Ciencia / 21 de mayo de 2017

Inteligencia artificial: Ella ya está entre nosotros

Los softwares deciden cada vez más por las personas: ¿podrán suplantarlas? El futuro.

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Androides. Es la fantasía máxima de los científicos, y creen que se concretará en décadas.

Ella parece estar en todos lados, pero es cada vez menos visible. Es por ella que los teléfonos celulares pasaron a ser “inteligentes”, cuando se volvieron capaces de realizar búsquedas en Google, responder a preguntas, trazar rutas en un mapa de la ciudad. Es ella también la que permite a los drones volar solos e incluso decidir cómo actuar: militares estadounidenses e israelíes ya están desarrollando modelos que identifican el blanco, determinan si debe ser eliminado y calculan cuáles serán los efectos colaterales de la acción. Es por ella que sitios como Amazon y Spotify son capaces de sugerir libros, películas y música a sus usuarios, y a ella recurren también muchos médicos cuando quieren tener certeza en diagnósticos y terapias que deben adoptar para el tratamiento de enfermedades.

Ese personaje casi omnipresente, casi omnipotente y casi omnisciente es la inteligencia artificial, IA. Ella es nada menos que la capacidad de razonamiento de máquinas sofisticadas que dan vida tanto a una tablet utilizad en un aula de clase como también a más de 10 millones de robots que pueblan el planeta, sustituyendo al ser humano en tareas diversas, como rescatar víctimas de accidentes, producir automóviles o incluso proporcionar compañía a personas solitarias.

De hecho, en sitios y aplicativos de relacionamiento amoroso, como el estadounidense Harmony por ejemplo, no es el usuario el que selecciona a quién se le va a acercar, sino un software que rige todo el portal. Para eso, analiza a los posibles interesados que deben combinar con los gustos de la persona en cuestión. En los Estados Unidos, una de cada cinco parejas comienza de ese modo: por indicación de un algoritmo. “Apuesto a que dentro de 50 años estaremos casándonos con robots”, opina el escritor inglés David Levy que, en libros como “Amor y sexo con robots” se especializó en el análisis de cómo la IA podría transformar la vida cotidiana de los seres humanos.

En la misma línea, al realizar una búsqueda en Google no queda en manos del individuo que inició la investigación el elegir lo que va a encontrar, y tampoco el orden de los hallazgos. Es un algoritmo del sitio el que selecciona los resultados, los exhibe y, así, edita el mundo y el conocimiento humano. Prueba de eso es que menos del 10% de aquellos que utilizan Google se toman el trabajo de pasar de la primera página de resultados, organizados por la máquina. “El poder político y económico está cada vez más en manos de algoritmos. Actualmente son ellos lo que deciden con quiénes nos relaciona mos, qué empresas se interesan por nuestro trabajo o si seremos aprobados en un curso universitario”, opina el historiador israelí Yuval Noah Harari, especialista en Tecnología y autor del best-seller “Hombre-Dios: una breve historia del mañana”, libro que analiza estos comienzos de convivencia entre seres humanos y máquinas inteligentes.

Además de ayudar en el diagnóstico de enfermedades, conducir un automóvil, jugar al ajedrez o imitar a Beethoven, la inteligencia artificial está presente en la vida de todos los días de modos que pocos sospechan, como por ejemplo identificar a un terrorista o nunca cometer errores. Hace seis años, fue inaugurada una farmacia en la ciudad de San Francisco (Estados Unidos) atendida por una máquina capaz de leer la receta, identificar el remedio y analizar el riesgo de interacciones medicamentosas o de alergia. En un año, atendió dos millones de recetas, sin equivocarse con ninguna. En promedio, un ser humano habría errado en casi 35 mil recetas.

Invasión tecno

Según la organización inglesa Nesta, que patrocina proyectos de innovación en Europa, en las próximas décadas cerca del 70% de las actuales profesiones serán efectuadas por robots. Al menos en teoría, están en riesgo todas las carreras caracterizadas por trabajos que siguen patrones, con repetición de tareas, que no exijen creatividad o emoción. Se incluyen en ese grupo, por ejemplo, a los operadores de telemárketing, que podrán ser reemplazados por chatbots, programas de computadora que comprenden lo que se les dice y que responden en consecuencia; los traductores, cuya función será ejercida por tecnologías que realizan el trabajo de manera automática; y los conductores de vehículos.

En el caso de los vehículos autoguiados, el Waymo, del grupo Alphabet (dueño de Google), ya condujo 3 millones de kilómetros solo desde el año 2009 por rutas y calles de los Estados Unidos. A un ser humano le demandaría 300 años recorrer los mismos 3 millones de kilómetros. Actualmente, todos los grandes fabricantes de automóviles están invirtiendo en esta tecnología. La apuesta es que la innovación pasará a ser accesible en el mercado a lo largo de la década del 2020. Empresas de transporte como Uber ya están poniendo a prueba la tecnología en ciudades de los Estados Unidos, y estudian ir cambiando a los conductores humanos por estos aparatos.

