Cine, Cultura / 28 de Abril de 2017

Te sigo desde Cemento

En el marco del BAFICI, se estrenó Cemento-El Documental, ópera prima de Lisandro Carcavallo, y disparó la nostalgia con un trabajo soberbio. Todos pasaron por Cemento: también por el documental.

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Foto: Cristian Minzer

La presentación del documental Cemento en el marco del BAFICI logró varias epopeyas incluso antes de que le dieran play. Primero, que el mítico lugar en el que funcionó durante 19 años el antro/templo del under abriera nuevamente sus puertas con fines rockeros. Segundo, juntar en una misma fecha a punkies, stones y metaleros. Bueno, jubilados, ok, pero algo que no hubiera sido posible hace varios años sin que volaran botellas. Y tercero, pero no menor: el aplauso en memoria de Emir Omar Chabán. Aunque usted, ajeno a la cultura under, no lo crea.

El mérito de tamaña hazana es de Lisandro Carcavallo, un muchacho que, para cuando Cemento cerró sus puertas definitivamente arrastrado por los 194 muertos de República de Cromañón, contaba con 17 años. En el doble rol de director y guionista, Carcavallo logró varios imposibles también a lo largo de la cinta, que navega entre la nostalgia más pura y el dato bien documentado. Porque si algo tenemos que destacar es que no es fácil esto de juntar en un documental al Indio Solari, Mario Pergolini, el Ruso Verea, Ricardo Mollo, toda La Renga, Ricardo Iorio (el gran ovacionado de la noche), Katja Alemann, Raúl Villarreal, Juan Di Natale, los Miranda, los Carajo, Carla Ritrovato, Fernando Noy, los pibes de La Vela Puerca, Bobby Flores, Mosca, Pil Trafa y un largo e injusto etcétera más.

Juro que lo imaginaba más grande. Como si fuera un lugar que no pisaba desde niño, lo recordaba más grande. De por sí la gacetilla de prensa me destrozó: “Hoy en día Cemento es un estacionamiento. Contamos su existencia como si se tratara de una persona, su nacimiento como espacio heterodoxo y su desarrollo como usina del rock”.

La primera vez que quise entrar a Cemento fue en frebrero de 1996. Tocaba Divididos, tenía 14 años, era Constitución, de noche, estaba lleno de borrachines que de grande me dan miedo. Lo recuerdo perfectamente porque no pude.

En 1997 conseguí ingresar gambeteando a mis viejos, a mis abuelos que me alojaban en Congreso, a los borrachines de Estados Unidos entre Salta y Santiago del Estero, y al mono de seguridad de la puerta que le importaba tres carajos dejar pasar a cualquiera que pagara entrada. Tocaba Divididos.

Nunca entendí por qué Cemento generaba ese morbo colectivo entre tanta gente más grande que yo. Una caja de, valga la redundancia, cemento, apestando a tabaco, humedad de alcohol y otros líquidos que mejor no indagar demasiado. Prix D’Ami era más lindo. Creo. El Marquee la rompía. Creo. Pero Cemento era Cemento. Junto con Obras tenían ese no se qué, que qué se yo. Ahí, donde tocaron los Redondos cuando tenían coristas mujeres y un Indio barbudo; ahí donde Sumo hacía de las suyas; ahí donde dependiendo de la fecha te podía tocar una horda de punkies con la consecuente promesa de destrucción barrial o un rejunte de metaleros. De los de tachas y cuero.

Ahí donde pasaron mil cosas que yo no viví. Por cuestiones de edad, no me enteré nunca de qué se trataba esa faceta “discoteque” que conservaba aún en el nombre, aquella época en la que Katja Aleman era la cara visible de un emprendimiento en el que todo podía pasar y todo era arte. Arte, arte, arte.

Vuelvo. Cemento-El documental tiene un inmenso bagaje de archivos fílmicos de todas sus eras que sirven para contar qué fue eso. Material en el que se ve a Katja Alemann y Omar Chaban (la pareja más loca que un hombre pueda imaginar) realizando improvisaciones con los albañiles de fondo mientras el galpón era acondicionado para su apertura en 1985.

