una minoría muy influyente en el ámbito cultural, una que, hasta ahora, ha tendido a solidarizarse con los islamistas por suponerlos compañeros en la lucha contra un sistema sociopolítico perverso, el impacto de la masacre podría ser muy fuerte. Los activistas gay están habituados a denunciar con vehemencia los prejuicios de los protestantes fundamentalistas y ciertos clérigos católicos, pero por dolorosos que les hayan sido los comentarios adversos proferidos por los cristianos más exaltados, tales insultos no pueden compararse con la crueldad de los activistas musulmanes que, por desgracia, no constituyen una minoría minúscula ya que, conforme a las encuestas, en muchas partes del mundo la “homofobia” cuenta con la aprobación del grueso de sus correligionarios.
Para muchos que, como Obama, rezan para que el “choque de civilizaciones” entre el Occidente liberal, en el sentido clásico de la palabra, y el islam ultraconservador resulte ser sólo una fantasía xenófoba, el que Mateen fuera un ciudadano estadounidense y por lo tanto un “terrorista autóctono” o “doméstico” es motivo de alivio. Subrayan que sus vínculos con el Estado Islámico eran meramente electrónicos y que no era miembro de una célula organizada, pero la verdad es que hoy en día el presunto aislamiento físico de sujetos como él los hacen aún más peligrosos de lo que eran sus precursores anarquistas, comunistas o nacionalistas. Pueden planear atentados sin tener que salir de su vivienda. Es como si fueran invisibles.

Por lo demás, las comunidades virtuales que, merced a la Internet, han proliferado en los años últimos son tan auténticas como las de otros tiempos. Sumarse a una banda terrorista es mucho más fácil, y menos riesgoso, que en el pasado. Lo aprovechan individuos como Mateen que, por las razones que fueran, se dejan fascinar por la idea nada novedosa de que matar da sentido a la vida.
¿Cuántos hay? Nadie lo sabe, pero en una época signada por la frustración existencial, sorprendería que no se contaran por decenas, tal vez centenares, de miles. En la actualidad, los islamistas son los más notorios, y los más mortíferos, pero de continuar produciéndose matanzas como las de París, Bruselas y Orlando, otros podrían reaccionar con saña parecida. Por cierto, los seguidores de Trump en Estados Unidos, los partidarios de Marine La Pen en Francia, los nacionalistas de Europa central u oriental y muchos otros están hartos de la pasividad de gobiernos que a su juicio están dispuestos a renunciar a los valores de sus propias comunidades para apaciguar a minorías musulmanas en las que, con frecuencia, los predicadores de odio llevan la voz cantante, de tal modo estimulando a los yihadistas a redoblar sus ataques.

 

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