La misma investigación inglesa que prevee la pulverización del 70% de las profesiones sugiere algo positivo: los trabajadores podrían migrar hacia el 30% de las ocupaciones restantes o hacia profesiones nuevas. Las que se salven son y serán carreras que exigen talento creativo y sensibilidad, dos características humanas aún no igualadas por la inteligencia artificial. En esa categoría entran los trabajos ligados al arte, la dirección de personas y el desarrollo de softwares.

Historia por etapas

La creación de robots inteligentes comenzó a ser imaginada desde la invención de las primeras computadoras funcionales, en la década del ´40. En aquella época, se creía que serían necesarios unos veinte años para desarrollar una máquina tan evolucionada como el cerebro humano. Eso no ocurrió. Aunque las computadoras actuales sí son capaces de superar a los seres humanos en diversas tareas que exigen cálculos, cruzamiento de datos y otras capacidades ligadas a las ciencias exactas, las máquinas no han logrado equiparar las habilidades cognitivas de los seres humanos.

Hay softwares que pueden escribir un poema o pintar un cuadro teniendo como base lo ya hecho por artistas consagrados. Pero no logran crear. Falta aún un elemento que permita a las máquinas sentir emociones, tener consciencia de la propia existencia, luchar para sobrevivir o lograr reproducirse, dando origen a otros aparatos a su imagen y semejanza.

Según el especialista en ciencias de la computación Donald Knuth, de la Universidad de Stanford: “La inteligencia artificial tuvo éxito en hacer esencialmente todo lo que requiere pensamiento, pero falló en hacer la mayor parte de aquello que las personas y los animales hacen sin pensar, eso, de muchas maneras, es lo más difícil”.

Tal limitación desmotivó a los científicos entre las décadas de los ’60 a los ’90, en un período que se conoce como el “invierno” de la inteligencia artificial. El renacimiento del interés comenzó cuando un programa de computación, el Deep Blue, se consagró como la primer inteligencia artificial capaz de derrotar a un campeón de ajedrez, el ruso Garry Kasparov. Y así fue como se inició la “primavera” de la inteligencia artificial.

La meta dejó de ser entonces la fabricación de androides parecidos a las personas y recayó en la producción de dispositivos guiados por códigos de programación que pudiesen suplantar a los seres humanos en tareas específicas. “Estamos examinando de manera constante la lista de cosas que las máquinas al principio no pueden hacer y ampliando las tareas ahora son posibles para ellas”, afirma el doctor en ciencias de la computación Tim Berners-Lee, el creador de los principales códigos de computación que originaron la internet comercial. “Un día llegaremos al fin de la lista”, asegura.

El sector privado es el que está capitaneando este reverdecer de la IA, con el aporte de empresas como Google, Facebook, Apple y Microsoft. Esta última compañía, por caso, tiene supercomputadoras que ya logran traducir las páginas de Wikipedia hacia cualquier idioma que sea insertado en su sistema, demorando solo 0,1 segundo: esa velocidad no ha sido superada por ninguna persona, aún cuando las traducciones robotizadas siguen dando a veces resultados risibles.

¿Competencia?

La próxima etapa de al IA, después de lograr realizar tareas rutinarias, será igualar a los seres humanos y, quizás, hasta superarlos. Una encuesta hecha en la Universidad de Stanford a los cien especialistas más respetados en el área de las ciencias de la computación llegó a la estimación de que hay un 90% de probabilidad de que esos logros sean alcanzados en este siglo. Los investigadores opinan también que hay un 50% de posibilidades de que eso suceda antes del año 2050.

Para considerar que una inteligencia artificial ha logrado igualar al intelecto humano los expertos toman como principio que ella precisará comprender cualquier conversación entre personas, aún sobre los temas más abstractos, como el amor. También necesitará mostrarse capaz de comprender elecciones estéticas y morales hechas rutinariamente por las personas.

Para que la inteligencia artificial llegue a esa etapa, los científicos delinean tres caminos posibles. Uno de ellos es la reproducción completa del complejo sistema neuronal del cerebro humano. Esa es la apuesta de un proyecto de la Unión Europea, Human Brain, Cerebro Humano, con un costo de 1,6 mil millones de dólares.

Grandes empresas del Silicon Valley como Amazon, Microsoft, Apple, Facebook, Google e IBM se juntaron el año pasado para crear la Asociación para la Inteligencia Artificial, con la finalidad de impedir que un día los robots puedan volverse contra los seres humanos y hasta dominarlos. En un primer estadio, los involucrados buscan responder algunas cuestiones urgentes: si una tecnología de inteligencia artificial comete un crimen (supongamos que un coche autónomo atropella a una persona) ¿de quién será la culpa? ¿De la empresa que lo desarrolló? ¿De su dueño? ¿De la propia IA? Aún no hay respuestas.

En una segunda etapa el grupo entrará en una discusión aún más futurista: ¿cómo construir directrices morales que puedan guiar a los androides que surgirán?

 

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