Cemento era una mierda. Siempre salía empapado en sudor aunque afuera hicieran 3 grados en pleno invierno y apestando a cueva. Y así, a las puteadas por el cansancio y rezando para que mi viejo no me esperara despierto a la llegada a casa, caminaba diez cuadras para tomarme el 7 que me depositara en el barrio del Fonavi en el que crecí.

Quizás lo más interesante es notar que muchos de los que pasamos por allí sentimos que no conocimos “su mejor época”, mientras un hilo nos conectaba a todos: los que junaron los shows de Humberto Tortonese en los años tempranos, los que vivieron la furia de los megafestivales de punk, y los que llegaron a ver a Miranda y Árbol en los últimos años.

Uno de los puntos más interesantes del film es la incómoda revalorización de Chabán. El hombre que pasó a la historia judicial como uno de los responsables del estrago doloso que causó la muerte de 194 personas en el recital que Callejeros quiso llevar a cabo en Cromañón, quedó grabado en la memoria de varias generaciones por otros motivos: el de mecenas del semillero del rock. A ver: por Cemento pasaron  Los Redondos, Sumo, Divididos (los vi allí), Las Pelotas (los vi allí), La Renga, Los Rodríguez, Riff, (los vi allí), Kapanga, Viejas Locas, Intoxicados, Rata Blanca, Los Piojos, 2 Minutos, Los Pericos, Hermética, Miranda, Attaque 77, Los Fabulosos Cadillacs, Flema, Todos Tus Muertos, Los Ratones, la Bersuit, Catupecu, Los Caballeros de la Quema (los vi allí antes de que se me rompiera el corazón al enterarme que el innoble Noble salió con mi amor imposible Carla Ritrovato). Así fue que se formó un latiguillo que pasó a engrosar el largo vocabulario del lunfa porteño: Te sigo desde Cemento es sinónimo de llegaste a groso. Y llegaste a groso porque empezaste en Cemento. 

Y también Cemento era hermoso. Ser menor de edad en ese antro del que mis padres jamás supieron de mi asistencia –viejo, vieja, si me están leyendo, no lo siento– era conectar con otro mundo. Y más allá de los moretones, la baranda a humedad, las diez cuadras a gamba para esperar un bondi de madrugada, y la alta posibilidad de contraer una pulmonía por el choque glaciar al salir a la calle, existía una suerte de rito que nos llevaba a ir de nuevo. Curiosamente, eran épocas de reviente en Buenos Aires No Duerme, de algún que otro muerto en Buenos Aires Vivo, pero lo que se clausuraba cada dos por tres era Cemento. Incoherencias de la Buenos Aires de De La Rúa.

Son abundantes los testimonios del documental pero casi todos tienen un punto en común: Omar Chabán fue la oportunidad que necesitaban los músicos. Incluso Katja recuerda que Chabán no sabía nada de rock porque no le gustaba. La cámara hace el resto al tomar su rostro conteniendo la emoción al decir “qué loco ¿no?”.

“No en vano desde 2005 que no aparece ninguna banda de rock genuina”, se escuchó antes de que empiece la reproducción del documental. Y uno no puede dejar de pensar que cierta vinculación existe. Pero no creo que obedezca solo al control impuesto por las autoridades gubernamentales, sino porque los mismos empresarios que recuerdan a Chabán como el prócer del under hoy no arriesgarían un centavo en probar bandas nuevas.

El documental mereció estar en el BAFICI por una sencilla razón: fue tan independiente que la posproducción se bancó con un crowdfounding. La apuesta no salió mal: la demanda de entradas para la función fue tal que tuvieron que armar una nueva reproducción a continuación de la primera. Y por la gente que quedó afuera, se sumó una nueva fecha, pero esta vez en Plaza Francia, este domingo 30 de abril, para cuando Cemento vuelva a ser el estacionamiento que hoy es.

Salgo a la calle y un flaco me pregunta si me sobra una entrada. Me siento más pendejo que nunca. Como si se activara un chip, descubro que ya caminé dos cuadras en dirección a la parada del 7 y me río. Vuelvo a 2017, sacó el smartphone y me pido un Uber.

Estoy viejo.

 

Y careta.

 

 

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